Tal como éramos aquel mayo del 68

Tal como éramos aquel mayo del 68

En este repaso de artículos del año pasado, este tuvo su razón de ser porque el anterior, al que ahora he titulado ‘Delicia culinaria con poderes diuréticos’, provocó una sombra, como una zona triste y gris. Al recordarlo este año, esa zona de pesar, se ha repetido, lo que me ha hecho vigente esta segunda parte del artículo. «Tal como éramos aquel mayo del 68». Si el año pasado desaparecieron un par de los amigos de Facebook, este año lo que sucedió es que nadie, ni siquiera los más habituales, pusieron su habitual pulgarcito. ¿Casualidad?, no lo creo. Es decir que este artículo sigue vigente  y es tan pertinente hoy como lo fue el año pasado.

Todo porque la caricatura de un preservativo en la imagen parece haber confundido a algunos que imaginaron un contenido distinto del que tiene. Sin embargo, el que sí tiene, el de la pobreza intelectual en que vivíamos, ha vuelto a ponerse de relieve, justo por esa viñeta que cuento. Es posible que todavía hoy, nietos de nuestros abuelos, hijos de nuestros padres, criados a imagen y semejanza de ellos, sigamos siendo tal como éramos aquel mayo del 68.

Tal como éramos aquel mayo del 68

Tal como éramos aquel mayo del 68

Lo que sucedió al hombre del relato, que se ve sojuzgado por desconocidos y teniendo que explicar las circunstancias que su mujer y él comparten en la cama, vivía una escena demasiado común. Allí nos hacían creer que nos asistía el derecho de husmear bajo las faldas de cualquiera, que teníamos la potestad para escarnecer en la vía pública a quien fuese acusado de inmoralidad, a inmolar en la plaza a quien se apartara del camino de rectitud que los instalados en el poder concebían para lo demás, nunca para ellos. Aquella inmoralidad que fue sólo delito de pobres y de mujeres, alcanzaba sólo al ámbito de lo sexual. Delito sólo de pobres puesto que el rico podía ser pederasta, violador de criadas, pervertidor de menores o cualquier otro imaginable, sin que sus actos llegaran casi nunca a ser causa para la justicia. Como delitos de pobres eran también los delitos comunes, el pobre podía verse en la cárcel con la sola acusación sin prueba de haber robado un pan, en tanto que el rico podía robar, corromper y corromperse, prestar con usura, prevaricar, traficar, estafar. Tenía incluso la impunidad de matar a la esposa con la excusa de los celos, la sospecha del adulterio, o la falta de aquella moralidad que les era exigible sólo a ellas, porque en el caso de los varones ni siquiera se contemplaba como hecho punible.

Tenían todo el viento a favor, incluyendo el de la Historia, escrita a su conveniencia. Erradicaron de la faz del mundo, de su mundo con minúsculas, a todo aquel capaz de pensar que una sociedad más justa y mejor era posible y estaba a nuestro alcance, que nos faltaban escuelas y universidades, que teníamos demasiadas iglesias y demasiados conventos, que no necesitábamos tanto ejército para tan escaso y desinteresado enemigo, que jamas se ha vencido en una batalla sin haber creado el monstruo de un enemigo irreconciliable. Que cuando has impuesto a tu vecino la idea de patria que a ti te complace, él te excluirá de la que considera suya.

Fue hace mucho tiempo, sin embargo, aquí estoy esta tarde, sin terminar de creerme que una simple caricatura de un preservativo, hoy, después del Sida y del Zika, de la pastilla, de la ligadura de trompas y la vasectomía, del porno por Internet y del tele excremento, pueda indisponer a nadie. Una imagen como preámbulo de un relato que si algo tiene además de su comicidad, no es otra cosa ternura.

Tal vez sea eso, que aquellos nos cortaron tanto las alas, que nunca seremos más que tal como éramos aquel mayo del 68.

Delicia culinaria con poderes diuréticos

Delicia culinaria con poderes diuréticos

Esta delicia culinaria con poderes diuréticos, es una exquisitez pos veraniega o pre otoñal, según le pille. Muy recomendable por sus indiscutibles beneficios depurativos. Vamos, ¡que es para mearse!

Perezrevertes con dos huevos

Delicia culinaria con poderes diuréticos

Esto fue por el 68. El 68 del 68 francés. Aquel año en que las calles se nos quedaron desiertas porque para mayo todo el mundo estaba en París. Ese año en que unos estudiantes de la Sorbona, hartos de que les tocaran los timbales, montaran una tangana en el Barrio Latino, a lo que Monsieur le Président de la République, De Gaulle, también quiso decir lo suyo, sólo que como era muy alto se le oyó desde más lejos que no, que ce n’est pas possible, que no señor, que rien de rien, que hasta ahí podíamos llegar, y mandó al primer ministro, un tal George Pompadour, que ordenara a la policía tocar los timbales de los insumisos, pero esta vez no en sentido metafórico sino real, y que los llevaran al calabozo en una fourgonette Citroen H4, adaptada como batidora de cráneos de estudiantes exaltados. Claro, que los franceses no en balde fueron descubridores de las asépticas virtudes del afeitado a la guillotine sin brocha y el periódico baño de revolución, de manera que también se declaran hasta el gollete de tocamientos de timbales y montan una caraja de aquí te espero. Así que quinta república y ojo con los timbales, que volvemos a liarla parda. Creo que ya me habrán pillado lo del año ese de París.

Pues mientras ellos estaban con esas disipaciones tumultuarias, vivíamos aquí tiempos de ecuanimidad y templanza, como nos correspondía como reserva espiritual de occidente, faro de la cristiandad, luminaria moral en el piélago de podredumbre de la modernidad, con nuestro dictador todavía muy tiesito bajo el palio, con los párrocos firmando los certificados de buena conducta imprescindibles para dirigirse a cualquier instancia de la administración pública, previo pago de una póliza de veinticinco pesetas; con los obispos ideando nuevos sistemas de tarjetitas que se repartían en catequesis, misas, rosarios y novenas, mediante el que los maestros pudieran comprobar en la escuela si sus alumnos provenían o no de familias temerosas de dios y obedientes de los designios de la santa madre iglesia y, en consecuencia, merecían ser promovidos al siguiente curso.

Entonces me dice don Armando, te vas con este recibo a la botica de don tal y cual, que está en tal este sitio, esperas turno y le dices, cuando te toque, que has ido a cobrar el recibo de los periódicos, y esperas allí a que te pague el tiempo que haga falta. Cuenta bien lo que te dé, porque se suele equivocar. Así que yo le respondí que sí, don Armando, y allí me fui resuelto a esperar lo que hiciera falta para no regresar sin el recibo cobrado. Y me siento donde me dicen a esperar a que el boticario le entren las ganas de pagarme. Y entonces tengo la oportunidad de presenciar en primera fila esta que les cuento. Aquel día, con apenas doce años, no lo entendí, sin embargo, desde que me empapó la llovizna de la malicia éste recuerdo me ha regalado ratos épicos, algazaras inolvidables, incluso cuando el recuerdo me ha pillado sin nadie a quien contarlo. Abróchense los cinturones.

Verán. Apareció allí un tipo, digamos que se llamaba Polo. Venía el hombre sudoroso y tenso, con los colores encendidos, y fue dándole la vez a todos los que llegaban tras él. Hasta yo entendí que le quemaba tener que pedir lo que hubiera ido a buscar. Por fin a solas, cuando no queda ya ningún otro cliente, Polo, con la camisa sin rozarle el cuerpo, le tiende la mano temblorosa al ayudante boticario, un tipo largo y adusto, que coge el papel, lee, lo dobla con mucho cuidado, ajá, mirando con desdén al despavorido Polo. Ajá, vuelve a mirarlo, Por fin le dice espere aquí, se va al fondo y cuchichea con el dueño de la farmacia: «¡Condones!», le oigo decir. «¿Condones? ¡No!» «¡Sí, señor, sí, condones!», repite el mancebo boticario. Era la primera vez que yo oía la palabrita. Condones, nada bueno, pecado debe ser, pensé. Y el dueño de la botica, asoma la nariz, mira por encima de las gafas al desdichado Polo, hecho ya un amasijo palpitante en medio de la botica, que para remate del desastre había vuelto a llenarse de clientes, para más inri la mayoría señoras. Dentro de la habitación que yo veía desde donde me habían puesto a esperar, pero que Polo no ve, el boticario coge el teléfono, uno de aquellos negros y pesados de baquelita, gira el disco varias veces con un lápiz, taca taca tac, taca taca tac, habla con alguien y cuelga. Se acerca de nuevo, saca el hocico mirando por encima de las gafas, y le dice a Polo: «Espere a que llegue lo suyo.»

Aquí no tengo otro remedio que prevenir. Es mejor que vayan a orinar ahora que están a tiempo, por las dudas, porque lo que viene a continuación es de no parar hasta mañana. Como imaginarán el boticario había llamado a la policía municipal. Sí, señor, a la policía municipal.

A que es gracioso. Pues esperen a saber lo más gracioso: ¡vinieron! Ni cinco minutos tardaron en hacerse presentes, a bordo de un flamante Seat 850 recién salido de fábrica, del que se apearon dos guardias, que parecían salidos de una viñeta del TBO o el Pulgarcito. Lleva la voz cantante uno que se ha pasado por el forro las ordenanzas, las de uniformidad, las del código penal y las que hicieran falta, y luce una cazadora, «imitación de cuero, pero auténtico», dice él, sobre la que ha puesto el cinto con un revólver del calibre 38, con una culata con cachas de marfil, de esas culatas ridículas, muy chiquitas, porque es un revolver de sobaquera. Con decir que lo llamaban el chérif y a él le gustaba el mote, el sujeto quedará bien dibujado. Con un pulgar en el cinto, camina muy despacio, a lo John Waine en una película de Ford, hasta el rincón del fondo, donde Polo se ha ido acorralando solo. Da dos vueltas alrededor del infeliz que lo mira con los ojos fuera de las órbitas, pálido y sudando hielo. Los presentes no le quitan ojo, todos meten baza, quieren saber qué ha hecho, por qué ha ido la policía a buscarlo. Yo estoy allí, esperando a que me paguen el recibo de los periódicos, sin entender la naturaleza del delito, pero sintiendo lástima por el pobre Polo. El rumor crece. ¡Condones!, se cuchichea. ¡Condones! ¡Ave María purísima, condones!, se multiplica el rumor. Alguien que pasa por la calle oye el pequeño alboroto en el interior, se detiene a golifiar (olisquear, dicho por un canario) ¡Condones!, le informa alguien. ¡Condones!, ¡por dios, por dios, por dios!, ¡condones!, se oye por la vega lagunera. ¡Dónde iremos a parar!

Como la cosa ya se salía del sitio y alguna cliente de la botica daba instrucciones de cómo debía ser llevado el asunto, el chérif le dice a Polo, haga el favor de explicarse, empujándolo con aire paternal hacia la rebotica. «Que esto», dijo Polo, «no son cosas que yo haga por vicio. Que es que Josefa, la mujer, y yo, ya tenemos cinco hijos. Que Josefa se me preña con mirarla. La cosa es que el médico le ha dicho que eso ya se acabó, porque está muy gorda y se va a quedar en el sitio si vuelve preñarse. Pero es mujer de mucho fuego, que nunca se duerme hasta que le cumplo. ¿Qué puedo hacer yo, si esto hasta el cura me lo manda? Y fue por eso que don José Escribano, el médico, me ha hecho el papelito y me ha dicho que viniera sin miedo ni vergüenza. Ahora, que viendo como es la cosa, si hay que pedir perdón, pues se pide perdón, y uno se va por donde vino.»

Ah, bueno, tratándose de prescripción médica, estamos ante un caso evidente de colisión entre jurisdicciones institucionales. A ver cómo se arregla el estropicio. De tal manera que primero se descarta que Polo pudiera estar mintiendo a la autoridad, y se llama al doctor José Escribano, quien confirma el mandamiento médico. ¡Ah, bien! El asunto tiene carácter de verosimilitud; es razonable; en efecto parece existir fuerza de causa mayor. El boticario lo acepta a regañadientes, sólo que no lo puede cumplir, objeta, porque él no dispensaba producto alguno sin beneplácito de la autoridad eclesial pertinente. Y entonces la cosa queda más o menos así: los guardias se van a otra botica, y dejan a Polo allí, que no puede ni con su alma, sentado junto a mí, reponiéndose del disgusto. Mientras, el boticario rebusca por fin en un cajón el dinero del recibo que yo había ido a cobrar. Me lo entrega como si se lo robaran, pero faltan nueve pesetas que le reclamo, y que a regañadientes rebusca de nuevo. Llegan los guardias, ponen en la mano de Polo un paquete, y él se despide dando muchas veces las gracias, pidiendo muchas veces perdón y haciendo reverencias. Salimos juntos, él delante de mí. Éramos camaradas de trinchera. Los dos habíamos conseguido lo que fuimos a buscar pero a los dos nos había costado tiempo y humillación. Yo camino tras él y lo oigo refunfuñar. La mujer lo espera, en un banco de la trasera de la catedral, dándole la teta al más pequeño de los hijos. «Mira, Fefa», le dice Polo desencajado cuando se sienta a su lado, «a mí hacer este recado me ha dejado el cuerpo muy mal». Así que esta noche será mejor que no me busques, porque no te voy a poder cumplir.»

Igualitando el lenguaje

Igualitando el lenguaje

Cierto día, hace ya algún tiempo, tuve que visitar un departamento de la mujer en una de esas oficinas subvencionadas, en la que trabajan varias mujeres dedicadas a la ímproba y utilísima labor de obligar a escribir, en su organización, con el estilo agotador de los todos y las todas, las chorras y los chorros, la arroba impronunciable, el género, la génera, el leguaje y la lenguaja. Lo de «Igualitando el lenguaje», no es mío; lo saqué de un cartel que allí alguien había clavado con una chincheta en la pared. Incluso llegué a pensar que la solicitud de ayuda que me formularon pudo ser una encerrona, porque intuí dónde terminaría aquello en cuanto me comprometieron a dar mi opinión con un escrito que no terminaban de dejar bien redactado.

En dicho escrito se decía, más o menos, que alguien tenía pruebas para llevar a una ‘fiscala’, a otra mujer, a la sazón ‘presidenta’ de (…), por un encubrimiento de otra que se había apropiado de un dinero. Una chica muy mona, con quien, decían, la citada ‘presidenta‘ mantenía relación íntima y a quien había dado el puesto de conserje, y ascendido poco después al de contable, pese a que no tenía idea alguna de contabilidad. Claro que si ya de conserje era incompetente, figúrese de contable.

Después de un desganado intento, que sabía sería del todo infructuoso, de explicar que ni ‘presidenta’ ni ‘fiscala’, me miraron de medio lado, con ese gesto de desdén con el que ya sabes que debes amarrarte los machos porque te han colgado el cartelito de machista. Lo resolvieron ellas solitas. Al fin y al cabo, en aquel lugar lo único que hacen desde que llegan hasta que se van, es imaginar, sin fundamento alguno en estudios de filología o lingüística, cómo deberíamos hablar y escribir los demás.

Les quedó muy apañadito: si de presidente, ‘presidenta’ y de fiscal, ‘fiscala’, estaba claro que de conserje, ‘conserja‘. Entonces entró un rayo de luz cegadora, un fogonazo de clarividencia, un lirismo sexista que es seguro será tenido por las generaciones futuras como un instante de culminación en los anales de la moderna lingüística proto igualitaria. Atentos al hilo de la chorrada: de conserje, conserja, de contable, ‘contabla’, faltaría más, y de incompetente está claro que ‘incompetenta‘, y cómo no, ya puestos, de amable les quedó un idílico ‘amabla‘ con el que, pobre de mí, me entraron una ganas incontenibles de echarme a llorar.

¿Nos apostamos algo a que llegados a este punto habré perdido unas cuantas decenas de amigas de Facebook?

Mis Lecturas de Retos comenta Los amores perdidos

Mis Lecturas de Retos comenta Los amores perdidos

Mis Lecturas de Retos comenta Los amores perdidos

Mis Lecturas de Retos comenta Los amores perdidos

Cuando observo  las reseñas de libros que no paran de salir en las bitácoras de lectura, me llamaba mucho la atención esa bonito dibujo de abajo, a la derecha. La guapa chica con sus gafas y su libro me llamaba, por lo que a seis meses desde fecha oficial de salida de ya había perdido la esperanza de que hiciera una reseña de mi novela. Si la bitácora Mis Lecturas de Retos comenta Los amores perdidos, ya me daré por satisfecho y cierro este estimulante capítulo de la promoción.

Mis Lecturas de Retos comenta Los amores perdidos

Mis Lecturas de Retos comenta Los amores perdidos

Una tarde, puse un tuit un poco en broma y me respondió con simpatía. Al final, aquí esta la reseña que esperábamos con anhelo mis incondicionales y yo. Está escrita con tanta pasión como dice que ha encontrado en Los amores perdidos y, por supuesto, me ha emocionado a mí.

Debo explicar aquí que en casi todas las reseñas se hace mención a lo difícil que es hacerla. Incluso a mí, a mi editor y a los especialistas de Penguin Random House, que son muchos y muy buenos, nos costó conseguir una sinopsis, que a mí todavía hoy no me satisface.

De manera que ese escollo lo hemos sufrido todos los que hemos querido explicar qué es Los amores perdidos. Espero que para bien del resultado,  se hace tan difícil este resumen por su amplitud, por la cantidad de situaciones, personajes y emociones que aborda, porque es una novela a la vez histórica, social, negra y romántica, sin encajar del todo en una sólo de esos géneros literarios.  

Nunca hasta ahora me había enfrentado a una reseña tan complicada de elaborar. No porque el libro en cuestión fuese raro, sino porque he tenido que dejar pasar una semana para que los posos que me ha dejado su lectura se asentasen y poder así acometer la reseña que se merece. Y es que esta historia de Los amores perdidos me ha calado muy hondo, y ha puesto de relieve unos sentimientos que jamás imaginé sentir con un libro. Unos sentimientos tan intensos que me han emocionado hasta puntos insospechados, dejándome abatida y con el corazón noqueado. Me ha costado hallar las merecidas palabras que pudieran hacer justicia a una historia tan intensa, tan cargada de sentimiento.

Esta novela está escrita con una prosa embriagadora, impecablemente cuidada y elegante, en la que el autor demuestra su talento narrativo plagado de sentimiento capaz de atrapar al lector en esta maravillosa y compleja historia de amor de Arturo y Alejandra en la que nada es evidente, sino que todo son equívocos. Miguel de León tiene la extraordinaria capacidad de recrear con su narrativa, sin necesidad de concretar con fecha alguna, la ambientación de un entorno y un contexto histórico rural en el que los caciques hacen  y deshacen a su antojo. En un tiempo en el que las leyes estaban hechas para preservar al régimen, para defensa exclusiva de los ricos. Hubo momentos realmente duros en la lectura en los que me vi obligada a parar para coger aire y dejar que se me pasara la congoja que amenazaba con ahogarme.

En resumen, Los amores perdidos es una cálida novela que dejará una huella imborrable en el lector, que narra una historia magistralmente tejida y escrita con sensibilidad, con unas cuidadas descripciones y una excelente ambientación. Es una novela apasionante que difícilmente olvidaré, porque me ha mostrado que el amor es un motor enérgico, una emoción que tiene el poder suficiente de hacernos perder de vista la realidad y que supone dar a alguien la posibilidad de herirte. Un amor que ha de cimentar su base en la libertad y que duele porque la felicidad se les escurre a sus protagonistas como el agua entre los dedos. Es un libro que sin lugar a dudas recomendaré.

Éxito absoluto en la publicación de la reseña

Éxito absoluto en la publicación de la reseña

 

Adivina quién lee comenta Los amores perdidos

Adivina quién lee comenta Los amores perdidos

En este enlace: ‘Adivina quién lee comenta Los amores perdidos’

Lo mío con esta novela  fue amor a primera vista. Pero en esta ocasión no fueron solo su portada o su sinopsis las que llamaron mi atención sino que al buscar información sobre el autor comprobé que teníamos algo en común.Adivina quien lee comenta Los amores perdidos

Ambos compartimos la pasión por Gabriel García Márquez, que es mi autor de cabecera y al que como Miguel de León he leído y releído infinidad de veces. Esta es su primera obra y con ella cumple el sueño de su vida, el de convertirse en escritor y lo hace por todo lo alto.

En ella hay muchos personajes siendo prácticamente una novela coral aunque algunos destaquen sobre otros. Miguel de León ha dotado a cada uno de ellos de entidad propia y gran dosis de realismo y humanidad por lo que es inevitable que al lector le vayan produciendo diversos sentimientos.

La primera parte transcurre con una increíble agilidad y dinamismo y en ella se siembran las bases de lo que sucederá en el resto de la novela. Miguel de León se centra en explicarnos cómo transcurre la vida en el pequeño pueblo donde viven sus personajes y los motivos que enfrentan a los Bernal y los Quíner cuyos desencuentros marcarán la vida de la siguiente generación de forma inexorable. En la segunda parte, que ocupa el grueso de la novela, conocemos a Arturo y Alejandra y seremos testigos de cómo se desarrolla su relación mientras otros personajes siguen realizando barbaridades. Aunque esta es más pausada logra captar de igual forma tu atención porque su autor no pierde el pulso narrativo ni un segundo. La tercera nos lleva a un final que nos dejará muchísimas emociones y un sabor dulce.

Y todo ello narrado con pulcritud, con cercanía y un estilo muy personal del que hace gala el autor. Su relato está plagado de detalles exquisitos, de emociones, con giros inesperados en su argumento y un algo especial que flota en el ambiente.

Los amores perdidos es una saga familiar en la que encontraremos un relato plagado de amor y pasión pero también de odio, maldad y venganza. Es una novela con personajes inolvidables y una historia que perdura en la memoria.

Forjada entre sueños comenta Los amores perdidos

Forjada entre sueños comenta Los amores perdidos

Por un lamentable error, algunas bitácoras de lectura que habían hecho sus reseñas no habían tenido eco en esta.  Forjada entre sueños comenta Los amores perdidos, con nuestro agradecimiento. Por su brevedad y gran acierto en  la redacción de la reseña, tampoco es fácil hacer un resumen de ella.

Forjada entre sueños comenta Los amores perdidos

Forjada entre sueños, bitácora de lectura

Casi en el ecuador del año, y con bastantes libros a mi espaldas, puedo afirmar que Los amores perdidos de Miguel de León, sin lugar a dudas, estará en mi Top Ten de este 2016. Y no es para menos. Cuando terminas una lectura y sientes esas cosquillitas en lo más profundo de tu ser, esa caricia dulce y delicada en las entrañas… Sabes que te han regalado una experiencia inolvidable, sublime.
Me enfrento a una de las reseñas muy complicada para mi, y es precisamente por todo lo que me ha hecho sentir. Espero no dejarme nada en el tintero, y si lo hago, me perdonéis. Ya os digo, recién terminada su lectura tengo los sentimientos a flor de piel.

Los amores perdidos es un abanico bellísimo de pequeñas y grandes historias, entrelazadas a lo largo del tiempo, de forma magistralmente. Pero sobre todo, es una historia de amor de una sencillez y elegancia sin igual. Una historia inolvidable.

La trama avanza a buen ritmo pero su autor nos invita a saborearla lentamente, con una prosa cuidada, elegante y exquisita que se detiene justo donde debe. Miguel de León sabe atrapar al lector, y sobre todo, mantenerlo en esa red invisible sin que pueda ni quiera escapar.  Y es que ese estilo tan personal de contar las cosas, con tanta emoción, traspasa el papel para fundirse con la piel del lector.

Letras imposibles comenta Los amores perdidos

Letras imposibles comenta Los amores perdidos

Erminda PG es una magnífica escritora, como podrá apreciar quien pinche en la imagen y leer la reseña en su bitácora. Es una de las mejor escritas de Los amores perdidos. Pongo aquí su primer párrafo, pero invito a entrar en su bitácora y leerlo del original.

Letras imposibles comenta Loas amores perdidos

Letras imposibles comenta Loas amores perdidos

Los amores perdidos es una novela atractiva desde su portada. Entre la ingente cantidad de obras que abarrotan las librerías, la imagen que presenta esta novela despierta el interés por saber qué se oculta tras las tapas. Y no defrauda el interior. Es más, da más de lo que un título, a priori, tan tristemente romántico podría parecer. Y es que Los amores perdidos es algo más que una novela de amor. Aunque sí, lo hay, y mucho. Perdido y encontrado. Pero, además, nos ofrece un universo de historias aun más profundo que embriagan a quien se adentra en ella.

La obra está ambientada en una isla indefinida que el autor deja flotar en el océano de nuestra imaginación, para que seamos los lectores quienes la ubiquemos en nuestro propio mundo literario. Dentro de esa ínsula, viviremos los principales acontecimientos en dos lugares concretos: El Terrero y Hoya Bermeja. ¿Los sitúan en el mapa? Se encuentran cerca del Macondo de Márquez y Mágina de Muñoz Molina, pueblos de novelas en los que se ambientan historia eternas e intemporales.a


… los múltiples personajes que pueblan la escena aparecen, desaparecen, evolucionan, nacen, mueren, entran y salen de la trama a un ritmo desigual y por motivos de diversa índole. Entre ellos se entablarán relaciones de parentesco, de afinidad, de rencores o pasiones, de dinero o de colaboración, de ayuda, de maldad y de amor. Nos sentiremos atraídos por unos y repudiaremos a otros. Sufriremos con sus cuitas y sonreiremos con sus aciertos. Amaremos y odiaremos como ellos lo hacen, y enjugaremos sus lágrimas con las nuestras, porque el autor tiene la maestría de lograr que identifiquemos a seres de ficción con nuestros iguales, alcanzando así el máximo nivel de verosimilitud al que puede optar un novelista.

 

Carta a Manuela Carmena alcalde de Madrid

Carta a Manuela Carmena alcalde de Madrid

Carta a Manuela Carmena - imágenes del acto que se menciona

Carta a Manuela Carmena – imágenes del acto que se menciona

A la señora doña Manuela Carmena alcalde de Madrid:

esa bandera que a usted tanto parece ofenderle, tuvo origen en un concurso público convocado por el rey Carlos III, del que se dice fue el mejor alcalde de Madrid. Y ganó dicho concurso por la aséptica razón de tener los colores rojo y amarillo, puesto que se necesitaba una insignia fácil de ver en el mar desde la distancia, como medio para identificar a los navíos españoles. La otra, la que tal vez usted prefiera pero que no es hoy bandera constitucional, la que tiene una franja morada, sólo fue bandera española durante apenas cinco años.

Conviene aclarar esto antes de explicarle, pidiéndole disculpas por emplear el mismo tono didáctico que el debido para hacerse entender por personas con el grado de lucidez disminuido, que esa actitud suya frente a los símbolos que son de todos, insulta y humilla al conjunto de los ciudadanos españoles, seamos de izquierdas o de derechas, seamos niños, jóvenes, talluditos o viejos. Cuando a usted le decían ‘señoría’ por ser magistrada o le dicen hoy ‘excelentísima señora’ por ser alcalde de Madrid, no se le ha concedido la distinción porque usted como persona lo merezca más que un peón albañil. Se le ha concedido al cargo que ostentaba antes como magistrada y al que ostenta hoy como alcalde de Madrid, en nombre del pueblo soberano que es quien se lo ha otorgado para un determinado ámbito de actuación.

De tal manera que cuando no ha querido usted guardar la cortesía a la bandera, la que tenemos nos guste o no disguste, no se la ha hurtado a un trapo, señora, nos la ha hurtado a todos los españoles, incluyendo a los que puedan denostarla. Lo triste es que tal hecho apenas nos duele, pese a todo. Los hay que se congratulan de que una vez más haya actuado usted según sus maneras. Verá, es que queda usted muy bien retratada en esa estampa. Una estampa tan penosa que incluso bien lavadita, puesta en el tendero sí que parecería un trapo.

El Padrino durante Semana Santa

El Padrino durante Semana Santa

Ya no recuerdo cuando fue que comencé la costumbre de ver El Padrino durante Semana Santa, los tres capítulos, a veces de un tirón.  Al principio, si me quedaba algún día libre, me recluía con dos o tres libros y la música, y en cuanto dispuse del primer reproductor de cintas VHS, también con las películas. Acampaba en medio del salón y me reencotraba con los viejos y entrañables amigos, mis clásicos de siempre. Perduró la costumbre y se hizo tradición en casa. Hoy, tantos años después, todavía rescatamos de tarde en tarde a los que decayeron y desempolvamos en nuestros corazones el afecto que les guardaremos hasta el final de nuestras vidas. Entre ellos, algunos nunca han dejado de aparecer todos los años desde entonces hasta hoy.  Tal vez porque en las cercanías de Semana Santa fue cuando se estrenó la película, y siempre hay quien lo recuerda, o porque apetece ver todos los capítulos uno tras otro, lo que requiere de unos días, esta se ha hecho la época más propicia para volver a El Padrino.

El Padrino durante Semana Santa (2)

El Padrino durante Semana Santa (2)

Debo pedir disculpas de antemano, porque preveo que esta vez tendré un tono más medido, puesto que nada cabe decir de El Padrino que no se haya dicho mil veces, y todo cuanto pueda escribirse de esta obra maestra, por inteligente o bien traído que uno lo imagine, seguro que sonará a lugar común y repetición innecesaria. A concepto sobado,  a tierra quemada, cabe incluso que a vergonzoso plagio.  El ritual de esta tradición afortunada de la Semana Santa, fue para mí distinto este año, puesto que por una casualidad, en febrero releí la novela de Mario Puzo, y al reponer la película tenía fresca en la memoria la lectura. Casi todas las grandes obras del cine están basadas en grandes novelas y eso sucede con el Padrino. Pero no basta con una gran novela para conseguir un gran guión. Recuérdese, en descargo de lo que digo, algunos ejemplos lamentables, como El amor en los tiempos del cólera, sin ir más lejos.

De todas las novelas El Padrino está con seguridad entre las mejor adaptadas y en mi opinión es de todas en la que se aprecia una menor divergencia entre la historia que relata el escritor en el libro, de la que nos cuenta el director en la pantalla. Y se logró porque Francis Ford Coppola tuvo la agraciada disposición de contar desde el primer momento y en los tres episodios de la serie, con la colaboración de Mario Puzo, el autor de la novela, que estuvo a su lado asesorando en la puesta en escena y depurando los guiones, lo que le otorgó el óscar al mejor guión.  A mi entender, lo mejor del Padrino es todo lo que está en la primera novela. Es decir, lo que aparece en la primera película y los episodios retrospectivos de la segunda parte, aquellos en que el personaje de Vito Andolini niño, llamado después Vito Corleone, huye de Sicilia y llega a Nueva York, y los que interpreta  Robert de Niro en el papel del personaje ya adulto. Episodios que figuran en la primera novela y tuvieron su origen genuino en la mente de Mario Puzo.

El Padrino durante Semana Santa (3)

El Padrino durante Semana Santa (3)

Lo que escribió después para completar la segunda parte y, sobre todo, el guión de la tercera parte, fue más requerimiento de Francis Ford Coppola que de creación propia de Mario Puzo, lo que es del todo evidente en las películas.  Son guiones meritorios, pero no alcanzan el grado de excelencia del primero y esa parte del segundo.  Si se hiciera un montaje de toda la primera parte con las escenas restrospectivas de la segunda, tendríamos una obra maestra, aun más rotunda que la primera parte. Lo que quedara fuera, sería algo menor, a pesar del viaje portentoso que recorre el personaje de Michael Corleone, el muchacho idealista que cree poder vivir su vida al margen de lo lazos de sangre, de nacimiento y de muerte, que amarran su destino. El joven noble que por amor a los suyos asume un poder que no desea, pero que en el fondo admira, y que lo hará transitar el camino del odio paranoico hasta las entrañas del infierno donde asesinará a su propio hermano.

En resumen, que las obras maestras también tienen sus grados.

 

Tras la lluvia literaria crítica de Los amores perdidos

Tras la lluvia literaria habla de Los amores perdidos

Los amores perdidos, la gran novela, la obra maestra, la joya brillante que nos regaló Miguel de León hace poco más de un año. Esto se cuenta en Tras la lluvia literaria y Los amores perdidos.

Lluvia literaria Los amores perdidos

Lluvia literaria Los amores perdidos


El libro llegó a mis manos por azar, aunque quizá sería más acertado decir que fue el destino quien quiso enviármelo; el sino, que tan bien me conoce y sabe qué debe reunir una historia para que me enamore de la primera a la última página. Y esta me ha desgarrado el corazón, me ha oprimido el espíritu y se ha clavado en mi alma ya para siempre.

Los amores perdidos no es una novela romántica, ni una novela histórica, ni una novela negra, ni una saga familiar: lo es todo al mismo tiempo. Miguel de León ha llevado a cabo un espléndido ejercicio de fusión de géneros que nos regala una lectura única en su belleza, tanto de continente como de contenido.

Más allá de incluir componentes tan dispares como bien traídos y tratados, esta obra se convierte en una gema preciosa por otras razones: por una narración que arrebata gracias a la riqueza léxica y el indudable magnetismo que desprende, por una caracterización impecable de los personajes que nos lleva a conocerlos a la perfección, por una sucesión de maravillosas descripciones que le permiten a uno dibujarse mentalmente una réplica perfecta de los escenarios, por una imparable cadena de sorpresas y sobresaltos que despiertan, desconciertan y conquistan al lector. No es fácil que una novela me haga derramar lágrimas, y ese es siempre el paso definitivo, el interruptor que activa la quinta gota con que valoro un libro que me ha encantado. En esta ocasión, las he vertido de alegría y de tristeza, por rabia y por justicia, con ilusión y con desesperanza. Es más que justo, pues, que este magnífico viaje literario se lleve mi puntuación más alta[]