La ceguera de quien no desea ver

La ceguera de quien no desea ver

Querida amiga independentista:

la ceguera de quien no desea ver sólo deja opción a la indiferencia. Por mucho que yo me desgañitara explicándote que el derecho a decir no existe, que es una falacia no reconocida en ninguna constitución ni país del mundo, que ni siquiera se reconoce en esa ridícula ley que Artur Mas (el que mueve los hilos), Puigdemont y los suyos se sacaron a modo de constitución. Por mucho que yo hablara de la corrupción de quienes están de verdad detrás de este espanto llamado proceso, que son Pujol y su familia, quienes sólo buscan escapar a la justicia que los persigue por el delito de haber saqueado a los catalanes durante décadas; por mucho que yo publicara aquí la referencia a miles de artículos con las opiniones de la gente más acreditada del mundo en defensa de los derechos humanos, la economía, el derecho internacional y la política; artículos sobre lo lesivo, lo arbitrario, egoísta, xenófobo, descabellado y lo sustentadas en el odio que son las pretensiones de los independentistas; tú no admitirías ninguna razón. Continuarías pensando igual, queriendo quitarme mi derecho a pisar en Barcelona como piso en mi tierra, aunque perdieras el derecho a pisar en mi tierra como pisas en la tuya. Continuarías deseando que nunca más catalán alguno hablara la lengua de 500 millones de personas, aunque perdieras la bicoca de ser el centro del mundo editorial en español. Continuarías deseando que un par de generaciones de catalanes se arrastraran por el desierto, porque en la otra orilla ya podrían beber todo el agua que quisieran, cuando en la orilla donde viven ahora ya tienen las máximas comodidades y beben toda el agua que quieren. Continuarías pensando que si Cataluña hoy tiene un nivel de vida superior al del resto de España es por la superioridad genética de los catalanes, no por la trasferencia de renta que por la vía comercial esa región extrae ahora, y ha extraído durante siglos, de las otras regiones de España. Continuarías pensando que ese viaje insensato no tendría coste alguno, que el mejor cliente de Cataluña, que es el resto de España, seguiría comprándote sin mirar la etiqueta; que ese cliente no se desharía en un estallido sangriento como pasó en Yugoeslavia, y que Europa seguiría siendo la que ahora es. Continuarías pensando que el pueblo catalán sólo es ese 40% independentista y que el otro 60% no es pueblo catalán sino charnegos manipulados por la odiosa prensa españolista. Como todo lo que yo dijera sería infructuoso, para qué voy a hacer esfuerzo en explicarme.

Nada más te digo. Las manifestaciones organizadas por los supremacistas, pagadas con dinero de todos los catalanes, tienen una diferencia con la manifestación de ayer, 29 de octubre de 2017, en Barcelona. En las manifestaciones de los independentistas no caben sino catalanes con marchamo del 40% estupendo. En la manifestación de ayer cabían todos los catalanes y cabíamos todos los que amamos a Cataluña y nos sentimos orgullosos de nuestros compatriotas catalanes. Por caber hubieran cabido hasta los del independentismo nefasto.

 

Tal como éramos aquel mayo del 68

Tal como éramos aquel mayo del 68

En este repaso de artículos del año pasado, este tuvo su razón de ser porque el anterior, al que ahora he titulado ‘Delicia culinaria con poderes diuréticos’, provocó una sombra, como una zona triste y gris. Al recordarlo este año, esa zona de pesar, se ha repetido, lo que me ha hecho vigente esta segunda parte del artículo. «Tal como éramos aquel mayo del 68». Si el año pasado desaparecieron un par de los amigos de Facebook, este año lo que sucedió es que nadie, ni siquiera los más habituales, pusieron su habitual pulgarcito. ¿Casualidad?, no lo creo. Es decir que este artículo sigue vigente  y es tan pertinente hoy como lo fue el año pasado.

Todo porque la caricatura de un preservativo en la imagen parece haber confundido a algunos que imaginaron un contenido distinto del que tiene. Sin embargo, el que sí tiene, el de la pobreza intelectual en que vivíamos, ha vuelto a ponerse de relieve, justo por esa viñeta que cuento. Es posible que todavía hoy, nietos de nuestros abuelos, hijos de nuestros padres, criados a imagen y semejanza de ellos, sigamos siendo tal como éramos aquel mayo del 68.

Tal como éramos aquel mayo del 68

Tal como éramos aquel mayo del 68

Lo que sucedió al hombre del relato, que se ve sojuzgado por desconocidos y teniendo que explicar las circunstancias que su mujer y él comparten en la cama, vivía una escena demasiado común. Allí nos hacían creer que nos asistía el derecho de husmear bajo las faldas de cualquiera, que teníamos la potestad para escarnecer en la vía pública a quien fuese acusado de inmoralidad, a inmolar en la plaza a quien se apartara del camino de rectitud que los instalados en el poder concebían para lo demás, nunca para ellos. Aquella inmoralidad que fue sólo delito de pobres y de mujeres, alcanzaba sólo al ámbito de lo sexual. Delito sólo de pobres puesto que el rico podía ser pederasta, violador de criadas, pervertidor de menores o cualquier otro imaginable, sin que sus actos llegaran casi nunca a ser causa para la justicia. Como delitos de pobres eran también los delitos comunes, el pobre podía verse en la cárcel con la sola acusación sin prueba de haber robado un pan, en tanto que el rico podía robar, corromper y corromperse, prestar con usura, prevaricar, traficar, estafar. Tenía incluso la impunidad de matar a la esposa con la excusa de los celos, la sospecha del adulterio, o la falta de aquella moralidad que les era exigible sólo a ellas, porque en el caso de los varones ni siquiera se contemplaba como hecho punible.

Tenían todo el viento a favor, incluyendo el de la Historia, escrita a su conveniencia. Erradicaron de la faz del mundo, de su mundo con minúsculas, a todo aquel capaz de pensar que una sociedad más justa y mejor era posible y estaba a nuestro alcance, que nos faltaban escuelas y universidades, que teníamos demasiadas iglesias y demasiados conventos, que no necesitábamos tanto ejército para tan escaso y desinteresado enemigo, que jamas se ha vencido en una batalla sin haber creado el monstruo de un enemigo irreconciliable. Que cuando has impuesto a tu vecino la idea de patria que a ti te complace, él te excluirá de la que considera suya.

Fue hace mucho tiempo, sin embargo, aquí estoy esta tarde, sin terminar de creerme que una simple caricatura de un preservativo, hoy, después del Sida y del Zika, de la pastilla, de la ligadura de trompas y la vasectomía, del porno por Internet y del tele excremento, pueda indisponer a nadie. Una imagen como preámbulo de un relato que si algo tiene además de su comicidad, no es otra cosa ternura.

Tal vez sea eso, que aquellos nos cortaron tanto las alas, que nunca seremos más que tal como éramos aquel mayo del 68.

Delicia culinaria con poderes diuréticos

Delicia culinaria con poderes diuréticos

Esta delicia culinaria con poderes diuréticos, es una exquisitez pos veraniega o pre otoñal, según le pille. Muy recomendable por sus indiscutibles beneficios depurativos. Vamos, ¡que es para mearse!

Perezrevertes con dos huevos

Delicia culinaria con poderes diuréticos

Esto fue por el 68. El 68 del 68 francés. Aquel año en que las calles se nos quedaron desiertas porque para mayo todo el mundo estaba en París. Ese año en que unos estudiantes de la Sorbona, hartos de que les tocaran los timbales, montaran una tangana en el Barrio Latino, a lo que Monsieur le Président de la République, De Gaulle, también quiso decir lo suyo, sólo que como era muy alto se le oyó desde más lejos que no, que ce n’est pas possible, que no señor, que rien de rien, que hasta ahí podíamos llegar, y mandó al primer ministro, un tal George Pompadour, que ordenara a la policía tocar los timbales de los insumisos, pero esta vez no en sentido metafórico sino real, y que los llevaran al calabozo en una fourgonette Citroen H4, adaptada como batidora de cráneos de estudiantes exaltados. Claro, que los franceses no en balde fueron descubridores de las asépticas virtudes del afeitado a la guillotine sin brocha y el periódico baño de revolución, de manera que también se declaran hasta el gollete de tocamientos de timbales y montan una caraja de aquí te espero. Así que quinta república y ojo con los timbales, que volvemos a liarla parda. Creo que ya me habrán pillado lo del año ese de París.

Pues mientras ellos estaban con esas disipaciones tumultuarias, vivíamos aquí tiempos de ecuanimidad y templanza, como nos correspondía como reserva espiritual de occidente, faro de la cristiandad, luminaria moral en el piélago de podredumbre de la modernidad, con nuestro dictador todavía muy tiesito bajo el palio, con los párrocos firmando los certificados de buena conducta imprescindibles para dirigirse a cualquier instancia de la administración pública, previo pago de una póliza de veinticinco pesetas; con los obispos ideando nuevos sistemas de tarjetitas que se repartían en catequesis, misas, rosarios y novenas, mediante el que los maestros pudieran comprobar en la escuela si sus alumnos provenían o no de familias temerosas de dios y obedientes de los designios de la santa madre iglesia y, en consecuencia, merecían ser promovidos al siguiente curso.

Entonces me dice don Armando, te vas con este recibo a la botica de don tal y cual, que está en tal este sitio, esperas turno y le dices, cuando te toque, que has ido a cobrar el recibo de los periódicos, y esperas allí a que te pague el tiempo que haga falta. Cuenta bien lo que te dé, porque se suele equivocar. Así que yo le respondí que sí, don Armando, y allí me fui resuelto a esperar lo que hiciera falta para no regresar sin el recibo cobrado. Y me siento donde me dicen a esperar a que el boticario le entren las ganas de pagarme. Y entonces tengo la oportunidad de presenciar en primera fila esta que les cuento. Aquel día, con apenas doce años, no lo entendí, sin embargo, desde que me empapó la llovizna de la malicia éste recuerdo me ha regalado ratos épicos, algazaras inolvidables, incluso cuando el recuerdo me ha pillado sin nadie a quien contarlo. Abróchense los cinturones.

Verán. Apareció allí un tipo, digamos que se llamaba Polo. Venía el hombre sudoroso y tenso, con los colores encendidos, y fue dándole la vez a todos los que llegaban tras él. Hasta yo entendí que le quemaba tener que pedir lo que hubiera ido a buscar. Por fin a solas, cuando no queda ya ningún otro cliente, Polo, con la camisa sin rozarle el cuerpo, le tiende la mano temblorosa al ayudante boticario, un tipo largo y adusto, que coge el papel, lee, lo dobla con mucho cuidado, ajá, mirando con desdén al despavorido Polo. Ajá, vuelve a mirarlo, Por fin le dice espere aquí, se va al fondo y cuchichea con el dueño de la farmacia: «¡Condones!», le oigo decir. «¿Condones? ¡No!» «¡Sí, señor, sí, condones!», repite el mancebo boticario. Era la primera vez que yo oía la palabrita. Condones, nada bueno, pecado debe ser, pensé. Y el dueño de la botica, asoma la nariz, mira por encima de las gafas al desdichado Polo, hecho ya un amasijo palpitante en medio de la botica, que para remate del desastre había vuelto a llenarse de clientes, para más inri la mayoría señoras. Dentro de la habitación que yo veía desde donde me habían puesto a esperar, pero que Polo no ve, el boticario coge el teléfono, uno de aquellos negros y pesados de baquelita, gira el disco varias veces con un lápiz, taca taca tac, taca taca tac, habla con alguien y cuelga. Se acerca de nuevo, saca el hocico mirando por encima de las gafas, y le dice a Polo: «Espere a que llegue lo suyo.»

Aquí no tengo otro remedio que prevenir. Es mejor que vayan a orinar ahora que están a tiempo, por las dudas, porque lo que viene a continuación es de no parar hasta mañana. Como imaginarán el boticario había llamado a la policía municipal. Sí, señor, a la policía municipal.

A que es gracioso. Pues esperen a saber lo más gracioso: ¡vinieron! Ni cinco minutos tardaron en hacerse presentes, a bordo de un flamante Seat 850 recién salido de fábrica, del que se apearon dos guardias, que parecían salidos de una viñeta del TBO o el Pulgarcito. Lleva la voz cantante uno que se ha pasado por el forro las ordenanzas, las de uniformidad, las del código penal y las que hicieran falta, y luce una cazadora, «imitación de cuero, pero auténtico», dice él, sobre la que ha puesto el cinto con un revólver del calibre 38, con una culata con cachas de marfil, de esas culatas ridículas, muy chiquitas, porque es un revolver de sobaquera. Con decir que lo llamaban el chérif y a él le gustaba el mote, el sujeto quedará bien dibujado. Con un pulgar en el cinto, camina muy despacio, a lo John Waine en una película de Ford, hasta el rincón del fondo, donde Polo se ha ido acorralando solo. Da dos vueltas alrededor del infeliz que lo mira con los ojos fuera de las órbitas, pálido y sudando hielo. Los presentes no le quitan ojo, todos meten baza, quieren saber qué ha hecho, por qué ha ido la policía a buscarlo. Yo estoy allí, esperando a que me paguen el recibo de los periódicos, sin entender la naturaleza del delito, pero sintiendo lástima por el pobre Polo. El rumor crece. ¡Condones!, se cuchichea. ¡Condones! ¡Ave María purísima, condones!, se multiplica el rumor. Alguien que pasa por la calle oye el pequeño alboroto en el interior, se detiene a golifiar (olisquear, dicho por un canario) ¡Condones!, le informa alguien. ¡Condones!, ¡por dios, por dios, por dios!, ¡condones!, se oye por la vega lagunera. ¡Dónde iremos a parar!

Como la cosa ya se salía del sitio y alguna cliente de la botica daba instrucciones de cómo debía ser llevado el asunto, el chérif le dice a Polo, haga el favor de explicarse, empujándolo con aire paternal hacia la rebotica. «Que esto», dijo Polo, «no son cosas que yo haga por vicio. Que es que Josefa, la mujer, y yo, ya tenemos cinco hijos. Que Josefa se me preña con mirarla. La cosa es que el médico le ha dicho que eso ya se acabó, porque está muy gorda y se va a quedar en el sitio si vuelve preñarse. Pero es mujer de mucho fuego, que nunca se duerme hasta que le cumplo. ¿Qué puedo hacer yo, si esto hasta el cura me lo manda? Y fue por eso que don José Escribano, el médico, me ha hecho el papelito y me ha dicho que viniera sin miedo ni vergüenza. Ahora, que viendo como es la cosa, si hay que pedir perdón, pues se pide perdón, y uno se va por donde vino.»

Ah, bueno, tratándose de prescripción médica, estamos ante un caso evidente de colisión entre jurisdicciones institucionales. A ver cómo se arregla el estropicio. De tal manera que primero se descarta que Polo pudiera estar mintiendo a la autoridad, y se llama al doctor José Escribano, quien confirma el mandamiento médico. ¡Ah, bien! El asunto tiene carácter de verosimilitud; es razonable; en efecto parece existir fuerza de causa mayor. El boticario lo acepta a regañadientes, sólo que no lo puede cumplir, objeta, porque él no dispensaba producto alguno sin beneplácito de la autoridad eclesial pertinente. Y entonces la cosa queda más o menos así: los guardias se van a otra botica, y dejan a Polo allí, que no puede ni con su alma, sentado junto a mí, reponiéndose del disgusto. Mientras, el boticario rebusca por fin en un cajón el dinero del recibo que yo había ido a cobrar. Me lo entrega como si se lo robaran, pero faltan nueve pesetas que le reclamo, y que a regañadientes rebusca de nuevo. Llegan los guardias, ponen en la mano de Polo un paquete, y él se despide dando muchas veces las gracias, pidiendo muchas veces perdón y haciendo reverencias. Salimos juntos, él delante de mí. Éramos camaradas de trinchera. Los dos habíamos conseguido lo que fuimos a buscar pero a los dos nos había costado tiempo y humillación. Yo camino tras él y lo oigo refunfuñar. La mujer lo espera, en un banco de la trasera de la catedral, dándole la teta al más pequeño de los hijos. «Mira, Fefa», le dice Polo desencajado cuando se sienta a su lado, «a mí hacer este recado me ha dejado el cuerpo muy mal». Así que esta noche será mejor que no me busques, porque no te voy a poder cumplir.»

Artículo de Cecilia Domínguez Luis

Artículo de Cecilia Domínguez Luis

Acerca de Los amores perdidos

En la edición de ayer,  4 de diciembre de 2016, El Diario de Avisos ha publicado un excelente artículo de Cecilia Domínguez Luis, escritora, poeta, Premio Canarias de Literatura, y una entrañable amiga, que abrió para mí su casa, me aconsejó y me apoyó cuando nadie me conocía. Quienes la conozcan sabrán que en lo humano lo da todo, pero que en cuanto a Literatura no regala nada. Es profesora de Literatura y al igual que haría con sus alumnos nos ayudará hasta el agotamiento, pero lo que sea de cada quien, para ella, habrá de ganárselo trabajando. Por lo tanto sólo puedo decir que me enaltece que haya tenido el hermoso gesto de publicar el que con seguridad es el más solvente análisis y, por la excelencia de su pluma, la más bella reseña escrita de Los amores perdidos. Sobrará cualquier otra palabra que añada en la presentación de su trabajo, con excepción de mi agradecimiento a ella y al Diario de Avisos por su publicación.

Artículo de Cecilia Domínguez Luis

Artículo de Cecilia Domínguez Luis

 
Articulo-Cecilia

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Método del milagro, usos y costumbres

Método del milagro, usos y costumbres

Se presentaron Avelina y Elpidio, los llamaremos así, a visitar una propiedad que los padres de ella les cedían para que pudieran levantar una casita y casarse. En los días siguientes Elpidio se puso a la faena, siguiendo letra por letra el reglamento de rigor para quien quisiera pasar a la mejor vida del matrimonio y hubiera llegado al acuerdo con la parte contraria. El noviazgo debía durar más o menos siete años y ser mantenido con público conocimiento, para que fuese bien visto por la concurrencia, según la antigua norma que tenía bien pensado y distribuido el reparto de papeles entre hombre y mujer. La norma preferida y más aconsejada era que él levantara, a ser posible con sus manos, una casita donde llevar a la mujer, en algún pedazo de tierra proveniente, según tradición, de herencia o donación familiar. De manera que mientras Elpidio se dejaba el lomo en levantar las cuatro paredes, ayudado de padre, hermanos y parientes, Avelina cosía y atesoraba el ajuar.

El método del milagro

El método del milagro

Durante meses estuvo Elpidio haciendo los cimientos, metro a metro, porque el revuelto lo llevaba con una carretilla y las tardes no daban para mucho. A continuación tocó cavar un pozo, a pico y pala, sacando cestos de piedras y tierra con la sola ayuda de una carrucha. Le llevó más de un año de esfuerzo y desesperación, porque no existía modo de saber si habría éxito en el empeño, ni a cuánta profundidad lo hallaría. Una tarde los gritos convocaron a la vecindad en el camino. «¡El volcán!, ¡el volcán! !Elpidio ha encontrado volcán¡». El volcán era el medio de evacuación de las aguas fecales en las construcciones rurales y seguro que en gran parte de las urbanas. Como el subsuelo canario está repleto de cavidades volcánicas, se horada hasta hallar una oquedad, se eleva una plegaria a la providencia para que no se trate de un fiasco y drene las aguas negras sin colapso, con una sentida disculpa a la capa freática. «¿Qué es la capa freática?», parece que alguien preguntó y otro que andaba cerca se paró un instante, carraspeó para aclararse la voz, se humedeció los labios, afiló la mirada y respondió con aire de suficiencia: «¡Cosas de gente fina!»

Un año después, Avelina con su madre y sus hermanas, pasaron revista a los dos cuartitos, la cocina, el  cuarto de baño y la huerta. Aquella misma noche, en la casa de los padres fijaron fecha para la boda. Celebraron una ceremonia sencilla, tan humilde que los invitados al banquete debían contribuir a él con lo que podían, pero que se recordaría como una de las mejores. Y comenzó el matrimonio. Elpidio había sido trabajador y ahorrativo. Puntual en las visitas de noviazgo de los jueves y los domingos, respetuoso y servicial con los futuros suegros, cordial con los futuros cuñados y tierno con Avelina. Y lo fue durante los primeros meses, hasta la tarde en que prefirió quedarse en la cantina jugando al envido, y dejó a Avelina vestida con la ropa de los domingos, esperando durante horas, para la visita que habían acordado, en la que anunciarían a los padres de ella que estaba embarazada. La reprimenda a Elpidio fue de las buenas, pero allí decidió que ya no quedaba pastel de boda y aclaró quién mandaba en el aquel negocio, por el procedimiento de las bofetadas, el método del milagro, que tanto le habían aconsejado como medio más eficaz de mantener la paz conyugal.

Creyó que aquello funcionaba y siguió atento a ese camino. Regresaba del trabajo, se aseaba y miraba a la enfurruñada mujer. «Cuando quites la cara de mula a lo mejor me entran las ganas de estarme más rato contigo», le decía antes de salir. No volvía sino horas después a veces pasada la medianoche. Y creyó que aquello funcionaba tanto que parecía un milagro. Entonces el comportamiento de Avelina sufrió una brusca transformación. Esperaba a Elpidio con la mejor comida y la disposición de una esposa tan complaciente como no lo había sido ni en los días anteriores a la noche de la tormenta. Se le fueron disolviendo los pequeños aunque notorios moratones, mientras Elpidio, ya ferviente adepto del método, subía el tono y bajaba la guardia. Un mediodía la encontró vestida como de fiesta, para agasajarlo con el almuerzo más espléndido que él recordaba y en ese momento estuvo seguro de que el método funcionaba mejor que un milagro. Nunca pudo explicarse cómo despertó en un coche, enloquecido de dolor, con una toalla alrededor de la cabeza y camino del hospital. Lo devolvieron vivo, y eso sí que fue de milagro, con un vendaje, unos analgésicos, la orden de guardar reposo y tan atarantado que daba cosa verlo. Es que el método del milagro no tiene lados buenos, se desparrama y no hay manera de recoger el destrozo.

—Asustadita fui a llevarlo al hospital —le contaba Avelina a mi madre—. Mira que si se me muere. Pues no sé si fue que entró en razón y volvió a ser como antes de la boda o que lo dejé descompuesto, sin arreglo y tonto de por vida, pero nunca se le ha ocurrido volver a levantarme una mano. Ni ha vuelto a tener gusto para jugar a las cartas, ni para estar mucho fuera de casa. Y de trato se me quedó tan amoroso que hemos tenido un matrimonio que da gusto contarlo.

Y es que del método del milagro Elpidio descubrió que es del todo desaconsejable, porque tiene dos asas, una por cada  lado. Esa condición a la que el término amoroso se refiere, según el diccionario de la RAE, la de ser fácil de trato, suave, templado y apacible, hay quien la ha ganado de un sartenazo. Como Avelina no tenía amparo, ni de la ley, ni de la costumbre ni del uso, tuvo que remediarse con una sartén. De las de antes, de aquellas buenas de hierro.

Los hombres de la novena

Los hombres de la novena

Los hombres de la novena

Los hombres de la novena

Más que de la compañía me hablaron de los hombres de la novena, con devoción, como seres míticos para alguien que había visto su patria sometida por las divisiones panzer alemanas.

A punto de cumplir 17 años comencé a trabajar en una distribuidora comercial de productos italianos, donde conocí a Paul, un escritor francés que había luchado durante la Segunda Guerra Mundial con los milicianos españoles que organizaron la resistencia francesa. Él fue quien me hizo el relato de los hombres de la novena compañía, la que cruzó los primeros disparos en los alrededores de Paris y cuyos integrantes fueron los primeros en entrar en la ciudad, aclamados por la población como libertadores. A este hombre, Paul,  no recuerdo su apellido, lo asedié durante los meses que duró su corta estancia en Tenerife, para que me contara historias de aquella guerra. Me contó muchas, que por desgracia ya no recuerdo. Sin embargo, lo que nunca he olvidado fue la insistencia con que me contaba que los primeros en hacer frente a las tropas alemanas, cuando ya habían roto las defensas y ocupaban las ciudades y los pueblos, fueron los españoles, excombatientes de nuestra desgraciada guerra civil del 36, huidos a Francia cuando Franco ganó. Paul había oído hablar de los guerrilleros que asestaban duros golpes a las tropas alemanas de ocupación, escapó, siendo casi un niño, y los buscó para unirse a ellos.

Paul sentía devoción por los viejos camaradas que contribuyeron a liberar su país. Francia, me insistía, está en deuda con ellos y lo estará siempre. Nunca les reconocerán el sacrificio, así que no olvides decirlo siempre que puedas. Y si algún día llegas a ser escritor, dilo también en lo que escribas, para que Francia, España y Europa no olviden nunca a esos hombres.

Hoy, 25 de agosto, es el día en que hubiera podido decirle a Paul, cualquiera que fuese su apellido, que cumplí la promesa que, más que a él, me hice a mí mismo. Porque la causa de que en Los amores perdidos haga yo mención a ese hecho histórico, fue en recuerdo de lo que él me contó y como pequeñísimo homenaje a aquellos hombres que antepusieron la libertad a sus vidas. Las que en muchos casos, quedaron en la contienda.

Documental completo sobre la novena compañía

 

 

Eduardo Zaplana nos toma por idiotas, otra vez

Eduardo Zaplana nos toma por idiotas

Dice este tipo que no sabe todavía quién cometió los atentados del 11M. Eduardo Zaplana nos toma por idiotas, otra vez, y lo proclama. Y yo me veo obligado a decirle cuatros cosas. Que nosotros sí que sabemos quiénes fueron los canallas que se mearon sobre los cadáveres de 192 muertos y más de 1500 heridos que quedaron padeciendo gravísimas secuelas. Recordamos bien quiénes se pasaron tres días manipulando la información, amenazando a los periodistas, chantajeando a las cadenas de televisión, coaccionando a los directores de periódicos, dejando con el culo al aire nuestros diplomáticos, nuestros servicios de inteligencia y nuestros policías. Sabemos quién engañó, manipuló, y retorció la información utilizando todos los medios al alcance del gobierno. De sobra sabemos quiénes son los miserables que se pasaron años intentando que aquellos crímenes quedaran impunes, quiénes, todavía hoy, siguen echando dudas y mierda sobre el trabajo impecable de los policías, investigadores, jueces, fiscales, abogados y periodistas decentes. Sabemos quiénes se enriquecieron sobre la memoria de tantas víctimas vendiendo periódicos llenos de pobredumbre, mentiras y manipulación.

Tenemos memoria para recordarlos: José María Aznar, Ángel Acebes, Eduardo Zaplana, Mariano Rajoy, Ana Palacio. Por allí andaban Federico Trillo, Eloy Arenas, Alberto Ruiz Gallardon, Esperanza Aguirre, y la práctica totalidad de ministros y dirigentes del PP. Contaban con la inestimable colaboración de la TVE dirigida por un señor llamado Alfredo Urdaci y el director de un periódico muy afín a su causa en aquellos días, Pedro «Jota» Ramírez.

Y porque tenemos memoria, también recordamos quién fue el politicastro que confesaba haber entrado en la política para enriquecerse. Está grabado, pero un Federico Trillo, omnipresente en oscuros anejos de todos los tribunales, consiguió que un tribunal declarara ilegal la grabación, hecha por orden judicial pero para «investigar otro tipo de delito», para ser más concreto de tráfico de drogas y no de corrupción. Vamos, tan kafkiano como llamar a la policía porque están maltratando a una mujer pero cuando llegan no intervienen porque en realidad era un asesinato Aquella maldita e inexplicable sentencia la hemos pagado con décadas de impunidad de los corruptos. Y mientras gentuza así siga en la política, la seguiremos pagando. 
 
No revuelva los posos de la memoria, señor Eduardo Zaplana, que recordamos muy bien que el tipo lamentable de la grabación que confesaba haber llegado a la política para forrarse se llama Eduardo Zaplana.
Eduardo Zaplana nos toma por idiotas, otra vez

Eduardo Zaplana nos toma por idiotas, otra vez

 

Nueva contrariedad meteorológica

Nueva contrariedad meteorológica

 

Nueva contrariedad meteorológica

Una nueva contrariedad meteorológica se abate sobre nosotros

 

Algo nos adormece, pero es cosa del tiempo, que gilipollece sin que podamos evitarlo, una nueva contrariedad meteorológica nos abruma.

Avenida Marítima de Santa Cruz, declina la tarde. Del estacionamiento, llamado parking, del Recinto Marítimo, irrumpe por el carril de entrada un coche que está a punto de provocar una colisión y que por los pelos no se lleva a un grupo de transeúntes, niños incluidos, que camina por la acera. El chirrido de los neumáticos y el vocerío obligan a prestar atención a dos policías locales que en un coche patrulla, más escondido que detenido detrás de la guagua roja con el cartel de City Bus, wasapean con los amigos mientras esperan a que acabe el fastidioso turno, que debiendo ser de trabajo no es para ellos sino de permanencia. Ni se inmutan. Levantan la mirada de los teléfonos móviles, miran con desinterés y pasan del asunto.

Oculto por una furgoneta, uno que debe ser capitoste de la mafia de los pedigüeños rumanos, de viva voz da instrucciones por teléfono, es de suponer que a otros de inferior rango. Apaga con desaire el móvil, un Iphone del último modelo, y más que ocultarlo, lo esconde en los bolsillos de la cazadora. Saca de la mochila un cartel de los varios que lleva con él y elige el que dice “Necesito ayuda para de comida a mis hijos”, pero cambia de opinión y se decide por otro más propicio a esta hora de la tarde: “Tengo cuatro hijos y estoy en parado una ayuda para cena por favor”.

En la radio suena el incansable martinete de un Rap, sobre el que la letra glosa la cuestión tremebunda de ser un nacido en Canarias; pero algo chirría en el mensaje: tanto amor por lo canario dicho en Rap no es un buen aliño, porque da por pensar que el desafuero de amor, en todo caso, es subalterno del amor a la cultura negra de Harlem. ¿No sería mejor para la imagen de su grupo, para nuestra cordura y, desde luego, para nuestros oídos, que lo hicieran con una malagueña o una folía?

En otra emisora anuncian la próxima celebración de un Blank Day, y los que todavía no se reponen de la noche del 31 de octubre, que desde que empezaron a llamarla noche de Halloween lo pasan con un tembleque de rodillas, ven ya que en adelante, todos los 14 de febrero, cada San Valentín de sus vidas, cursará con otra nueva gilipollez, con un Blank Day de esos.

Otro anuncio propone apuntarse al Fresh Banking, que es como si a uno le mentaran a la madre, porque Fresh Banking viene a ser Banca Fresca, y en este panorama de escombros y desolación que nos han dejado los magos de las finanzas, suena a mofa, a recochineo, a Banca Caradura, a Banca Sinvergüenza y, como una cosa lleva a la otra, ya no es posible parar sin decirlo todo: a banqueros hijos de puta.

En las noticias el ministro Gallardón dice con todo desparpajo que la ley contra el aborto es una ley a favor de la libertad de las mujeres, a continuación Montoro proclama que este gobierno del que él es parte sustancial, el que más ha subido los impuestos y ha dejado a los dependientes en la más espantosa intemperie, no pergeña otra subida de impuestos sino que pedirá —como si pudiésemos negarnos— una contribución temporal con destino a los más necesitados. Por allá también anda Soria, diciéndonos, sin empacharse, que la luz no sube, aunque él haya hecho dos subidas en el mismo mes, que no es que haya hecho un regalo a sus amigachos de las eléctricas en la parte fija del recibo, que no señor, que no es verdad, que lo que ha hecho es un ajuste, sí, pero en favor de las familias con hijos. Qué burlas mayores podrían hacernos sonrojar después de haber resistido sin espanto a la insigne Cospedal, decir aquello tan magnífico, el galimatías de que Bárcenas no estaba en el partido, que en realidad sólo era un visitante inoportuno, un pelma al que toleraban con desagrado, y con el que se había acordado para su despido una indemnización en diferido, en forma, efectivamente, de simulación en partes, de lo que antes era, y que por tanto, es de rigor efectuar las oportunas retenciones, en cumplimiento de lo dispuesto por la ley.

No se les distingue del más vulgar de los trileros porque esto es lo que hace siempre la gente que vive de aprovecharse de los demás. El primer truco de todo embaucador es inventarse un lenguaje propio mediante el que entenderse con sus secuaces, pero con el que los primos, es decir, nosotros, no podamos saber nunca de qué hablan. Estos ladrones de cuello blanco, en todo caso han perfeccionado el sistema. Nos han quitado el sentido a las palabras cambiando las nuestras por otras de afuera, habitualmente del inglés; en los contratos abrumándonos con la letra pequeña, en los manejos de la política empleando eufemismos y circunloquios de disparate. Es más eficaz de lo que pensamos. Anulan nuestra capacidad de razonar, nuestro sentido crítico, a continuación nos reparten los partidos de fútbol durante muchos días a la semana y nos suben el IVA de la cultura hasta la estratosfera, se persigue a los escritores a través de la hacienda pública, así llegaremos a enterarnos sólo de lo que a ellos les convenga. Nadie alzará la voz.

Y nosotros, aquí, tan felices. Nos despojan hasta de nuestras casas, pero tenemos Hallowen, ya empezamos a tener Blank Day, dentro de poco el Carnaval también tendrá su palabreja extranjera, será un Carnival Fair o algo similar. Pero no es culpa de nadie. Debe tratarse de nueva contrariedad meteorológica. Como cuando llueve, sólo que nos quedamos empapados de gilipollez. Vamos, que el día se acaba y gilipollece sobre Santa Cruz. Una noche asquerosa nos envuelve ya, pero  qué le vamos a hacer sino esperar a que escampe.