El Padrino durante Semana Santa

El Padrino durante Semana Santa

Ya no recuerdo cuando fue que comencé la costumbre de ver El Padrino durante Semana Santa, los tres capítulos, a veces de un tirón.  Al principio, si me quedaba algún día libre, me recluía con dos o tres libros y la música, y en cuanto dispuse del primer reproductor de cintas VHS, también con las películas. Acampaba en medio del salón y me reencotraba con los viejos y entrañables amigos, mis clásicos de siempre. Perduró la costumbre y se hizo tradición en casa. Hoy, tantos años después, todavía rescatamos de tarde en tarde a los que decayeron y desempolvamos en nuestros corazones el afecto que les guardaremos hasta el final de nuestras vidas. Entre ellos, algunos nunca han dejado de aparecer todos los años desde entonces hasta hoy.  Tal vez porque en las cercanías de Semana Santa fue cuando se estrenó la película, y siempre hay quien lo recuerda, o porque apetece ver todos los capítulos uno tras otro, lo que requiere de unos días, esta se ha hecho la época más propicia para volver a El Padrino.

El Padrino durante Semana Santa (2)

El Padrino durante Semana Santa (2)

Debo pedir disculpas de antemano, porque preveo que esta vez tendré un tono más medido, puesto que nada cabe decir de El Padrino que no se haya dicho mil veces, y todo cuanto pueda escribirse de esta obra maestra, por inteligente o bien traído que uno lo imagine, seguro que sonará a lugar común y repetición innecesaria. A concepto sobado,  a tierra quemada, cabe incluso que a vergonzoso plagio.  El ritual de esta tradición afortunada de la Semana Santa, fue para mí distinto este año, puesto que por una casualidad, en febrero releí la novela de Mario Puzo, y al reponer la película tenía fresca en la memoria la lectura. Casi todas las grandes obras del cine están basadas en grandes novelas y eso sucede con el Padrino. Pero no basta con una gran novela para conseguir un gran guión. Recuérdese, en descargo de lo que digo, algunos ejemplos lamentables, como El amor en los tiempos del cólera, sin ir más lejos.

De todas las novelas El Padrino está con seguridad entre las mejor adaptadas y en mi opinión es de todas en la que se aprecia una menor divergencia entre la historia que relata el escritor en el libro, de la que nos cuenta el director en la pantalla. Y se logró porque Francis Ford Coppola tuvo la agraciada disposición de contar desde el primer momento y en los tres episodios de la serie, con la colaboración de Mario Puzo, el autor de la novela, que estuvo a su lado asesorando en la puesta en escena y depurando los guiones, lo que le otorgó el óscar al mejor guión.  A mi entender, lo mejor del Padrino es todo lo que está en la primera novela. Es decir, lo que aparece en la primera película y los episodios retrospectivos de la segunda parte, aquellos en que el personaje de Vito Andolini niño, llamado después Vito Corleone, huye de Sicilia y llega a Nueva York, y los que interpreta  Robert de Niro en el papel del personaje ya adulto. Episodios que figuran en la primera novela y tuvieron su origen genuino en la mente de Mario Puzo.

El Padrino durante Semana Santa (3)

El Padrino durante Semana Santa (3)

Lo que escribió después para completar la segunda parte y, sobre todo, el guión de la tercera parte, fue más requerimiento de Francis Ford Coppola que de creación propia de Mario Puzo, lo que es del todo evidente en las películas.  Son guiones meritorios, pero no alcanzan el grado de excelencia del primero y esa parte del segundo.  Si se hiciera un montaje de toda la primera parte con las escenas restrospectivas de la segunda, tendríamos una obra maestra, aun más rotunda que la primera parte. Lo que quedara fuera, sería algo menor, a pesar del viaje portentoso que recorre el personaje de Michael Corleone, el muchacho idealista que cree poder vivir su vida al margen de lo lazos de sangre, de nacimiento y de muerte, que amarran su destino. El joven noble que por amor a los suyos asume un poder que no desea, pero que en el fondo admira, y que lo hará transitar el camino del odio paranoico hasta las entrañas del infierno donde asesinará a su propio hermano.

En resumen, que las obras maestras también tienen sus grados.

 

William Wyler y Cómo robar un millón

William Wyler y Cómo robar un millón

Como esa mujer a la que tantas veces vimos pasar, la que nunca imaginó que hubiésemos reparado en ella, porque nada tenía para llamar la atención. Porque no era demasiado guapa ni exuberante, porque nunca vestía ropas ajustadas y apenas se maquillaba, y porque prefería pasar desapercibida, temerosa de despertar cualquier secreto anhelo. Como esa mujer que sabía que nunca nos entramparíamos por pasar una noche con ella, pero que tampoco sospechaba que si nos diese oportunidad, no dudaríamos ni por un segundo en entregarnos a ella con todo nuestro amor y toda nuestra alma, para vivir a su lado la vida entera. Así son las mejores películas. Esas que nunca llegas a saber por qué, terminas eligiendo para redondear una tarde, antes de meterte en la cama con tu libro de buenas noches. Así son las películas de William Wyler.

William Wyler y Cómo robar un millón

William Wyler y Cómo robar un millón

De esas tengo muchas. Una muy recurrente, que cae muy seguido es Cómo robar un millón, esa comedia donde un inagotable caudal de talento se ha derramado para regalarnos dos horas espléndidas de embeleso, distracción y cine. Actúa de motor la sencillez del guión de Harry Kurnitz, del que ignoro si alguna vez fue llevado al teatro, pero que podría representarse apenas sin decorados. Por supuesto, en una comedia, es la elección de los actores la que marca el resultado final, y más por la armonía que se perciba entre ellos que por el propio reparto. Recordarán a Audry Hepburn, en el papel de Nicole Bonnet, y Peter O’Toole en el de Simon Dermott, protagonizando a una pareja bien acoplada, de tanta elegancia y dominio del oficio, que en la pantalla resultan una combinación explosiva.

El padre de Nicole, interpretado por Hught Griffit, el más tierno estafador de la historia del cine:

—Es que eres de una honradez y un aburrimiento absolutos —le dice a la hija.

Eli Walach, interpretando al codicioso, transgresor, y en cierta manera ingenuo, hombre de negocios cuyo desmesurado interés por las obras de arte no consiste en conocerlas y admirar su hermosura, sino en poseerlas, como hubiera querido poseer a Nicole; Charles Boyer dando vida a un correcto marchante de obras de artes de Paris; y otros secundarios que entran y salen de la pantalla, dirigidos por ese maestro de la dirección de escena que era William Wyler. Y como siempre en él, sin ruido ni alharacas, la mesura, la elegancia, la limpieza de las escenas, sin una de más ni de menos ceñidas a la historia, y la inteligencia de los diálogos reforzando el carácter de los personajes, nos lleva de una situación a la siguiente sin que nos apercibamos el derroche de buen cine que presenciamos.

Como esa mujer de la que hablábamos, tampoco Nicole Bonnet (Audry Hepburn) sospecha la verdad cuando le pide a Simon Dermott (Peter O,Toole) ayuda para cometer el insensato robo de una estatua, que para colmo es suya. Nada se dice de lo que él ganaría con esa descabellada operación. Ella lo descubre en mitad del plan, cuando ya no hay opción para volverse atrás.

—Entonces, ¿por qué me ayudas? —le pregunta a Simon Dermot, y este le responde besándola en la boca.

—¡Por esto! —dice ella—. ¡Qué tonta! ¡Vuelve a decírmelo!

Tal vez, con el cine de Willian Wyler, nuestro Billy Wyler de tantas películas, a nosotros nos pase igual. Como a esa mujer a la que nunca diríamos un piropo, a la que por nada ofenderíamos con una mirada, porque es nuestra devoción lo que ella cree indiferencia. Nunca le pediríamos una noche, porque de nada nos serviría una sola noche puesto que las querríamos todas. Así pasa con las películas de William Wyler, no queremos una porque las queremos todas ahora y para siempre.

 

Érase una vez en América

Érase una vez en América

Y llegué sin deseos ni esperanza. Fui otro desconocido entre muchos, transeúnte anónimo en la ciudad incesante que fluía de espaldas a mí. A nadie conocía, a nadie me apetecía conocer. El verano se resistía a su inevitable partida. Durante muchas días había explorado todas las posibilidades de hallar un lugar y un momento gratos, hasta aquella tarde en que me sentí hastiado de tanto arrastrar los pies por el asfalto incandescente. Una librería abierta me salvó de la desesperación. Mucho hojee, porque hubiera querido llevármelo todo, como siempre, pero también al igual que siempre poco podía permitirme. Se fue conmigo La Fundación, de Isaac Asimov, en edición barata, que comencé a leer en un banco de la plaza. El tiempo, que llevaba días haciendo amagos de cambio, anunció con unas gotas de que esta vez lo conseguiría. Me quedaba  un poco de dinero para comprar algo que cenar y abandoné la plaza. Pensé en huir al apartamento después de pasar por la tienda, pero descubrí el cartel. «Sergio Leone, Ennio Morricone, Érase una vez en América «. Un título que desconocía pero dos nombres que desde mi adolescencia eran como un sortilegio. Esperé por la hora de la película en cualquier rincón, leyendo de pié, alzando la vista para ver llover por primera vez en la ciudad nueva para mí.

Érase una vez en América

En la pantalla el fumadero de opio de Chun Lao, con seguridad uno de los mejores diseños de producción de la historia del cine, en el que Robert de Niro delira atormentado por el timbre insistente de un teléfono. A continuación la brutalidad de la muerte de una chica y la paliza que le dan a un gordo que termina diciendo dónde podrán encontrar a un tal Noodles, del que adivinamos que es Robert de Niro. El ruido de montacargas, el disparo que revienta los sesos del tipo que lo espera. La decepción del maletín vacío en la estación de autobuses, en cuya pared del fondo hay un espejo en el centro de un mural de Nueva York, donde se detiene Robert de Niro, un hombre que todavía no tiene treinta años, pero cuya vida está ya aniquilada. En una de las mejores transiciones del cine, comienza a sonar Yesterday, y ese mismo espejo refleja el rostro del mismo hombre, Robert de Niro, veintitantos kilos más gordo, treinta y tantos años más viejo; ha cambiado el mural en la pared del espejo. Con este artificio sin sobresaltos, Sergio Leone nos sitúa en la época y el lugar exactos, donde retoma la historia.Por si nos ha quedado alguna duda repite su truco. De nuevo vuelve a esa transición de antología cuando David Aaronson, Noodles, termina de hablar con Fat Moe, en su negocio venido a menos. Entra al retrete y descubre el hueco en la mampara que guarda el mejor recuerdo de su vida. La cámara se acerca hasta que los ojos ocupan la totalidad de la pantalla, al alejarse los ojos son los de un adolescente, suena Amapola. Y aparece ella, Jennifer Connelly, en una interpretación de un talento inesperado para alguien a esa edad: Débora, una niña todavía pero que nació sabiendo de la vida y de los hombres más que ellos mismos, que está loca por Noodles, y que sabe que él la observa, y al que ella busca, provoca, mangonea y reta, para que deje de ser un pelanas, si quiere que ella se entregue a él.

Érase una vez en América

Jennifer Connelly

Muchas veces me han dado de gorrazos por haber dicho que las interpretaciones más logradas de esta película son las de los niños y adolescentes que dan vida a los personajes en su infancia. Aunque comprendo que tal vez pueda excederme en esa afirmación, no me he enmendado. Pueden darme gorrazos quienes lo deseen, pero estas interpretaciones son tan dignas que los actores adultos nos las oscurecen. Y en el caso de Débora, Jennifer Connelly, a la que he mencionado, hace la que es para mí la mejor interpretación de su carrera. Queda dicho.

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Nada sería esta película sin la banda sonora excepcional de Ennio Morricone, que considero entre las cinco o seis mejores que se hayan escrito. En ella se refleja el carisma de la historia, la tristeza, que desde el tema principal se propaga a todos los temas relativos a los personajes, el de ‘Pobreza’, ‘Infancia y pobreza’, ‘La canción del bizco’ interpretada por la flauta de pan de George Zamfir. Todos los que no son relativos a la época, son de tristeza y desolación, porque la película habla de la miseria. La miseria, origen de todo lo que nos aniquila como seres humanos.

Salí repleto de cine, ya no me quedaba con qué comprar para la cena. Creía que algo habría en la nevera. Me acosté apenas con medio vaso de leche, nada más que eso. Y con mi libro. Pensando que nada importan las ciudades en las que nadie conocemos ni nadie nos conoce, los veranos cansinos o las neveras vacías. Porque existe el cine, porque Sergio Leone y Ennio Morricone permacerán con nosotros. Nada importa cuando se ha tenido una experiencia inolvidable de buen cine y tenemos un libro para leer. Mañana será siempre otro día.

 

Cuerno de cabra, el viejo cine de Arte y Ensayo

Cuerno de cabra

El viejo cine de Arte y Ensayo

Echando un vistazo a esta colección de películas de las que he contado mis sensaciones personales, he caído en la cuenta de que es posible que pocas de ellas serían citadas por un historiador o erudito del cine.  No es demérito alguno, pero demuestra que nunca he sido más que un simple espectador sin otra ambición que la de abstraerme durante un rato de la realidad, de manera que sólo he visto el cine que podía ver y cuando podía hacerlo.

Ahora bien, confieso que pasé por momentos de ensoñación. Seguro que vivir en una ciudad universitaria termina por obrar cierto influjo en los viandantes, quiero decir que uno intenta parecerse a lo que ve, y una vez me entró la  jiribilla de querer profundizar en esto del cine. No fue sólo en lo del cine y la causa fue tal vez ingenua pero no inocente, nadie lo vaya a creer. No fue que de pronto me entró algo como un ardor de lucidez y me vi impelido a conocer de política, de filosofía y humanidades, de arte en general y de cine en particular por una necesidad espiritual. Se trataba de un asunto más vulgar, verán. Era la época de la dictablanda, cuando mirabas a una chica dos veces y te obligaban a casarte con ella.  Yo tendría 17 años y quería empezar a ponerme presentable, para cuando se terciara la improbable cosa. Y observando al personal los únicos que parecían echar un casquete, y eso de tarde en tarde, eran los que sabían sacarle el jugo a la pose intelectual. De modo que tras un detenido vistazo al paisaje, elegí hacer la observación detenida, libreta de campo en la mano, de dos o tres ejemplares que me parecieron muy destacados en aquel arte de sisar migajas de amor. No aburriré con detalles nimios, sobra con el trazo grueso. Había que dar la impresión de que se era del PC, sigla que hoy es necesario recordar se refería al Partido Comunista todavía ilegal, no al ordenador personal. Por fuerza tenía que ser del PC, porque lo de ácrata apenas valía para un polvillo sin ventura, y lo de Comisiones Obreras o la CNT tenía como un aire demasiado tieso y esforzado, una apariencia opaca, algo así como falta de lustre amatorio. Cumplido este objetivo, era obligado aprender a mirar al personal en sesgo picado, de arriba hacia abajo. Sí, sí; justo; como ese de la tele que están adivinando. Y como él, este de la tele al que me refiero, no hay que pronunciar palabra alguna, no sea que se diga algo, que seguro será una idiotez, y se vaya al cuerno la pose de tipo interesante. Por último, había que ser asiduo en el cine de Arte y Ensayo. No de cualquier manera, tenía que notarse. La asistencia a la sala había de ser ejecutada casi con pavoneo, donde todo el mundo lo viera, y con idéntico rigor y ceremonia de los feligreses en la misa del Viernes de Pasión. Está claro que era inexcusable tenerse aprendida de carrerilla una profunda reflexión sobre la naturaleza froidiana de aquellas secuencias interminables en las que nada pasaba y nada se decía, pero en las que el director nos desafiaba, pobres mortales, a adentrarnos por intrincados laberintos sensoriales hasta los habitáculos insondables de su compleja psiquis. Por suerte, bastaba con aprenderse uno que fuese aplicable a todas las películas y directores; aguzando el oído, enseguida se conseguía tener apuntes para un par de magníficas gilipolleces.

De manera que allí caí. Tuvieron que ser meses de otoño e invierno. El invierno de mi descontento, porque fue un fracaso épico. En el intento de lograr que me saliera la pose de tipo interesante, no tengo idea de cuantos de aquellos plomos me tragué en las tediosas tardes en que salía de la sala con los músculos tumefactos de tanto aguantar las ganas de salir corriendo y de tanto poner expresión de que estaba entendiendo algo. Para colmo, lo de aparentar ser del PC no me salía. Para alguien como yo, que me paraba a hablar con las farolas,  lo de mirar al sesgo de arriba abajo sin decir palabra tampoco conseguiría dominarlo nunca. Así que abandoné, seguro ya de que el cine de Arte y Ensayo me estaba cambiando, pero ni de coña me estaba poniendo cara de tipo interesante sino de tipo muerto de aburrimiento.

Salí tan escaldado de la aventura que incluso el director Ingmar Bergman, murió para mí tras el primer muermo de fastuosos decorados, magníficos encuadres y tomas bellísimas, en el que me vi atrapado en una sala. De él me conformaba con ver los carteles publicitarios con fotogramas de sus películas, nunca la propia película. Hasta mi icónico Woody Allen padeció mi desdén cuando años más tarde me la jugó bien jugada con una cosa nefasta que llevaba por título ‘Interiores’. ¡Su madre!, me dije, y no volví a ver una película suya hasta Zelig. Y fue porque me la recomendaron.

El que me haya hecho el favor de llegar hasta aquí seguro que ya está mentando a la mía porque como en el buen Arte y Ensayo, llegabas hasta la última escena esperando que pasara algo, que te contarán algo o que  vieses alguna luz. Y la única luz de aquellos tostones era la palabra fin traducida de algún idioma remoto. Tranquilos, no cometeré semejante desafuero. Hablaré, por fín y al fin, de Las cabras los cuernos y el cine de Arte y Ensayo: ¡Cuerno de cabra! Una terrible historia con sabrosa venganza. Está claro que no me aburrió porque sigo recordándola cuando han pasado cuatro décadas.

Cuerno de cabra, porque no debo terminar sin la recomendación de una buena película. Primera condición de que sea buena: que entretenga.

Cuerno de cabra

Cuerno de cabra y el cine de Arte y Ensayo

Cuerno de cabra

La Guerra de Las Galaxias tomas falsas

La Guerra de Las Galaxias tomas falsas

Leer la primera parte….

Star Wars, como prefieren llamar ahora a lo que titulo aquí La Guerra de las Galaxias tomas falsas, son vagos remedos de la primeras. Viéndolas con detenimiento, se cae en la cuenta de lo que ha fallado en las tomas falsas posteriores. George Lucas, que puede presumir de ser un gran productor es, sin embargo, un director pasable. Incluso en la primera película, exceptuando el papel de Alec Guinnes, inconmensurable siempre, las interpretaciones de los demás actores son apenas aseaditas y no por culpa de ellos, pues el propio George Lucas confiesa que se ceñía tanto al guión que les anulaba toda posibilidad de proveer de alma a los personajes. Lo que es un caso de absurda paradoja puesto que sólo la fuerza de los personajes, su alma, fue lo que con exactitud nos enamoró en la primera Guerra de las Galaxias. Todos están provistos de una carga interior que vislumbramos desde el primer contacto. Se ve mejor en Han Solo, el jugador, contrabandista, aventurero, y  sinvergüenza, pero un simpático sinvergüenza que ya sabemos que encierra más nobleza de la que aparenta, tan potente en la escena que le desbarató los planes al propio George Lucas en su tonto propósito de que Luck Skywalker fuese el protagonista absoluto. Y no sólo están cortados según patrón de Han Solo los demás personajes, sino que todo lo que se cuenta en La Guerra de las Galaxias se hace en clave de personajes. Se ve muy claro en los androides, R2D2 y C3PO, que  lejos de ser seres inánimes y fríos, están dotados de personalidad y se diría que de sentimientos. Y si se observa con atención desde esa óptica, el Halcón Milenario es también un personaje, como lo es La Fuerza, la Estrella de la Muerte y hasta los sables láser.

La Guerra de las Galaxias tomas falsas

La Guerra de las Galaxias tomas falsas

Por eso se nos hace del todo incomprensible que, en los tres siguientes episodios, los de la segunda hornada, los efectos especiales fuesen ganando terreno y relegando la importancia de los personajes, que quedaban convertidos en estrafalarias caricaturas de sí mismos. El niño repipi que hace de Anakin Skywalker, en la cuarta película (pero primer episodio), se convierte en un adolescente petulante y engreído en las dos siguientes. Y George Lucas quiso hacernos creer que el niñato de la pijolandia galáctica, bien pasado por el Infierno, (final de la tercera película, segunda tanda) cuando cae del lado del Mal, venía a ser el precursor nada menos que del Darth Vader que nos estremecía en cada escena. Aquel niño pijo ni estuvo a la altura de su personaje, no lo estuvo a la de ningún otro personaje, ni mucho menos lo estuvo del que se suponía que terminaría siendo. Quedó mal George Lucas con semejante bobada, y nos hizo avergonzarnos de La Fuerza, que se nos quedó disminuida porque, para ser La Fuerza, tendría que darse cuenta de lo que veíamos hasta los pobres mortales, que el crío indolente a quien ella confiaba la trabajera de restaurar el orden del universo, era un pobre zoquete. Con una Fuerza tan cegata, con razón que se nos fueron unas cuantas galaxias al carajo.

Los que llevamos más de media vida amando La Guerra de las Galaxias, la buena y genuina, la de verdad, pese a los decorados y los vestuarios fastuosos de la segunda trilogía, nos quedamos huérfanos. No he visto ni creo que vea nunca ninguno de los siguientes capítulos, el VII y este último, Rogue One, porque dicen que son tristes y vanas operetas del buen rollito. Y la verdad, sólo con las noticias y las tertulias de la Ser ya estoy del buen rollito hasta los timbales.

Lloramos porque se nos ha ido Carrie Fisher.  Ella se lamentaba de que el papel en esa película terminó por agotarla porque el público ya no la imaginaba sino haciendo de princesa revolucionaria en una ópera espacial. Pero se habrá marchado sabiendo que todos nosotros, los que amamos aquella película, la hemos llevado siempre con nosotros.  Que la llevaremos hasta el último de nuestros alientos seguros de que nos encontrarnos con ella, la princesa Leia Organa, y con Han Solo, Obi Wan, Darth Vader, Yoda,  Luck, Chewacca, DR2, C3PO y el Halcón Milenario, dentro de mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana de aquí mismo, de dentro de nuestro corazón.

 

La Guerra de las Galaxias

La Guerra de las Galaxias

No tenía previsto escribir todavía esta viñeta sobre La Guerra de las Galaxias, y cuando lo hiciera pensaba que debía emplear un tono desenfadado, aprovechando que tengo sobre ella una anécdota un tanto simpática. Pero ha muerto Carrie Fisher, la actriz que puso rostro a la princesa Leia Morgana, y quienes somos incondicionales de La Guerra de las Galaxias, la genuina, la auténtica y única Guerra de Las Galaxias, la de los tres episodios originales, estamos acongojados por el dolor de su muerte.

Nadie se esperaba que fuese la película que fue. No lo esperaban los productores, que estuvieron a punto de liquidarla en un par de ocasiones, no lo esperaban los actores que confesaban no saber muy bien en qué proyecto andaban metidos, ni lo supieron cuantos participaron en un loco empeño que nadie era capaz de definir. Ni siquiera  lo esperaba el propio director, George Lucas, lo que demostró hasta hartarnos porque no fue capaz de repetir el misterioso mecanismo que nos atrapó en La Guerra  de las Galaxias, y si a duras penas consiguió llevar a puerto los dos siguientes, El Imperio contraataca y El retorno del Jedi, fue sólo porque tuvo el acierto de ceder el paso a otros directores y mantuvo los ingredientes esenciales del primer episodio. Y para qué engañarnos, tampoco nosotros esperábamos lo que encontramos. Cuando entramos a la sala la primera vez, atraídos por lo que nos contaban quienes habían visto la película, no esperábamos quedarnos con la mente secuestrada, paralizados de asombro y  en estado cataléptico frente a la pantalla, durante las dos horas que cambiaron para muchos nuestra apreciación de lo que el cine era capaz de darnos

La Guerra de las Galaxias

La Guerra de las Galaxias

En el ejercicio de complicidad que debe existir entre el creador de una historia y el receptor, espectador en este caso, La Guerra de las Galaxias es ejemplo definitivo. Estamos dispuestos a otorgar nuestra credibilidad a cualquier historia, a condición de que nos entregue algo a cambio. Y la historia que presenta esa primera imagen con el letrero acostado que se pierde en los límites del Universo, promete tanto que dejamos en suspenso nuestra capacidad crítica y perdonamos todo lo que nos cuentan a continuación.  Dejamos a un lado nuestro juicio sobre la ciencia loca que permite que las naves hagan, a su paso en el vacío del  espacio, un ruido atronador que estremece las ventanas; que el Halcón Milenario se pase por el forro a las naves imperiales, y no ya a los simples destructores espaciales, sino a las naves del tipo Corelia, nada menos; y que haya hecho la carrera Kessel en doce parasegundos, figúrese, apenas un parpadeo; que en ese futuro usado, gastado y a veces viejo, puedan desplazarse de una estrella a otra como quien coge el cercanías para irse de Majadahonda a Torrelodones;  donde le pones un dispositivo de seguimiento a una nave y recibes la señal en el instante de enviarla, !eso son enlaces de microondas en condiciones y no los de las telefónicas, que se se jodan Eistein y la Relatividad, que no hacen sino estropearnos la fibra óptica! Le perdonamos los clientes inverosímiles de una cantina en donde no admiten la presencia de los androides, le perdonamos los uniformes absurdos de las tropas imperiales, la vestimenta barata de los policías del cuerpo diplomático, los innecesarios cascos y las prendas de cabeza en un sitio donde nadie puede salir al exterior, los brochazos de pintura barata de los decorados y hasta nos echamos a temblar con los poderes sobrehumanos del lado oscuro de La Fuerza. Sólo porque sí lo perdonamos todo, desde la primera escena en que nos quedamos con la boca abierta, esperando a ver cómo se arregla el tremendo desbarajuste que acaba de provocar Darth Vader,  el tipo de la voz de trueno, que nos hace temblar las rodillas, y que debe ser el  más malo en aquella galaxia y unas cuantas de los alrededores.

continúa…

 

Gringo viejo, drama de amor y muerte

Gringo viejo, drama de amor y muerte en la revolución mejicana

Decidí escribir este comentario sobre Gringo viejo, el  drama de amor y muerte en la revolución mejicana en el que Jane Fonda interpreta uno de los mejores papeles de su carrera, a causa de una pequeña discusión. Tratábamos la cuestión de si ella, Jane Fonda, nuestra Jane Fonda que tanto amamos, también necesitó rodar el camino, también tuvo que aprender, esforzarse, superarse, probar, equivocarse y rectificar, antes de llegar a ser la actriz indiscutible que es.  O todo lo contrario, es decir, que ningún esfuerzo necesitó hacer para interpretar como lo hace porque nació bajo el manto de Dionisio, iluminada desde la cuna por el rayo de la interpretación, y ser actriz estaba en ella porque sí, por ser hija de quien es, por gracia de los dioses, por guapa, elegante y buena;  y porque la queremos mucho, carajo.  Quienes la queremos de verdad y la valoramos como actriz preferimos pensar que no. Que no siempre fue buena y tuvo que ganarse a pulso llegar a serlo. Que lo grandísima actriz que sin duda es, tuvo que conquistarlo con esfuerzo, sin menoscabo del talento, condición indispensable pero no suficiente para serlo.

Y donde mejor se ilustra la tesis que sostengo tal vez sea en su intervención en este drama de amor y muerte en la revolución mejicana, Gringo viejo. La película lleva al cine la novela de Carlos Fuentes del mismo título, dirigida en 1989 por Luis Puenzo,  director argentino poco prolífico, que consiguió con ella una realización magistral. Basada en una historia real, Carlos Fuentes supo sacarle el alma en términos de literatura en un abanico de personajes inconfundible. Tanto la novela como la película por sí solos o en conjunto darían para miles de páginas escritas, lo que se sale de estas viñetas de mis sensaciones cinematográficas.  Como el espacio de estos comentarios solo me alcanza para destacar el rasgo principal de una película, hoy sólo me referiré a la hechura de los personajes, presente en la novela y trasladada a la pantalla de manera impecable.

Tomás Arroyo, el joven general revolucionario que por ser analfabeto cree que la palabra escrita en un papel confiere poderes sobrehumanos. Descubre que se mentía a sí mimo creyendo participar en la revolución por los ideales, cuando lo hace sólo por odio. Más aun, por un odio  con nombre y apellidos, el odio a los Miranda, dueños de la hacienda.  Se observa en la película el amplísimo recorrido de Jimmi Smits, el actor que lo encarna, desde la nobleza hasta la soberbia demente, desde la  exquisita ternura hasta el más sanguinario rencor, desde el amor más delicado hasta el más enloquecido fanatismo.

Tomas Arroyo y Ambrose Bierce, Jimmy Smits y Gregory Peck, el gringo viejo

Tomas Arroyo y Ambrose Bierce, Jimmy Smits y Gregory Peck, el gringo viejo

La violencia liberadora con que Gregory Peck arranca su interpretación de Ambrose Bierce, en una sala abarrotada de personas que lo veneran, tirando al suelo todos los ejemplares de la edición de sus obras completas, «estos libros no contienen sino mentiras, sólo han servido para que mi editor se enriquezca» proclama.  La locura con que pone rumbo a la guerra  en busca de una muerte aséptica por un disparo, que lo libere de la muerte peor que es la senectud y la enfermedad: «la revolución es eutanasia para un gringo», dice en su ataque de cordura. La poesía que nos transmite mientras coge la mano de a Harriet Winslow para enamorarla , hablándole de un verso que persiguió durante toda la vida y creyó que ya nunca podría escribir, pero que acaba de verlo en los ojos de ella.

Jane Fonda y Gregory Peck en Gringo viejo

Jane Fonda y Gregory Peck en Gringo viejo

Y Harriet Winslow, Jane Fonda, nuestra Jane Fonda, la soltera madura, amargada, resentida y harta de su habitación y de una vida de pequeñeces y mezquinas disputas con su patética madre, que liquida sus mentiras y se larga a Méjico. La mentira de una pensión que ninguna de las dos merece: «Papá no está muerto, mamá, se quedó en Cuba con una mujer porque no quiso volver contigo», o la más dolorosa mentira: «Yo no soy una chica, mamá; yo soy una solterona».  Su abanico muestra a esta mujer muerta de miedo pero decidida a vivir lo que le queda de vida aunque sea en Méjico un país y una gente a los que teme y en el fondo desprecia. Como teme y desprecia a Tomás Arroyo, el joven general del que terminará enamorándose, como se enamorará del calor de aquel pueblo pobre, ignorante y zafio, y se enamorará de su revolución. Liberada entre el amor viril de un hombre más joven que ella, que la ha hecho por fin sentirse mujer, y el amor reposado y tierno del escritor mucho mayor que ella, el gringo viejo a punto ya de partir. Sin contrariedad entre el amor de dos hombres opuestos entre sí en todo cuanto es posible imaginar.

Veamos de nuevo la película y quedaremos convencidos de que para hacernos creíble el papel de Harriet Winslow, Jane Fonda debe mostrar un repertorio de registros interpretativos colosal. Lo que además de talento exige muchos años de esfuerzo y aprendizaje continuados , de trabajo y tesón. Muchos lo han intentado y pocos han logrado alcanzarlo. Jane Fonda lo ha demostrado todo, por eso la amamos tanto.

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El violinista en el tejado, una afortunada lección

El violinista en el tejado, una afortunada lección

El violinista en el tejado

El violinista en el tejado

Agradecí mucho que El violinista en el tejado pusiera las cosas en su sitio, pues vivía yo el temor de que un defecto de nacimiento me hiciera pasar mis días a la greña con los musicales. Y era curioso que sólo me pasara con las películas porque a la zarzuela, que me encantaba, no le veía yo inconveniente. Verán, nada había para mí más sagrado que una buena historia, ni la hay todavía hoy, puesto que no he querido corregirme. Desde chico me tomaba como una afrenta personal que el director de una película se permitiese la desconsideración de interrumpir o variar el rumbo de una trama, mediante la introducción de una canción que, por lo general, nada le aportaba; si además los actores se ponían a bailar, era como que me mentaran a la madre. Pese a que me sacara de quicio yo lo llevaba con sonrojo, cuidándome mucho de que no se me notara si alguna conversación se deslizaba hacía el pedregoso terreno de las películas del género musical y de sus estrellas. De esa callada antipa­tía me liberó El violinista en el tejado, otra película de mis imprescindibles cada año.

Pues fue que el director Norman Jewison, el guionista Joseph Allen Stein y los compositores Jerry Book, el del musical de Broadway, y John Williams, que adaptó la música para el cine, los que consiguieron persuadirme de que lo mío no eran más que prejuicios, y que las escenas musicales no siempre son forzadas ni tienen por qué alterar el ritmo y la esencia de las tramas. Lo dicen nada más empezar la película. Recuerden la primera escena: amanece, la silueta de un violinista sobre un tejado; Tevye, el lechero que interpreta Chaim Topol, comienza el día con su reparto de leche por las casas de Anatevka. Y hace de anfitrión contándonos el sencillo modo de vida de la gente del pueblo, en el que todo está previsto y repartido de antemano, porque como él nos dice, cada uno intenta entornar una sencilla melodía sin romperse la cabeza. Al igual que un violinista en el tejado, tendrán que guardar el equilibrio, y lo consiguen gracias al sortilegio de una palabra de resonancia mágica y de trascendencia inapelable: tradición. Ya en las acreditaciones(*) la melodía me dejó descubrir que esta vez sería distinto, que mis temores eran infundados y en las primeras escenas arranca la banda sonora sirviendo de soporte a una letanía de imágenes que muestran la perfecta maquinaria que sostiene vivo al pueblo de Anatevca, los engranajes precisos que hacen palpitar la vida cotidiana de su gente, ejerciendo sus oficios, relacionándose entre ellos, dirimiendo sus disputas, cada uno ocupando un sitio sin salirse jamás del papel que todos esperan de él. La música refuerza aquí las imágenes ayudando al avance de la trama. Véanla de nuevo y escuchen con atención. Es parte tan integral de la historia que sin ella las escenas carecerían de sentido. Y sigue así durante toda la película, una melodía tras otra. Con excepción de dos piezas musicales, estás sí con el grado de calamidad: la danza de Tzeitel, la hija mayor, y Motel, el sastre pobre;  y un poco menos la de Chava, tercera hija, con sus hermanas y con Viedka. Porque hasta en esto nos sirve de enseñanza El violinista en el tejado, mostrándonos lo mal que queda cuando no está bien hecho.

Regresemos al acierto para no terminar con mal sabor de boca. De cómo el número musical puede reforzar la trama tenemos muy buen ejemplo en el cántico que subraya la escena de la ceremonia de boda entre Tzeitel y Motel. Si se prefiere otra escena más cómica la de Fruma Sara, la difunta esposa del carnicero, renacida de entre los muertos para escupirles una maldición.

La mujer de Tevye: Norma Rae
Las hijas de Tevye con sus amados:
Tzeitel (Roslaind Harris) – Motel (Leonard Frey)
Hodel (Michele Marsh) – Perchik (Paul Michael Glaser)
Chava (Neva Small) – Viedka (Ray LoveLock)
La película se basó en relatos de Sholem Alejeim, humorista y escritor ruso.

(*) Algún tipo de poco conocimiento traducía del inglés y vio la palabra ‘credits’, seguramente en alguna  película, y se dijo, ah, en español es créditos. Y nos destrozó nuestra la palabrita, porque crédito en español no era lo que él pensó sino esto, según la RAE:

Cantidad de dinero, o cosa equivalente, que alguien debe a una persona o entidad, y que el acreedor tiene derecho de exigir y cobrar.

Lo otro es una acreditación. Aunque la RAE hoy admite crédito en el sentido de acreditación, haríamos bien en utilizar más el uso que nunca debimos perder.

 

Desayuno con diamantes

Desayuno con diamantes

Dije en la primera publicación sobre películas, en el muro de mi querido amigo Luis Pérez Rízquez que de ninguna manera se me ocurriría dar lecciones de cine a gente que es probable que tenga más preparación y conocimientos que yo. Que mi grano de arena sería el de compartir mis recuerdos y experiencias de las películas que he visto. Fiel a eso, se comprenderá que Desayuno con diamantes deba estar entre las primeras.

Desayuno con diamantes, Moon River

Desayuno con diamantes, Moon River

Tal vez no sea posible encontrar un ejemplo más claro de que cine y literatura son lenguajes distintos como el que nos brinda Desayuno con diamantes, o Breakfast at Tiffany’s, si se desea el título en inglés. Leí la novela de Truman Capote, cortita y un tanto deslavazada, muchos años después de ver la película y no sentí que una y otra se desmerecieran, sin que nunca las haya identificado como una misma historia, porque ocupan territorios tan distintos que cuando la imagen de una me viene a la mente, pocas veces se acompaña de una imagen de la otra. La historia en la novela es sórdida, no da tregua, Holly nos dejá un sentimiento de aspereza en el corazón, de pena y vacío. En la película es también sórdida, y habríamos llegado a idéntico sentimiento de vacío y sordidez si el guionista,  George Alxelrod, y el director Blake Edwards, cuyo inequívoco aunque errático talento se percibe desde la primera escena, no hubiesen tenido claro que su cometido era el de conseguir una historia que funcionara en la pantalla. La otra, la de Truman Capote, estaba sobre el papel, allí funcionaba y era como éste quiso que fuera.

Desayuno con diamantes, Gato

Desayuno con diamantes, Gato

Tuve ocasión de ver la película mientras hacía el servicio militar y guardo un recuerdo nítido de aquella tarde, porque la última escena de la película transcurre bajo la lluvia y al salir del cine también llovía en el mundo real. Esperé a que escampara, recuerdo bien, vestido de uniforme, con el bolso militar cruzado sobre el escaso abrigo tres cuartos. Y es seguro que fue allí, al término de la película, todavía imbuido por el compás lento de la banda sonora de Henry Mancini, y la tristeza de Moon River, la canción que nos ha acompañado durante toda la vida, donde abrí hueco en el recoveco de mi interior en el que atesorar  la experiencia que como espectador me había regalado Desayuno con diamantes. Holly, la protagonista, interpretada por Audrey Hepburn, alocada, femenina, bellísima y sin amparo de sí misma. Paul Varjack, el protagonista en la película, sin nombre en la novela, interpretado por George Peppard, un escritor y un hombre enamorado. Y yo con mis veinte años apenas cumplidos, solitario y sin más horizonte que el cumplimiento del servicio militar, soñaba que un día sería escritor y también me enamoraría de una mujer como Audrey. Que ella me preguntaría «¿Verdad que si fueras millonario te casarías conmigo?» y yo le respondería a punto de derretirme: «de inmediato».

Mientras veía caer la lluvia deposité una promesa sin saber que lo hacía, pero que el inconsciente me reclamó en cuanto tuvo oportunidad. La promesa de que si algún día llegaba a ser escritor, Nueva York debía aparecer en medio de una historia de amor escrita por mí. Hoy no sólo puedo decir que cumplí la promesa y Nueva York aparece en medio de una historia de amor que yo he escrito sino que en ella hago mención de Audry, de George, de Truman Capote y de Desayuno con diamantes.

Desayuno con diamantes, final feliz

Desayuno con diamantes, final feliz

El oro de Mackenna

El oro de Mackenna

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El oro de Mackenna

Novela en la que se basa el guión es El oro de Mackenna de Heck Allen (Will Henry).

Cójase una buena novela como ingrediente principal y elíjase a dos productores de éxito indiscutible, como Dimitri Tiomkin y Carl Foreman, que además escriba el guión. Consiga involucrar en el asunto a Gegrory Peck y Omar Shariff, acompañados de dos actrices que se rompen de lo buenas que son en su oficio y que conseguirán que nosotros nos rompamos de lo buenas que ellas están, Camila Sparv y Julie Newmar. Siga agregando: Lee J. Cobb haciendo de predicador, Telly Savallas de sargento, Burgess Meredith de editor de una gaceta, Eli Wallace como bandido de la peor calaña, Anthony Quayle como aventurero homosexual, una leyenda llamada Edward G. Robinson encarnando a un ciego que es también otra leyenda. Echemos un generoso chorro de buen orujo: otra docena de secundarios superlativos, una canción sobre zopilotes en la voz de José Feliciano, una localización de escenarios para apabullar. Meta todo eso en la matraz de una conferencia de villanos, malvados, codiciosos y lascivos, emborrachados de avaricia con la historia de un desfiladero que rebosa de oro. Póngalo todo a hervir en el fuego vivo del desierto durante una travesía repleta de emboscadas de indios, de persecución de la caballería, de traiciónes y de muerte. Deje que vayan goteando las escenas que perfilan la naturaleza de los personajes, sus odios, su felonía, su miedo y otra vez su codicia. Deje que escurra la sensualidad abierta que se aprecia en casi todas las escenas donde aparecen esas dos mujeres totémicas. Añada unas escenas finales donde la villanía y la locura son arrasadas por la fuerza de la naturaleza, deje percibir el aroma del final feliz en una toma donde el chico y la chica se alejen de la cámara para ir a darse el revolcón que nos llevan prometiendo desde la primera escena juntos. El resultado es un licor delicioso que se titula El oro de Mackenna. Otro grandioso sorbo de Cine, con mayúscula.

Si no ha visto usted El oro de Mackenna, es un ser afortunado, pero salga corriendo a buscarla y corrija tamaño error. Organice una tarde de cine épico en casa. Desconecte teléfonos, ruidos y distracciones y tiéndase en el sofá con ella. No se vaya usted de la vida sin haber vivido estas dos horas de maravillosa experiencia de cine. Hágase el favor