Tan enamorado y feliz, aún, para siempre

Tan enamorado y feliz, aún, para siempre

 

Tan enamorado y feliz, aún, para siempre

Tan enamorado y feliz, aún, para siempre

Hace mucho tiempo ya,
un día, feliz me enamoré de ella.
He andado mil caminos,
he peregrinado por el mundo,
queriendo hallar en otra mujer
unos ojos como los suyos.
Viejo y cansado regreso al hogar.
Dentro de mí sus ojos todavía me ven.
Y yo permanezco, aún, para siempre.
Tan enamorado y feliz como lo fui aquel día.

¡Ah, Raquel, Raquel, amiga Raquel!

¡Ah, Raquel, Raquel, amiga Raquel!

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!Ah,Raquel, Raquel, amiga Raquel!

Esta frase, ¡Ah, Raquel, Raquel, amiga Raquel!, me frecuenta mucho la mente desde hace unas semanas. ¿Recuerdan que hace poco hablé de los lectores de infantería? ¿De los que van a librería, gastan su dinero en un libro y se abandonan durante horas al deleite, nunca asegurado y no siempre  hallado, de su lectura? De esos lectores de infantería los hay, como en todo, más o menos intrépidos. Y me he parado a pensar con qué término podríamos referirnos a aquel que fuese más que un lector de infantería, el que destaque por querer sacar de un determinado libro un poco más que lo que éste alberga en sus páginas.  ¿A ese lector cómo cabría llamarlo? Qué sería. ¿Un guerrero?  Tal vez podríamos llamarlo ‘guerrillero’, porque seguro que en ese afán no encontrará a quien pueda seguirle el paso, y deberá echarse a la aventura sin un compañero de camino.

Así apareció Raquel. Yo había llegado por la mañana a Gran Canaria y estuve a la hora acordada en el Parque San Telmo de Las Palmas, para la inauguración de la Feria del Libro. El acto se retrasó. Hablaron las autoridades, los periodistas sacaron sus fotos y nos hicieron algunas preguntas. Esperaban por mí tres de esas guerrilleras de los libros, algunas desde hacía varias horas, para que les firmara sus ejemplares de Los amores perdidos.  Figúrense qué orgulloso y feliz me sentí.

!Ah,Raquel, Raquel, amiga Raquel!

!Ah,Raquel, Raquel, amiga Raquel!

Por la tarde me tocaba hacer una presentación de la novela y yo esperaba entre el público a que terminara el compareciente anterior, un poeta grancanario que estuvo muy suelto y solvente en su locución, lo contrario que yo, que estuve torpe y amontonado. Esperaba turno, digo, cuando alcé la mirada y la vi aparecer así, detenida en la entrada de la carpa, altiva, guerrera de los libros, como una amazona dispuesta para la batalla con un ejemplar del mío en la mano y ávida de encontrarme. Todos detuvimos en ella la mirada, incluso el poeta que hablaba, hurtado de su auditorio durante unos segundos, tuvo que volverse para mirarla. Porque es imposible no querer verla bien. Guapa, femenina, de imponente presencia y hermosa cabellera. En el trato irradia nobleza y amistad, y el entusiasmo es el rasgo más elocuente de su carácter.
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Estaba tan emocionada de poder charlar conmigo sobre Los amores perdidos, el libro, que la llevó a mí, que pasamos dos horas enfrascados en la conversación, sin que nos diéramos cuenta. Otras personas conocí allí  y otras cosas sucedieron, unas y otras inolvidables, pero por causa de ella, de Raquel, yo regresé de Las Palmas con los bolsillos llenos de amistad. Y es que si algo puede decirse de Raquel es que sabe ser amiga de sus amigos. Observen en la Red cómo es capaz de partirse la cara con quien sea por defender al más simple de todos, cómo busca siempre el modo de compartir, con todos y cada uno de sus amigos, todas y cada una de las cosas que a ella la hacen feliz, desde su ratito en la playa con Chipirón, su perrito,  la luz de los ocasos maravillosos de la costa norte de Gran Canaria, un recuerdo de su niñez, su experiencia con un libro. Todo lo que de bueno la vida le pone al alcance ella querría poder trocearlo para repartirlo, y todos tendríamos nuestro pedazo, porque no cabe imaginar que se olvidara de alguno de nosotros.

Ah, Raquel, Raquel, amiga Raquel

¡Ah, Raquel, Raquel, amiga Raquel!

Así es que desde aquella tarde de la Feria del Libro de Las Palmas, en que yo tuve la fortuna de conocerla y de descubrir con qué vehemencia defiende a sus amigos, con cuanto ardor recomienda las cosas que escribo, me siento en posesión de un tesoro que no sé cuantificar pero que sé más valioso que cualquier cosa que pueda imaginar. Y como me faltan palabras para expresarlo, sólo acierto a balbucear esta frase:  ¡Ah, Raquel, Raquel, amiga Raquel! me digo en cuanto la veo aparecer por la Red.

 

Firma del primer ejemplar comprado en una librería

Ayer, firma del primer ejemplar a un querido amigo

Desde hace muchos años tengo la suerte de ser su amigo. Es un hombre lleno de cualidades del que pueden contarse grandes cosas y todas ellas buenas, porque lo que mejor define a mi amigo Hermann Dait es lo buena persona que es. Que ya sabemos que ésto sólo lo confunden con ser idiota los que sí que son, más que nada, idiotas.

Como muestra de la fortuna de quienes lo contamos entre nuestros amigos, una anécdota. El libro Los amores perdidos salió a la venta el pasado día 21 y ese día mi amigo Hermann, estuvo, muy temprano, en una librería, comprándose su libro porque quería ser de los primeros en tenerlo. Como hago, de tarde en tarde,  con menos frecuencia de la que me gustaría, ayer lo llamé para saludarlo y quedamos para tomarnos un cortado y hablar de nuestras cosas; siempre terminamos fajándonos con la política, porque a Hermann como a mí nos preocupa la gente que está en paro, los que no llegan nunca a final de mes por mucho esfuerzo que pongan, los excluidos de todo, los necesitados de una mano amiga que los ayude a ponerse en pie o dar un paso; nos preocupa el mundo que hacemos, que tal vez destruimos más que construimos.

Puntual a la cita, apareció mi amigo Hermann. Llevaba su libro en una bolsa y nada más sentarnos lo sacó con mucho mimo para que se lo firmara. Sí que he firmado ejemplares antes que éste, pero aquéllos era actos debidos en el entorno familiar y de la editorial y éste tiene de especial que se trata del primer libro que me han pedido firmar que ha sido comprado a una librería. Y es el de mi amigo Hermann. Figúrense que regalo de anécdota y que bonito recuerdo para el resto de mi vida. Muchas gracias Hermann, por tu amistad. Que disfrutes del libro.

Firma del primer ejemplar comprado

Firma del primer ejemplar

Hermann, un amigo muy querido

Un querido amigo

 

Pichinglis, la nueva lengua que hablamos

Pichinglis, una penosa manera de entenderse.

Hubo una época, por desgracia ya remota, en la que yo era capaz de pasear, ver una película, oír la radio o leer una revista con el mismo desenfado que cualquier otro hijo de buena madre. No sé si fue un virus que me acechaba en las páginas de algún libro o que se me secó la sesera, como a nuestro loco más insigne, pero un día descubrí que padecía una enfermedad de la que no hay cura conocida: la fobia al pichinglis. Empezó como un escozor, como una chinita que me hubiese entrado en el zapato y me produjera una cojera imperceptible. Ahora, tantos años después, la comezón es una úlcera ensangrentada y la chinita del zapato me hace caminar arrastrando una pata y dando trompicones con la otra.

pichinglisMe empezó con un cambio de trabajo, en el que tuve que compartir trato con los compañeros de ingeniería de telecomunicaciones. Hablaban tanto en las cuestiones de trabajo como en las personales, en un peculiar lenguaje de iniciados que creían les daba un aire de modernidad, digamos que cierta distinción. Cautivaron mi interés aunque, como recién llegado, pensé que antes de acercarme a ellos debía hacer lo posible por comprender a qué se debía su peculiar lenguaje. Anoté un par de fracesitas, en un papel que todavía conservo, que conseguí desentrañar con un buen diccionario técnico de inglés-español. Dice la primera de las anotaciones: “…la causa podría ser que las ‘valves’ de ‘baipas’ controladas por el ‘suich’ de ‘flou’ estén ‘yampeando’ el ‘sircuit ‘ de control”. Dice la segunda: «…la ‘moder boar’ de la ‘pogüer yunit’ utiliza un ‘push push sircuit’ que podría estar causando ‘esporadic interferens fault’ sobre la ‘prosésor boar’». Al hacer la traducción de aquellos ejemplos de la nueva manera de entenderse, descubrí que ni era tan nueva, ni era de entenderse, y que no sólo no sabían nada de inglés sino que de español andaban con las meninges más bien estreñidas. Hasta descubrí que en nuestro idioma ya existía, por supuesto, una palabra para referirse a su jerigonza de bobos enajenados, que lo que hacían no era otra cosa que usar el pichinglis, pichinglear. Un uso que alguien con mejor capacidad que yo le había dado a esa palabra. La primera de las dos aparatosas frases, traducida, decía: «las válvulas de derivación controladas por el interruptor de flujo podrían estar saltándose el circuito de control». Y la segunda: «que la placa base de la fuente de alimentación estaba integrada por un circuito en contrafase que podría generar un fallo esporádico por interferencias sobre la placa del procesador.» ¿Por qué preferían su jerga? Porque aquella se hace incomprensible para quien no esté en el ajo y lo traducido lo entendería sin esfuerzo cualquiera que hable español.

Por favor, entiéndase que no tengo nada contra el inglés. Lo leo con dificultad y no lo hablo, pero hago lo que puedo por aprenderlo. Es un idiomita simpático, falto de algunas consonantes, un poco sobrado de vocales, y muy sobrado de engreimiento y petulancia, pero que habla mucha gente. Y los ingleses me caen bien, cocinan de pena, pero saben defender lo suyo, son respetuosos, defienden su cultura y tienen los mejores actores y un magnífico sentido del humor, como lo demuestra  gente como Benny Hill o los Monty Python. Claro que también han dado a luz al mundo a gente detestable, como Margarett Tatcher o esa estirpe que en nuestro idioma son energúmenos y en el suyo ‘hooligans’.

Lo que pasa es que cuando hablo con alguien y me empieza a meter palabritas en inglés, al tun tun, sin ton ni son, en sustitución de las nuestras, a mí me sube la fiebre cinco o seis grados.  Porque hablo español, o castellano si gusta, un idioma de verdad frente al suyo que, dicho con todo el respeto, es un idiomita de juguete.

Tendré que explicar bien mis síntomas, por si hay alguien por ahí que pueda decirme si ve que lo mío tenga arreglo, pero me he quedado sin papel. Ahora vuelvo…

Montoneros del pichinglis

 

En memoria de Miguel Borja

En memoria de Miguel Borja

Te has ido igual que llegaste, sin aviso ni ceremonia. Tan de improviso como la tarde en que apareciste en la puerta de la oficina, sonriente y emocionado, para decirme que me buscabas desde hacía veintitrés años.

Miguel Borja

Miguel Borja

A esas alturas de la vida, yo no estaba para dejar que se me revolvieran los posos del alma; tenía mis puentes alzados y todavía hoy no puedo explicar cómo hiciste para disolver tan pronto mis recelos, porque te bastaron unos minutos de conversación para que me sedujeran tus maneras afables, tu natural espontáneo, la calidez de tu sonrisa, tu trato sin aristas ni dobleces, tu franqueza, que pronto descubrí era la cualidad que mejor te definía.

Ya desde aquel día, me sentí un poco menos solo. Tuve siempre un amigo, un teléfono al que llamar, seguro de que al otro lado respondería la voz entrañable de alguien que acudiría siempre para compartir conmigo la alegría, cuando ésta fuera posible, pero si no lo era, para compartir también la tristeza. Dos meses después, habíamos tenido apenas un par de ocasiones para charlar delante de un café o una caña de cerveza, cuando te encontré por casualidad en Santa Cruz, al término de un día fatigoso. Te acercabas a lo lejos por la misma acera, en el puente del mercado, dedicándome una sonrisa tan ancha que, de pronto, se me olvidaron los sinsabores del trabajo y el agobio y la tarde se me hizo amable. Supe entonces que había caído en tu embrujo, que había empezado a quererte y que en adelante nada podría evitar que lo hiciera. Así fue. Tanto que el único reproche que recuerdo haber tenido para ti era el de que cuando me llamabas para invitarnos a tu casa para pasar un rato con tu mujer y tus hijas, nos encontráramos que debíamos compartir la compañía con un montón de desconocidos. Porque te dabas con tanta generosidad que lo pasabas fatal si sentías que alguno te faltaba, y no eras capaz de ausentarte ni diez minutos a hacer algún recado de última hora, aunque sólo fuera ir a por hielo a la gasolinera, sin que hicieras dos amigos nuevos, a los que muchas veces traerías contigo.

La vida no fue fácil para ti. Tal vez porque te hizo pasar por momentos terribles, no dedicabas a referir lo malo más que un par de palabras, apenas una frase inconclusa, pero te detenías en aquello que por grato y feliz pensabas que merecía la pena; lo alargabas para contarlo con sus pormenores y adornarlo con tu risa, regalándonos aquellos buenos momentos con los que siempre te identificaremos. De esa particular sabiduría tuya, tengo en carne viva las últimas frases que compartimos. Te pregunté cómo te iba el trabajo y me respondiste que “como a todos, muy jodido y muy poquito”, pero te iluminaste para darme la noticia de que estabas entrenando a un equipo de fútbol. “Un equipito de chiquitines. Se equivocan mucho, pero le ponen más ganas que los profesionales de los equipos grandes. Todos quieren ser como Casillas”. Lo contaste tan orgulloso de ellos como el propio Vicente del Bosque debió estarlo de los suyos la noche en que la Roja ganó el mundial.

Nos has dejado. Al fin, el corazón grande que repartías a diestro y siniestro, que entregabas sin medir hasta al ser más infeliz que te encontraras al paso, te faltó para ti mismo. Y has desaparecido, de un zarpazo brutal, a un día de que llegara el invierno que será él más frío y largo de nuestras vidas; hemos quedado zozobrando en el vacío de tu ausencia, negándonos a aceptar que nunca más volvamos a estar contigo, deseando creer que algo nos permitirá llegar donde tu estás cuando tengamos que retirarnos. Allí estarás cuando nos llegue la hora: “Miguel Borja, ¡claro que sí!”, nos dirán cuando preguntemos, “No para la pata, pero no hay pérdida. Siga hasta el fondo y pregunte a cualquiera por él”. Te encontraremos en un campo de fútbol porque te habrás arreglado para entrenar un equipo de angelitos menudos, en el que ni uno solo se sentirá suplente, porque hasta al más torpe de ellos le habrás dado tanto cariño que se sentirá el más importante del equipo. Y a todos les habrás enseñado que se va al campo a divertirse, a pasar la tarde con los amigos, y que nunca se pierde un partido cuando se ha pasado un buen rato jugando.

De alguna manera que no puedo explicar, esta despedida final fue como todas las tuyas. Nos ahogabas con tu abrazo y luego dejabas la mano sobre nuestro hombro durante un rato muy largo, como diciendo que tu cariño no terminaba allí sino que se iba siempre con nosotros. Hasta podríamos jurar que por la manera de irte, sin decir adiós, nos has gastado la última de tus bromas. Al final, a tu manera y con tus mañas, vas a estar presente en todas las fiestas de nuestras vidas, porque nunca podremos dejar de recordarte, obligados a hacerlo como a ti te habría gustado, sin tristeza, como tú eras. Estoy seguro de que no te defraudaremos porque nos será fácil pensar que si alzamos la vista te veremos sonriéndonos desde la puerta.

Brindaremos por ti, querido hermano.

El largo camino para llegar a escribir

El largo camino para llegar a escribir

En ese apartado al que he llamado biografía muchos habrán echado en falta un currículo al uso, que en el caso de alguien con mi edad, convicto y confeso de no haber deseado nunca otra cosa que escribir, cabe esperarse un copioso catálogo de estudios, de títulos obtenidos y logros profesionales, una prolija referencia de publicaciones, triunfos y distinciones literarias que se le suponen de antemano a alguien relacionado con el hecho de la escritura. Nada de eso puedo presentar, lo que no me exime de la cortesía de decir algo sobre quién soy y cuál ha sido el camino que me ha traído hasta aquí. Como no me sería posible hacerlo de manera distinta que a la mía, responderé a esas preguntas con cierto sonrojo y sin esconder la verdad.

Digo que con sonrojo, porque una vez más en mi vida siento hallarme donde tal vez no debiera, vuelvo a sentirme un forastero en tierra hostil, un peregrino en viaje a ninguna parte, que es el escarmiento con que hemos de pagar quienes no hemos querido, o no hemos sabido encontrar, un guía que nos descubriera el camino. Y digo que sin esconder la verdad, puesto que cualquier intento de contar algo, sin haberme abierto en canal con antelación, sin haber dejado fluir el manantial de sangre con que parece ser que estoy condenado a escribir, todo cuanto dijera, a ustedes les sonaría a hueco y a mí a esfuerzo estéril y ocasión malograda.

Como confieso en esa biografía muy pronto tuve que desistir de la asistencia a las clases, pero añado que al estudio y la lectura nunca renuncié y no sólo por obstinación en no dejarme derrotar, ni por disciplina, que no siempre tuve, sino por simple apetito y curiosidad, que es la manera más entretenida y fecunda de aprender.

Nunca he sabido con certeza, ni creo que pueda saberlo en el futuro, cuál fue el momento preciso en que comencé a caminar por la senda que me ha traído, porque si es cierto que desde los primeros años, siendo un niño todavía, el deseo de seguirla era demasiado intenso, no existe en ella una indicación que señale el camino, al menos para mí no existió. Por el contrario, creo que la vida ha intentado mil veces arrastrarme por derroteros distintos. Es seguro que el primer paso en esta dirección lo di la mañana de maravillas en que me pregunté qué era lo que intentaba decirme el dibujo de un tebeo y comencé a leer, por primera vez en mi vida no porque me lo mandara un adulto sino por propia iniciativa, y se me reveló de pronto el Universo, infinito, inabarcable y maravilloso. Descubrí la razón poderosa de tantas horas y días entregados a tedio de la incesante repetición de los arcanos del alfabeto, con el prodigio de que fuesen reventando dentro de mí cabeza las ideas que me transmitía el dibujo de la viñeta, sin más esfuerzo que el de prestarle atención al hilván de sílabas y palabras. Desde aquel momento lo único que siempre necesité no fue más que un tebeo, un periódico o un libro con el que poder esconderme con sus misterios y mi soledad, para sentirme por unas horas a salvo de todas las inclemencias.

Cuando con quince años me pregunté por primera vez qué quería hacer de mi vida, no necesité pensarlo ni medio segundo para responderme que ser escritor. Dí un paso al confesarlo y terminé en el fondo del abismo, roto y maltrecho. Si en aquella época y en mi medio eran afortunados los contados de mi edad que tenían quien les enseñara un oficio, aun cuando las más de las veces hubiesen de pagar el privilegio con la penuria de los golpes y las humillaciones, el mío era un deseo descabellado, que en el más amable de los casos sólo provocó una sonrisa de conmiseración.

Después de aquel primer batacazo hice algunos trabajillos de redacción para estudiantes universitarios, incluso algunos artículos que debía refreir de otros sacados de libros y revistas que al final nunca cobré. Y muy en secreto, con idéntico sigilo que si cometiera un delito, escribí algunos cuentos y el comienzo de alguna novela que ardían tan pronto como me daba cuenta de que era basura lo que apenas unos días antes me había parecido estupendo.

¿Cuándo se hace un escritor? ¿Obteniendo un título universitario?, ¿debatiendo en tertulias?, ¿frecuentando el mundillo literario?, ¿colaborando en periódicos?, ¿sólo leyendo?, ¿escribiendo para los amigos? Nunca lo he sabido ni he hallado a quien supiera indicármelo de manera coherente. Ahora, sin embargo, estoy seguro de que existen tantas maneras para llegar a serlo como escritores puedan contarse, pero es también seguro que cada uno de ellos dio el primer paso el día que se le cruzó en el camino una historia que no lo dejaba dormir.

Presentación y bienvenida

Presentación y bienvenida

En realidad, esta presentación y bienvenida debería haber sido el primer artículo de la bitácora, porque es aquí donde explico las razones que me obligan a inaugurar este cuaderno de ruta, o cuaderno de bitácora —de ahí la palabra que empleo en lugar de blog, que muchos reverentes de lo anglófilo se han apresurado a sugerirme. Lo cierto es que no me apetecía meterme en esta obligación nueva. Sentarse a pensar en qué contar que no sean banalidades, y hacerlo después sin aburrir a la parroquia, exige disciplina, requiere tiempo y necesita que uno ponga el corazón en orden con aquello que quiere relatar, al menos ese es mi caso. Y la verdad, me quedan tantas historias reclamándome que les dedique tiempo frente al teclado, que dedicar unas horas preciosas a escribir de algo que tal vez no sea del interés de nadie, a estas alturas se me hace demasiado cuesta arriba. Pero como me he metido en eso de publicar una novela, a pesar de haberlo hecho en plan doméstico, sólo para evaluar sus posibilidades y sosegar a los que llevaban tiempo pidiéndome que lo hiciera, me siento obligado a mantener unas maneras, a guardar formalidad, a la compostura debida con los lectores. Y porque parece claro que en este tiempo de Internet y las redes sociales, algunos podrían llegar a considerar como un atropello a la urbanidad y las buenas costumbres, que alguien que escriba o quiera hacerlo no esté presente con una página donde se presente y cuente algunas de sus cosillas.

De manera que aquí estoy, en esta presentación mía, dándole la bienvenida a quien me honra con su visita, intentando explicar qué sentido pienso darle a estas páginas, pero sin esconder que lo hago obligado por las circunstancias, aunque contento de hacerlo. Obligado porque después de años de trabajo, de muchísimos avatares, de algunos sinsabores e incomprensiones, pero también de muchos momentos inolvidables, Ecos del silencio está en la mano, ha empezado a rodar por sí misma, y no me pertenece porque es ya de los lectores que la están haciendo suya. Y contento, porque el resultado ha sido mucho mejor del que yo esperaba. Tanto que creo sentirme en deuda con quienes me están buscando en Internet sin encontrarme. De ahí la necesidad de esta bitácora.

He abierto tres categorías: ‘Estampas’, ‘La lengua que hablamos’ y ‘Panorámica’, aunque es seguro que habrá otras. En ‘Estampas’ compartiré viñetas y recuerdos de nuestras islas y su paisanaje. En ‘La lengua que hablamos’ será el lugar en que intentaré apaciguar la obsesión que he arrastrado durante toda la vida, de igual manera que una pesada bola de hierro engrillada a mi tobillo. Allí, más que opinar, echaré pestes sobre la manera en que denigramos la lengua que heredamos de nuestros padres. Aunque no tengo conocimientos de Filología si he leído lo bastante para saber el tesoro que nos dejaron, del que disfrutamos sin ser conscientes de su grandeza; el oro que malbaratamos en las boberías del género y la génera, los todos y las todas, los chichis y los pichis, el lenguaje y la lenguaja, o que con tanta facilidad y tan escaso discernimiento entregamos a cambio de las lentejuelas y baratijas del idiomita de juguete de los ingleses.

En‘Panorámica’ meteré aquello que no tenga una cabida ni en un lugar ni en el otro. Sin embargo, estos no son más que intenciones, y el auténtico contenido será el que vaya surgiendo sin  haberlo previsto.

A los tres o cuatro a quienes apetezca algo de esto y quieran visitarme, espero no defraudarles.