Tal como éramos aquel mayo del 68

Tal como éramos aquel mayo del 68

En este repaso de artículos del año pasado, este tuvo su razón de ser porque el anterior, al que ahora he titulado ‘Delicia culinaria con poderes diuréticos’, provocó una sombra, como una zona triste y gris. Al recordarlo este año, esa zona de pesar, se ha repetido, lo que me ha hecho vigente esta segunda parte del artículo. «Tal como éramos aquel mayo del 68». Si el año pasado desaparecieron un par de los amigos de Facebook, este año lo que sucedió es que nadie, ni siquiera los más habituales, pusieron su habitual pulgarcito. ¿Casualidad?, no lo creo. Es decir que este artículo sigue vigente  y es tan pertinente hoy como lo fue el año pasado.

Todo porque la caricatura de un preservativo en la imagen parece haber confundido a algunos que imaginaron un contenido distinto del que tiene. Sin embargo, el que sí tiene, el de la pobreza intelectual en que vivíamos, ha vuelto a ponerse de relieve, justo por esa viñeta que cuento. Es posible que todavía hoy, nietos de nuestros abuelos, hijos de nuestros padres, criados a imagen y semejanza de ellos, sigamos siendo tal como éramos aquel mayo del 68.

Tal como éramos aquel mayo del 68

Tal como éramos aquel mayo del 68

Lo que sucedió al hombre del relato, que se ve sojuzgado por desconocidos y teniendo que explicar las circunstancias que su mujer y él comparten en la cama, vivía una escena demasiado común. Allí nos hacían creer que nos asistía el derecho de husmear bajo las faldas de cualquiera, que teníamos la potestad para escarnecer en la vía pública a quien fuese acusado de inmoralidad, a inmolar en la plaza a quien se apartara del camino de rectitud que los instalados en el poder concebían para lo demás, nunca para ellos. Aquella inmoralidad que fue sólo delito de pobres y de mujeres, alcanzaba sólo al ámbito de lo sexual. Delito sólo de pobres puesto que el rico podía ser pederasta, violador de criadas, pervertidor de menores o cualquier otro imaginable, sin que sus actos llegaran casi nunca a ser causa para la justicia. Como delitos de pobres eran también los delitos comunes, el pobre podía verse en la cárcel con la sola acusación sin prueba de haber robado un pan, en tanto que el rico podía robar, corromper y corromperse, prestar con usura, prevaricar, traficar, estafar. Tenía incluso la impunidad de matar a la esposa con la excusa de los celos, la sospecha del adulterio, o la falta de aquella moralidad que les era exigible sólo a ellas, porque en el caso de los varones ni siquiera se contemplaba como hecho punible.

Tenían todo el viento a favor, incluyendo el de la Historia, escrita a su conveniencia. Erradicaron de la faz del mundo, de su mundo con minúsculas, a todo aquel capaz de pensar que una sociedad más justa y mejor era posible y estaba a nuestro alcance, que nos faltaban escuelas y universidades, que teníamos demasiadas iglesias y demasiados conventos, que no necesitábamos tanto ejército para tan escaso y desinteresado enemigo, que jamas se ha vencido en una batalla sin haber creado el monstruo de un enemigo irreconciliable. Que cuando has impuesto a tu vecino la idea de patria que a ti te complace, él te excluirá de la que considera suya.

Fue hace mucho tiempo, sin embargo, aquí estoy esta tarde, sin terminar de creerme que una simple caricatura de un preservativo, hoy, después del Sida y del Zika, de la pastilla, de la ligadura de trompas y la vasectomía, del porno por Internet y del tele excremento, pueda indisponer a nadie. Una imagen como preámbulo de un relato que si algo tiene además de su comicidad, no es otra cosa ternura.

Tal vez sea eso, que aquellos nos cortaron tanto las alas, que nunca seremos más que tal como éramos aquel mayo del 68.

Delicia culinaria con poderes diuréticos

Delicia culinaria con poderes diuréticos

Esta delicia culinaria con poderes diuréticos, es una exquisitez pos veraniega o pre otoñal, según le pille. Muy recomendable por sus indiscutibles beneficios depurativos. Vamos, ¡que es para mearse!

Perezrevertes con dos huevos

Delicia culinaria con poderes diuréticos

Esto fue por el 68. El 68 del 68 francés. Aquel año en que las calles se nos quedaron desiertas porque para mayo todo el mundo estaba en París. Ese año en que unos estudiantes de la Sorbona, hartos de que les tocaran los timbales, montaran una tangana en el Barrio Latino, a lo que Monsieur le Président de la République, De Gaulle, también quiso decir lo suyo, sólo que como era muy alto se le oyó desde más lejos que no, que ce n’est pas possible, que no señor, que rien de rien, que hasta ahí podíamos llegar, y mandó al primer ministro, un tal George Pompadour, que ordenara a la policía tocar los timbales de los insumisos, pero esta vez no en sentido metafórico sino real, y que los llevaran al calabozo en una fourgonette Citroen H4, adaptada como batidora de cráneos de estudiantes exaltados. Claro, que los franceses no en balde fueron descubridores de las asépticas virtudes del afeitado a la guillotine sin brocha y el periódico baño de revolución, de manera que también se declaran hasta el gollete de tocamientos de timbales y montan una caraja de aquí te espero. Así que quinta república y ojo con los timbales, que volvemos a liarla parda. Creo que ya me habrán pillado lo del año ese de París.

Pues mientras ellos estaban con esas disipaciones tumultuarias, vivíamos aquí tiempos de ecuanimidad y templanza, como nos correspondía como reserva espiritual de occidente, faro de la cristiandad, luminaria moral en el piélago de podredumbre de la modernidad, con nuestro dictador todavía muy tiesito bajo el palio, con los párrocos firmando los certificados de buena conducta imprescindibles para dirigirse a cualquier instancia de la administración pública, previo pago de una póliza de veinticinco pesetas; con los obispos ideando nuevos sistemas de tarjetitas que se repartían en catequesis, misas, rosarios y novenas, mediante el que los maestros pudieran comprobar en la escuela si sus alumnos provenían o no de familias temerosas de dios y obedientes de los designios de la santa madre iglesia y, en consecuencia, merecían ser promovidos al siguiente curso.

Entonces me dice don Armando, te vas con este recibo a la botica de don tal y cual, que está en tal este sitio, esperas turno y le dices, cuando te toque, que has ido a cobrar el recibo de los periódicos, y esperas allí a que te pague el tiempo que haga falta. Cuenta bien lo que te dé, porque se suele equivocar. Así que yo le respondí que sí, don Armando, y allí me fui resuelto a esperar lo que hiciera falta para no regresar sin el recibo cobrado. Y me siento donde me dicen a esperar a que el boticario le entren las ganas de pagarme. Y entonces tengo la oportunidad de presenciar en primera fila esta que les cuento. Aquel día, con apenas doce años, no lo entendí, sin embargo, desde que me empapó la llovizna de la malicia éste recuerdo me ha regalado ratos épicos, algazaras inolvidables, incluso cuando el recuerdo me ha pillado sin nadie a quien contarlo. Abróchense los cinturones.

Verán. Apareció allí un tipo, digamos que se llamaba Polo. Venía el hombre sudoroso y tenso, con los colores encendidos, y fue dándole la vez a todos los que llegaban tras él. Hasta yo entendí que le quemaba tener que pedir lo que hubiera ido a buscar. Por fin a solas, cuando no queda ya ningún otro cliente, Polo, con la camisa sin rozarle el cuerpo, le tiende la mano temblorosa al ayudante boticario, un tipo largo y adusto, que coge el papel, lee, lo dobla con mucho cuidado, ajá, mirando con desdén al despavorido Polo. Ajá, vuelve a mirarlo, Por fin le dice espere aquí, se va al fondo y cuchichea con el dueño de la farmacia: «¡Condones!», le oigo decir. «¿Condones? ¡No!» «¡Sí, señor, sí, condones!», repite el mancebo boticario. Era la primera vez que yo oía la palabrita. Condones, nada bueno, pecado debe ser, pensé. Y el dueño de la botica, asoma la nariz, mira por encima de las gafas al desdichado Polo, hecho ya un amasijo palpitante en medio de la botica, que para remate del desastre había vuelto a llenarse de clientes, para más inri la mayoría señoras. Dentro de la habitación que yo veía desde donde me habían puesto a esperar, pero que Polo no ve, el boticario coge el teléfono, uno de aquellos negros y pesados de baquelita, gira el disco varias veces con un lápiz, taca taca tac, taca taca tac, habla con alguien y cuelga. Se acerca de nuevo, saca el hocico mirando por encima de las gafas, y le dice a Polo: «Espere a que llegue lo suyo.»

Aquí no tengo otro remedio que prevenir. Es mejor que vayan a orinar ahora que están a tiempo, por las dudas, porque lo que viene a continuación es de no parar hasta mañana. Como imaginarán el boticario había llamado a la policía municipal. Sí, señor, a la policía municipal.

A que es gracioso. Pues esperen a saber lo más gracioso: ¡vinieron! Ni cinco minutos tardaron en hacerse presentes, a bordo de un flamante Seat 850 recién salido de fábrica, del que se apearon dos guardias, que parecían salidos de una viñeta del TBO o el Pulgarcito. Lleva la voz cantante uno que se ha pasado por el forro las ordenanzas, las de uniformidad, las del código penal y las que hicieran falta, y luce una cazadora, «imitación de cuero, pero auténtico», dice él, sobre la que ha puesto el cinto con un revólver del calibre 38, con una culata con cachas de marfil, de esas culatas ridículas, muy chiquitas, porque es un revolver de sobaquera. Con decir que lo llamaban el chérif y a él le gustaba el mote, el sujeto quedará bien dibujado. Con un pulgar en el cinto, camina muy despacio, a lo John Waine en una película de Ford, hasta el rincón del fondo, donde Polo se ha ido acorralando solo. Da dos vueltas alrededor del infeliz que lo mira con los ojos fuera de las órbitas, pálido y sudando hielo. Los presentes no le quitan ojo, todos meten baza, quieren saber qué ha hecho, por qué ha ido la policía a buscarlo. Yo estoy allí, esperando a que me paguen el recibo de los periódicos, sin entender la naturaleza del delito, pero sintiendo lástima por el pobre Polo. El rumor crece. ¡Condones!, se cuchichea. ¡Condones! ¡Ave María purísima, condones!, se multiplica el rumor. Alguien que pasa por la calle oye el pequeño alboroto en el interior, se detiene a golifiar (olisquear, dicho por un canario) ¡Condones!, le informa alguien. ¡Condones!, ¡por dios, por dios, por dios!, ¡condones!, se oye por la vega lagunera. ¡Dónde iremos a parar!

Como la cosa ya se salía del sitio y alguna cliente de la botica daba instrucciones de cómo debía ser llevado el asunto, el chérif le dice a Polo, haga el favor de explicarse, empujándolo con aire paternal hacia la rebotica. «Que esto», dijo Polo, «no son cosas que yo haga por vicio. Que es que Josefa, la mujer, y yo, ya tenemos cinco hijos. Que Josefa se me preña con mirarla. La cosa es que el médico le ha dicho que eso ya se acabó, porque está muy gorda y se va a quedar en el sitio si vuelve preñarse. Pero es mujer de mucho fuego, que nunca se duerme hasta que le cumplo. ¿Qué puedo hacer yo, si esto hasta el cura me lo manda? Y fue por eso que don José Escribano, el médico, me ha hecho el papelito y me ha dicho que viniera sin miedo ni vergüenza. Ahora, que viendo como es la cosa, si hay que pedir perdón, pues se pide perdón, y uno se va por donde vino.»

Ah, bueno, tratándose de prescripción médica, estamos ante un caso evidente de colisión entre jurisdicciones institucionales. A ver cómo se arregla el estropicio. De tal manera que primero se descarta que Polo pudiera estar mintiendo a la autoridad, y se llama al doctor José Escribano, quien confirma el mandamiento médico. ¡Ah, bien! El asunto tiene carácter de verosimilitud; es razonable; en efecto parece existir fuerza de causa mayor. El boticario lo acepta a regañadientes, sólo que no lo puede cumplir, objeta, porque él no dispensaba producto alguno sin beneplácito de la autoridad eclesial pertinente. Y entonces la cosa queda más o menos así: los guardias se van a otra botica, y dejan a Polo allí, que no puede ni con su alma, sentado junto a mí, reponiéndose del disgusto. Mientras, el boticario rebusca por fin en un cajón el dinero del recibo que yo había ido a cobrar. Me lo entrega como si se lo robaran, pero faltan nueve pesetas que le reclamo, y que a regañadientes rebusca de nuevo. Llegan los guardias, ponen en la mano de Polo un paquete, y él se despide dando muchas veces las gracias, pidiendo muchas veces perdón y haciendo reverencias. Salimos juntos, él delante de mí. Éramos camaradas de trinchera. Los dos habíamos conseguido lo que fuimos a buscar pero a los dos nos había costado tiempo y humillación. Yo camino tras él y lo oigo refunfuñar. La mujer lo espera, en un banco de la trasera de la catedral, dándole la teta al más pequeño de los hijos. «Mira, Fefa», le dice Polo desencajado cuando se sienta a su lado, «a mí hacer este recado me ha dejado el cuerpo muy mal». Así que esta noche será mejor que no me busques, porque no te voy a poder cumplir.»

Igualitando el lenguaje

Igualitando el lenguaje

Cierto día, hace ya algún tiempo, tuve que visitar un departamento de la mujer en una de esas oficinas subvencionadas, en la que trabajan varias mujeres dedicadas a la ímproba y utilísima labor de obligar a escribir, en su organización, con el estilo agotador de los todos y las todas, las chorras y los chorros, la arroba impronunciable, el género, la génera, el leguaje y la lenguaja. Lo de «Igualitando el lenguaje», no es mío; lo saqué de un cartel que allí alguien había clavado con una chincheta en la pared. Incluso llegué a pensar que la solicitud de ayuda que me formularon pudo ser una encerrona, porque intuí dónde terminaría aquello en cuanto me comprometieron a dar mi opinión con un escrito que no terminaban de dejar bien redactado.

En dicho escrito se decía, más o menos, que alguien tenía pruebas para llevar a una ‘fiscala’, a otra mujer, a la sazón ‘presidenta’ de (…), por un encubrimiento de otra que se había apropiado de un dinero. Una chica muy mona, con quien, decían, la citada ‘presidenta‘ mantenía relación íntima y a quien había dado el puesto de conserje, y ascendido poco después al de contable, pese a que no tenía idea alguna de contabilidad. Claro que si ya de conserje era incompetente, figúrese de contable.

Después de un desganado intento, que sabía sería del todo infructuoso, de explicar que ni ‘presidenta’ ni ‘fiscala’, me miraron de medio lado, con ese gesto de desdén con el que ya sabes que debes amarrarte los machos porque te han colgado el cartelito de machista. Lo resolvieron ellas solitas. Al fin y al cabo, en aquel lugar lo único que hacen desde que llegan hasta que se van, es imaginar, sin fundamento alguno en estudios de filología o lingüística, cómo deberíamos hablar y escribir los demás.

Les quedó muy apañadito: si de presidente, ‘presidenta’ y de fiscal, ‘fiscala’, estaba claro que de conserje, ‘conserja‘. Entonces entró un rayo de luz cegadora, un fogonazo de clarividencia, un lirismo sexista que es seguro será tenido por las generaciones futuras como un instante de culminación en los anales de la moderna lingüística proto igualitaria. Atentos al hilo de la chorrada: de conserje, conserja, de contable, ‘contabla’, faltaría más, y de incompetente está claro que ‘incompetenta‘, y cómo no, ya puestos, de amable les quedó un idílico ‘amabla‘ con el que, pobre de mí, me entraron una ganas incontenibles de echarme a llorar.

¿Nos apostamos algo a que llegados a este punto habré perdido unas cuantas decenas de amigas de Facebook?

Reflejos de amor en una mirada ausente

Reflejos de amor en una mirada ausente

Arístides Mora fue el novio en la boda de la mujer a la que amaba, pero lo fue en representación de un desconocido. Era profesor universitario de matemáticas y a sus treinta y dos años estaba ya reputado por logros académicos sólo al alcance de mentes escogidas. Acostumbrado a observar los tránsitos del mundo desde su singular perspectiva, Arístides Mora creía que el amor es apenas la vaga ilusión con que la vida nos enreda el instinto, en su afán de perpetuarnos como especie. Pensaba que de no olvidar jamás esta elemental premisa era bueno para una tarde de aventura o unos días de solaz. Incluso aceptaba que el caso más grave de aquello que llamamos amor es un muelle eficaz para la convivencia, útil siempre que estuviese bajo control, nunca desatado y libre, alimentándose y creciendo al extremo de que un día pudiera hacer sufrir por su causa. Arístides Mora lo creyó hasta el minuto en que ella apareció en su vida.

Reflejos de amor en una mirada ausente

Reflejos de amor en una mirada ausente

Otro profesor, que tuvo algo con ella, lo comprometió para que la ayudara con algunas clases particulares. Ella acudió la primera vez con diez minutos de retraso y él esperaba dispuesto a reprenderla, pero al primer vistazo se le disipó la intención. Un poco excesiva, hermosa, femenina y espontánea, a sus veintiséis años vivía extraviada en el laberinto de sus propios impulsos. Tenía la inteligencia bien afilada para el logro de sus fines, pero era de un candor y un desacierto en la elección de los propósitos que inspiraba lástima. Con el enfado, que se le quedó sin causa en el primer minuto, a Arístides Mora se le esfumaron las simplezas sobre el amor y la vida, y se le desbarató la placidez de una soltería que gracias a su cristalina concepción de las cosas creía a salvo de tropiezos mundanos. Ya no vivió ni un minuto que de una forma u otra no estuviese dedicado a ella.

Comenzó dedicándole más tiempo del requerido para las clases particulares, extendió la ayuda a otras asignaturas, en sus paseos se adentraba por itinerarios donde presentía que podría encontrarla, por el efímero minuto del saludo. Muy pronto fue el anhelo de la hora de clases, la desolación con cualquier circunstancia que obligara a cancelarlas, la inquietud en el caso frecuente de que llegara con retraso, la desesperación de los fines de semana o las vacaciones en que se ausentaba de la ciudad durante varios días, transformada en felicidad con el retorno. Rugiendo de celos y dolor por las continuos devaneos de los que ella lo mantenía más informado de lo que él deseaba. Siempre en su papel de tutor y amigo, callado, inmóvil en la fingida lejanía, parapetado tras la falsa altivez que le daba apariencia de invulnerabilidad, consiguió que ella aprobara las dos asignaturas que daba por imposibles y que encaminara con holgura el siguiente curso, de cuya matrícula él sufragó una importante cantidad.

Dos episodios de extraordinaria fealdad convirtieron el trato de amistad en alianza indisoluble. Cenaba con conocidos de la facultad en una terraza, la vio por el paseo de la playa en disputa con un tipejo que la agarró del pelo y la abofeteó. Apenas la rozó con la punta de los dedos, pero Arístides Mora, a quien nadie le había oído pronunciar ni una palabra de más, se excusó, se fue hasta el otro y le propinó un puñetazo que lo dejó inconsciente sobre el embaldosado. Se saldó con un juicio de faltas, varios días de servicios sociales y unas órdenes de alejamiento. El peor episodio fue la tragedia de una operación de aborto, a la que él la acompañó y que pagó en dinero contante, sin hacerle una pregunta y sin separarse de ella los días que pasó maltrecha de las entrañas y del alma.

De modo que lo pilló desprevenido:

—¿Te casarías conmigo?

Por unos segundos Arístides Mora perdió el temple.

—¡Por supuesto! —balbuceó, deseando que tal cosa fuese posible.

—No de verdad, claro —precisó ella.

—¡Ah!, ¿no?

—No, tonto. ¿Te imaginas qué pareja haríamos? Te necesito como testigo. Voy a casarme por poder. Es una boda de papeleos, muy fea. Las amigas quieren celebrarlo, pero sin novio quedaría sin gracia. Si tú hicieras de testigo, sería muy bonito para mí.

—Claro que lo haré si me lo pides —dijo tras un silencio—. Pero no podré acompañarte a celebrarlo. Me sentiría fuera de lugar.

Acercó la silla junto a la de él, lo besó en la mejilla y recostó la cabeza sobre su hombro.

—¿Ves por qué te quiero tanto? Porque eres el único amigo de verdad que tengo. Si hubiera tenido algo contigo ya no seríamos amigos.  Los novios no me duran sino dos meses.

—No presumas. Cinco semanas es el máximo que he contado.

—¿Ves? Por eso me alegro de que no te hayas enamorado de mí. De que no hayas tenido esas intenciones.

Arístides Mora asintió, tomó aire y recobró el temple de granito de su papel de profesor de matemáticas inmune a banalidades, su aura diáfana de perito en imbecilidades sobre el amor.

Llegado el día, se cortó el pelo, vistió un traje y una corbata, acudió al juzgado, y aguardó ajeno al bullicio del nutrido grupo de los que la acompañaron. Mantuvo el tipo mientras el juez hablaba y él hacía de novio en representación de otro. Con la mente extraviada en el fondo infinito, se preguntó si la vida no hubiera sido mejor sin haberla conocido. Tenía la respuesta: aun de tan penosa manera el amor llenaba su vida. Habría preferido morir que dejar de amarla, incluso el día en que se casaba con otro.

Con la vista extraviada en sus pensamientos, esperaba a que ella terminara de firmar los papeles. La secretaria del juzgado que asistía al juez lo observaba. Había visto de todo en las bodas civiles, excepto tantos reflejos de amor en una mirada ausente.

Cuento con moraleja sobre el agradecimiento

Cuento con moraleja

Cuento con moraleja

Casa en Vilaflor (no es el pueblo del relato Cuento con moraleja)

Nunca me agradó demasiado el cuento con moraleja, al menos en aquel caso en que la moraleja era demasiado obvia, pero no quiero evitar escribir sobre este, dado que guarda para mi un recuerdo entrañable. El hombre que me lo relató se llamaba Domingo y fue el mejor compañero de trabajo que he tenido, no sólo en aquel que compartimos, sino de cuantas ocupaciones y compañeros he tenido durante toda mi vida. Era mucho mayor que yo, estaba a punto de jubilarse y yo apenas echaba a caminar, de modo que el consejo era para él fácil dármelo y para mí  recibirlo. Siempre estuve atento a los suyos y cuanto más me acerco a la edad que él tenía por entonces, más seguro estoy de lo prudentes y acertados que fueron. De dos me insistía casi a diario: uno, que el hombre que no consigue una buena compañera nunca llega a ser sino una mitad de hombre; y dos, que es obligado ser buena persona, pero hay que poner mucho esmero en la observación, afinar mucho el oído y tener bien entrenado el olfato para apercibirse pronto de las señas que identifican al aprovechado. La última vez que lo vi nos despedimos con un abrazo, y ya desde lejos me lo recordó por última vez: «Ten presente el cuento que te hice de los dos hermanos», me dijo, «que a ti te hará mucha falta lo que ese cuento enseña».  Me lo había contado como cierto y nunca he puesto en duda que lo fuera:

Tuvo que ser por la década de los 50 o 60, no más. Dos hermanos con diferencia de diez o doce años de edad uno del otro, según me situaba la historia el amigo Domingo. Gente del pueblo, trabajadores y pobres como casi todos en aquellos años. El mayor conducía un pequeño tractor y el más joven, acudía como peón donde le pedían. Al mayor lo definía adusto, indolente y más bien bruto; del menor dijo que era cauteloso en la forma, de temple muy firme, trabajador y un tanto solitario. «Con decirte que llevaba siempre una novela en el bolsillo y que prefería sentarse a leer donde nadie lo molestara, ya te haces idea de la clase de muchacho que era».

El mayor se echó de novia a una chica del pueblo cuya familia apenas se saludaba con los vecinos, a los que tenían por menos. Cerca de la casa donde vivían, los padres cedieron un terreno para que la hija pudiera levantar la suya cuando hubiese fecha de la boda. Y allí empezó el hermano menor a echar horas de trabajo, para ayudar al mayor, los días en que no lo llamaban de otro lado. De tanto ir y venir, había aprendido de todo un poco, y empezó cavando cimientos, siguió amarrando hierros para el encofrado y apuntalando pilares y vigas. Mientras el otro, beneficiario de la obra, se ausentaba con los pretextos más artificiosos, el pequeño levantó paredes y tabiques bloque a bloque, se deslomó con el yeso enluciendo paredes y techos, trabajó como las mulas subiendo sobre sus espaldas bloques, sacos de cemento, baldosas y materiales a la segunda planta. Hizo el embaldosado y la azulejería de toda la vivienda y aun trabajó para abaratar el precio del fontanero y del carpintero, haciendo de ayudante de ellos. Y todo lo hizo de balde, sin recibir un céntimo del hermano ni para la comida. La noche de la boda estuvo presente, pero alejado del resto de los invitados, provenientes todos del lado de la novia. De pie en la última fila en la ceremonia de la iglesia y casi escondido en el banquete, sentado solo y aparte en una pequeña mesa, en la cocina de la casa que él había levantado con sus manos, y en la que nunca más volvería a poner el pie porque nunca fue invitado a hacerlo, ni por la cuñada, que apenas lo miraba alelada sin decirle ni buenas, ni lo que más le dolía, tampoco por el hermano.

Tenían un tío en Venezuela o Méjico, nunca me quedó claro, con el que el pequeño se carteaba. El hombre le pedía por último que fuese a verlo porque sentía que la vida se le iba. Sin un trabajo decente y sin porvenir a la vista, decidió emprender el viaje, y le pidió al hermano mil pesetas que llevar en el bolsillo para los contratiempos del viaje. El mayor, que había interpuesto a la decisión toda clase de trucos y coacciones, se despachó:
—Que lo que yo te digo es en beneficio tuyo. Porque donde tú te quieres ir allí no pintas nada. Te lo digo y lo repito por tu bien, porque a mí, que te vayas lejos, me beneficia mucho. Así dejo de tirar de ti, que me he pasado la vida venga a arrastrar y arrastrar del hermano. Ahora, que las mil pesetas no te las doy. ¿No quieres irte?, pues que el viento te lleve lejos.

A pesar de que tenía motivos suficientes para no hablarle al hermano, escribió los primeros años contándole sobre la salud del tío y para decirle lo fácil que era ganarse la vida en aquella nueva tierra. Al cabo de los años regresó con una fortuna y las cenizas del tío en una urna que depositó en un nicho del cementerio. Y no fue hasta que se mostraron signos de que su estancia en América había resultado más provechosa de lo que él contaba, cuando el hermano mayor comenzó a rondarlo en círculos. Incluso la cuñada, la que nunca quiso dirigirle la palabra ni para saludarlo, hablaba cosas magníficas de él con la gente del pueblo, como preámbulo de un plan concebido de antemano, cuyo fin era fácil imaginar.

—Mira, hermano, que echando bien las cuentas, ahora que la suerte te ha dado tanta ventaja, me figuro que no tendrás reparo en favorecer al que tanto cuidó de ti cuando eras chico. Pues te digo, que el patrón dueño de los camiones que me da trabajo, se retira. Está vendiendo dos camiones por poca cantidad. El que conoce el trabajo soy yo, así que he pensado en comprarle los camiones y hacerme dueño del negocio. Claro que hay que pagarle lo que pide y estuve haciendo números con el del banco. Que dice que si tú me firmas, él me pone tres millones de pesetas en la mano para cerrar el negocio. Conociéndote, ya le dije que contara con eso, que de ninguna manera cabe pensar que tú no compartas con tu hermano una poquita de la suerte que la vida te ha regalado. Que es de bien nacidos el ser agradecidos.

—Claro que sí— respondió el otro—. Por supuesto que al hermano hay que ayudarlo siempre, si es que uno ha respetado a su madre. A fin y al cabo es dinero. Y tres millones no me harán ni tantito menos rico, escucha lo que digo. Lo que pasa es que al hermano es mejor ayudarlo mirando más a lo que necesita y menos a lo que pide, porque cuando el hermano no tiene cabeza es mejor pararlo antes de que haga los disparates. Pero no es esa la cosa. La cosa es que uno debe tener motivo hasta para rascarse un picor. Y la verdad es que yo contigo no tengo motivo que me anime. Te acordarás de cuando te pusiste de novio y empezaste a levantar la casa que ahora tienes, que al final tuve que ser yo el que la levantó porque a ti todas las tardes te salía una ocupación. Tuve que ser yo el que se cargó sobre estos hombros cubos y cubos de la arena y cemento, bloques, pisos, tejas y todo lo que hizo falta, durante meses en los que no me traías sino pan con aceite, y a veces, que no siempre, un poco de panceta. De no ser por el poquito de gofio que yo mismo llevaba ni el hambre se me habría aliviado, y tú tan contento viendo caminar la obra. Esa suerte, como tú la llamas, esa que dices que me cayó del cielo, no fue sino el provecho que le saqué a los cuatro o cinco oficios que tuve que aprender y las penurias que tuve que pasar durante los más de dos años que trabajé como un animal para que tú pudieras tener techo y casarte. Y ahora vienes a restregarme no sé qué de los agradecimientos. Tú, que cuando yo te lo di todo hecho me escondiste el día de tu boda, para que no se afrentara de verme la familia de esa mujer tuya que nunca ha sido capaz de decirme ni palabra, y que no te digo que se parece a una mula por respeto a las mulas. Tú que no fuiste a despedirme al barco y que de las mil pesetas que te pedí me diste cien y de limosna, ¿vienes a hablar de agradecimiento? De eso puedo hablar yo , hermano. Porque si los descalabros, los sacrificios, el hambre y las penurias que me costó que tuvieras esa casa, ni siquiera los  viste, ¿quieres decirme en qué me agradecerías que firme en un papel, o que te dé tres millones que ni me cuestan nada ni nada me importan? Nada agradecerías porque cada quien hace lo que sabe hacer, y tú mucho sabes de sacar provecho del que nada tiene, pero nada sabes de haber hecho nada por nadie.

Según Domingo concluyó el cuento, parece que el pequeño compró los camiones para que el mayor no perdiera el empleo, pero trabajando para él. Sí que me hizo falta en la vida recordar al amigo Domingo y sus cuentos. En especial este. Muchas veces he visto desde entonces, incluso en personas que se consideran agradecidas, que se valora el favor más por el beneficio que se haya obtenido que por lo que haya tenido que sacrificar quien lo ha hecho.

Cuerno de cabra, el viejo cine de Arte y Ensayo

Cuerno de cabra

El viejo cine de Arte y Ensayo

Echando un vistazo a esta colección de películas de las que he contado mis sensaciones personales, he caído en la cuenta de que es posible que pocas de ellas serían citadas por un historiador o erudito del cine.  No es demérito alguno, pero demuestra que nunca he sido más que un simple espectador sin otra ambición que la de abstraerme durante un rato de la realidad, de manera que sólo he visto el cine que podía ver y cuando podía hacerlo.

Ahora bien, confieso que pasé por momentos de ensoñación. Seguro que vivir en una ciudad universitaria termina por obrar cierto influjo en los viandantes, quiero decir que uno intenta parecerse a lo que ve, y una vez me entró la  jiribilla de querer profundizar en esto del cine. No fue sólo en lo del cine y la causa fue tal vez ingenua pero no inocente, nadie lo vaya a creer. No fue que de pronto me entró algo como un ardor de lucidez y me vi impelido a conocer de política, de filosofía y humanidades, de arte en general y de cine en particular por una necesidad espiritual. Se trataba de un asunto más vulgar, verán. Era la época de la dictablanda, cuando mirabas a una chica dos veces y te obligaban a casarte con ella.  Yo tendría 17 años y quería empezar a ponerme presentable, para cuando se terciara la improbable cosa. Y observando al personal los únicos que parecían echar un casquete, y eso de tarde en tarde, eran los que sabían sacarle el jugo a la pose intelectual. De modo que tras un detenido vistazo al paisaje, elegí hacer la observación detenida, libreta de campo en la mano, de dos o tres ejemplares que me parecieron muy destacados en aquel arte de sisar migajas de amor. No aburriré con detalles nimios, sobra con el trazo grueso. Había que dar la impresión de que se era del PC, sigla que hoy es necesario recordar se refería al Partido Comunista todavía ilegal, no al ordenador personal. Por fuerza tenía que ser del PC, porque lo de ácrata apenas valía para un polvillo sin ventura, y lo de Comisiones Obreras o la CNT tenía como un aire demasiado tieso y esforzado, una apariencia opaca, algo así como falta de lustre amatorio. Cumplido este objetivo, era obligado aprender a mirar al personal en sesgo picado, de arriba hacia abajo. Sí, sí; justo; como ese de la tele que están adivinando. Y como él, este de la tele al que me refiero, no hay que pronunciar palabra alguna, no sea que se diga algo, que seguro será una idiotez, y se vaya al cuerno la pose de tipo interesante. Por último, había que ser asiduo en el cine de Arte y Ensayo. No de cualquier manera, tenía que notarse. La asistencia a la sala había de ser ejecutada casi con pavoneo, donde todo el mundo lo viera, y con idéntico rigor y ceremonia de los feligreses en la misa del Viernes de Pasión. Está claro que era inexcusable tenerse aprendida de carrerilla una profunda reflexión sobre la naturaleza froidiana de aquellas secuencias interminables en las que nada pasaba y nada se decía, pero en las que el director nos desafiaba, pobres mortales, a adentrarnos por intrincados laberintos sensoriales hasta los habitáculos insondables de su compleja psiquis. Por suerte, bastaba con aprenderse uno que fuese aplicable a todas las películas y directores; aguzando el oído, enseguida se conseguía tener apuntes para un par de magníficas gilipolleces.

De manera que allí caí. Tuvieron que ser meses de otoño e invierno. El invierno de mi descontento, porque fue un fracaso épico. En el intento de lograr que me saliera la pose de tipo interesante, no tengo idea de cuantos de aquellos plomos me tragué en las tediosas tardes en que salía de la sala con los músculos tumefactos de tanto aguantar las ganas de salir corriendo y de tanto poner expresión de que estaba entendiendo algo. Para colmo, lo de aparentar ser del PC no me salía. Para alguien como yo, que me paraba a hablar con las farolas,  lo de mirar al sesgo de arriba abajo sin decir palabra tampoco conseguiría dominarlo nunca. Así que abandoné, seguro ya de que el cine de Arte y Ensayo me estaba cambiando, pero ni de coña me estaba poniendo cara de tipo interesante sino de tipo muerto de aburrimiento.

Salí tan escaldado de la aventura que incluso el director Ingmar Bergman, murió para mí tras el primer muermo de fastuosos decorados, magníficos encuadres y tomas bellísimas, en el que me vi atrapado en una sala. De él me conformaba con ver los carteles publicitarios con fotogramas de sus películas, nunca la propia película. Hasta mi icónico Woody Allen padeció mi desdén cuando años más tarde me la jugó bien jugada con una cosa nefasta que llevaba por título ‘Interiores’. ¡Su madre!, me dije, y no volví a ver una película suya hasta Zelig. Y fue porque me la recomendaron.

El que me haya hecho el favor de llegar hasta aquí seguro que ya está mentando a la mía porque como en el buen Arte y Ensayo, llegabas hasta la última escena esperando que pasara algo, que te contarán algo o que  vieses alguna luz. Y la única luz de aquellos tostones era la palabra fin traducida de algún idioma remoto. Tranquilos, no cometeré semejante desafuero. Hablaré, por fín y al fin, de Las cabras los cuernos y el cine de Arte y Ensayo: ¡Cuerno de cabra! Una terrible historia con sabrosa venganza. Está claro que no me aburrió porque sigo recordándola cuando han pasado cuatro décadas.

Cuerno de cabra, porque no debo terminar sin la recomendación de una buena película. Primera condición de que sea buena: que entretenga.

Cuerno de cabra

Cuerno de cabra y el cine de Arte y Ensayo

Cuerno de cabra

Método del milagro, usos y costumbres

Método del milagro, usos y costumbres

Se presentaron Avelina y Elpidio, los llamaremos así, a visitar una propiedad que los padres de ella les cedían para que pudieran levantar una casita y casarse. En los días siguientes Elpidio se puso a la faena, siguiendo letra por letra el reglamento de rigor para quien quisiera pasar a la mejor vida del matrimonio y hubiera llegado al acuerdo con la parte contraria. El noviazgo debía durar más o menos siete años y ser mantenido con público conocimiento, para que fuese bien visto por la concurrencia, según la antigua norma que tenía bien pensado y distribuido el reparto de papeles entre hombre y mujer. La norma preferida y más aconsejada era que él levantara, a ser posible con sus manos, una casita donde llevar a la mujer, en algún pedazo de tierra proveniente, según tradición, de herencia o donación familiar. De manera que mientras Elpidio se dejaba el lomo en levantar las cuatro paredes, ayudado de padre, hermanos y parientes, Avelina cosía y atesoraba el ajuar.

El método del milagro

El método del milagro

Durante meses estuvo Elpidio haciendo los cimientos, metro a metro, porque el revuelto lo llevaba con una carretilla y las tardes no daban para mucho. A continuación tocó cavar un pozo, a pico y pala, sacando cestos de piedras y tierra con la sola ayuda de una carrucha. Le llevó más de un año de esfuerzo y desesperación, porque no existía modo de saber si habría éxito en el empeño, ni a cuánta profundidad lo hallaría. Una tarde los gritos convocaron a la vecindad en el camino. «¡El volcán!, ¡el volcán! !Elpidio ha encontrado volcán¡». El volcán era el medio de evacuación de las aguas fecales en las construcciones rurales y seguro que en gran parte de las urbanas. Como el subsuelo canario está repleto de cavidades volcánicas, se horada hasta hallar una oquedad, se eleva una plegaria a la providencia para que no se trate de un fiasco y drene las aguas negras sin colapso, con una sentida disculpa a la capa freática. «¿Qué es la capa freática?», parece que alguien preguntó y otro que andaba cerca se paró un instante, carraspeó para aclararse la voz, se humedeció los labios, afiló la mirada y respondió con aire de suficiencia: «¡Cosas de gente fina!»

Un año después, Avelina con su madre y sus hermanas, pasaron revista a los dos cuartitos, la cocina, el  cuarto de baño y la huerta. Aquella misma noche, en la casa de los padres fijaron fecha para la boda. Celebraron una ceremonia sencilla, tan humilde que los invitados al banquete debían contribuir a él con lo que podían, pero que se recordaría como una de las mejores. Y comenzó el matrimonio. Elpidio había sido trabajador y ahorrativo. Puntual en las visitas de noviazgo de los jueves y los domingos, respetuoso y servicial con los futuros suegros, cordial con los futuros cuñados y tierno con Avelina. Y lo fue durante los primeros meses, hasta la tarde en que prefirió quedarse en la cantina jugando al envido, y dejó a Avelina vestida con la ropa de los domingos, esperando durante horas, para la visita que habían acordado, en la que anunciarían a los padres de ella que estaba embarazada. La reprimenda a Elpidio fue de las buenas, pero allí decidió que ya no quedaba pastel de boda y aclaró quién mandaba en el aquel negocio, por el procedimiento de las bofetadas, el método del milagro, que tanto le habían aconsejado como medio más eficaz de mantener la paz conyugal.

Creyó que aquello funcionaba y siguió atento a ese camino. Regresaba del trabajo, se aseaba y miraba a la enfurruñada mujer. «Cuando quites la cara de mula a lo mejor me entran las ganas de estarme más rato contigo», le decía antes de salir. No volvía sino horas después a veces pasada la medianoche. Y creyó que aquello funcionaba tanto que parecía un milagro. Entonces el comportamiento de Avelina sufrió una brusca transformación. Esperaba a Elpidio con la mejor comida y la disposición de una esposa tan complaciente como no lo había sido ni en los días anteriores a la noche de la tormenta. Se le fueron disolviendo los pequeños aunque notorios moratones, mientras Elpidio, ya ferviente adepto del método, subía el tono y bajaba la guardia. Un mediodía la encontró vestida como de fiesta, para agasajarlo con el almuerzo más espléndido que él recordaba y en ese momento estuvo seguro de que el método funcionaba mejor que un milagro. Nunca pudo explicarse cómo despertó en un coche, enloquecido de dolor, con una toalla alrededor de la cabeza y camino del hospital. Lo devolvieron vivo, y eso sí que fue de milagro, con un vendaje, unos analgésicos, la orden de guardar reposo y tan atarantado que daba cosa verlo. Es que el método del milagro no tiene lados buenos, se desparrama y no hay manera de recoger el destrozo.

—Asustadita fui a llevarlo al hospital —le contaba Avelina a mi madre—. Mira que si se me muere. Pues no sé si fue que entró en razón y volvió a ser como antes de la boda o que lo dejé descompuesto, sin arreglo y tonto de por vida, pero nunca se le ha ocurrido volver a levantarme una mano. Ni ha vuelto a tener gusto para jugar a las cartas, ni para estar mucho fuera de casa. Y de trato se me quedó tan amoroso que hemos tenido un matrimonio que da gusto contarlo.

Y es que del método del milagro Elpidio descubrió que es del todo desaconsejable, porque tiene dos asas, una por cada  lado. Esa condición a la que el término amoroso se refiere, según el diccionario de la RAE, la de ser fácil de trato, suave, templado y apacible, hay quien la ha ganado de un sartenazo. Como Avelina no tenía amparo, ni de la ley, ni de la costumbre ni del uso, tuvo que remediarse con una sartén. De las de antes, de aquellas buenas de hierro.

Dos cenutrios gandules y una señora

Dos cenutrios gandules y una señora

Es una calle con dos filas de casas adosadas en un barrio tranquilo, de gente de clase media tirando a trabajadora. Los estacionamientos que a primeras horas de  la mañana han quedado vacíos, se van poblando desde el medio día  y al atardecer se hace imposible hallar un hueco donde dejar un vehículo. O sea, gente de lo más normal que se levanta para ir a trabajar y llevar a los críos al cole. Como usted y como yo, tipos que sólo viven para sus familias y sus obligaciones y que rara vez se dejan arrastrar a un desencuentro que los aparte de la rutina de sus vidas, aunque sea aburrido. Pero entonces irrumpieron dos cenutrios gandules y una señora. Y la cosa se animó mucho.

Dos cenutrios gandules y una señora

Dos cenutrios gandules y una señora

Fue hace unos años, cuando llegó esa familia con cuatro trastos y sus modales de arrabal, y puso patas arriba el pacífico encanto de aquel tramo de calle. Dos hombres y una mujer. Uno el marido, otro el hermano, que ella sufre haciendo de muelle entre los dos. No debe ser fácil vivir constreñida entre dos cuñados en el peor sentido, que ni siquiera se entienden bien. Que se aguanten sin reventar, sólo se comprende cuando se sabe que los dos están en desempleo y viven a expensas de la mujer. Se pasan la vida juntos, pero sin hablarse, uno a un lado, el otro en el extremo más alejado, fumando en la puerta de la casa y en constante peregrinaje de la casa al bar de la esquina, donde pasan gran parte del día, el marido pegado como una lapa a la copa de anisete y el otro amarrado a un botellín de cerveza del que bebe a gollete.

Ambos dan para hacer unos cuantos de estos retratos de desternillarse, pero el que se sale de marco en nuestra tienda de los horrores es el marido de la mujer. Mal encarado, de feos modales, sucio y greñudo, va siempre en chanclas y camiseta de asillas. Eso viene a ser los días que los vecinos están de mejor suerte, cuando hace más bien fresco, porque en cuanto la temperatura sube un par de grados suele alegrarles la vista, en el vaivén incesante de de la casa al bar, desnudo de medio para arriba mostrando sus hombros estrechos y la barriga blancuzca, desmesurada y redonda como la rueda de un camión. Y aunque cueste creerlo, esta es su parte más decorosa en el uso indumentario, porque en cuanto sube otro grado la temperatura, de medio para abajo va siempre en pantalón corto, o en bañador, pero como no tiene capacidad para distinguir una prenda de otra, hay días de singular embeleso en que abandona los remilgos de gente fina y transita la calle en calzoncillos.

Sin embargo, cuidado, que es un tipo muy creativo; en eso no se conoce quien pueda hacerle sombra. Cuando debe salir con la destartalada y sucia Kangoo, de la cual habrán adivinado que carece de seguro y de ITV pasadas, intenta refrescarla dejando un ventilador a pleno funcionamiento en el interior, durante media hora, con un cable que saca por un ventanuco de la vivienda y mete por la ranura de un cristal de la furgoneta, mientras discute a viva voz con el cuñado, que intenta convencerlo de la inutilidad del método. Nada más instalarse en la casa, se reservó el uso exclusivo del estacionamiento frente a la puerta. ¿Que cómo se hace? pues sí, lo han adivinado: en plan bestia con dos cojones. Marcó con tiza la pared con la matrícula de la furgoneta, bajo lo que quisieron ser dos palabras disuasorias: «ba2 priba2». Así de fácil, ya está, ‘vado privado’. Aquí mando yo, me otorgo esta ley, la hago cumplir aporreando a quien tenga la mala ocurrencia de discutirla, y a ver quién me rectifica. Como aquello le funcionó durante dos o tres días, quiso ampliar tan eficaz sistema de reserva del dominio por las bravas, para que el vehículo de su hija no encontrara dificultad cuando ella viniera a visitarlos. Otra vez tiza, número de matrícula y «ba2 priba2», sólo que esta vez agotó la paciencia de los vecinos y la policía se personó para desmontarle el tinglado.

Pero el tipo es incansable. No para. Un día se le ocurrió que tanta calle sin uso era un desperdicio y estableció una promisoria actividad de reparaciones de chapa y pintura en la vía pública. Dicho y hecho. ¿Que cómo se hace? Sí, también lo han adivinado: otra vez a lo bestia con dos cojones. En alguna parte se hizo con un equipo de soldadura, un compresor y unas herramientas de mano, y un lunes demarcó, con una cinta de esas de películas, diez metros del estacionamiento frente a la casa, y se puso a soldar y a lijar en la calle. Y ya tenía otros dos coches apalabrados aguardando su turno. Por los pelos llegó la policía a tiempo de evitar que diera la primera mano de pintura al guardabarros que reparaba. Tuvo que obedecer porque no le dieron opción, pero dejó una sentencia para los anales del libre mercado. «Cómo va a prosperar España si nos quitan la intención a los emprendedores».

A Lucanor, un viudo jubilado que vive enfrente y que nunca dice nada porque ya viene de vuelta de todo, es a quien le azota esta inclemencia de insensatez con mayor fuerza. Tiene problemas de espalda, y suele pasar buena parte del día leyendo, con el libro apoyado en una mesita muy alta a modo te taburete, junto a una ventana. Desde la calle se ve apenas el bulto, lo justo para que alguien que no haya cogido un libro en su vida, caso más común, piense que dedica el día a vigilar a los vecinos, porque de ninguna manera podría pensar que alguien se pase leyendo tantas horas.

Lucanor siempre ha sentido pena de la mujer. Por nada, ya no está en edad, pero ha sido un buen hombre todos los días de su vida. Ella sale a las seis de la mañana, bostezando con la mano en la boca, y se va a trabajar de limpiadora en un centro comercial, durante ocho horas agotadoras. De allí sale a las tres de la tarde para irse a una casa de la vecindad, donde hace las tareas domésticas durante otras tres horas. Y regresa a su casa pasadas las seis de la tarde, agotada. Nadie la recibe porque su marido y su hermano estarán sentados en esquinas contrarias del bar, sin hablarse, pegados a la copa de anisete y el botellín de cerveza, esperando a que ella termine de prepararles la cena. Como el marido suele llegar con media marimonda de anisete, si es que no la ha pillado entera, Lucanor lo oirá gritarle a la mujer si la comida se ha retrasado o no es la que él pensaba.

Como su marido y su hermano, ella piensa que Lucanor los odia. Nos es verdad. Odia sin disimulo al cenutrio del marido y al calzonazos del hermano, pero a ella la respeta y hasta le gustaría que la pensión le alcanzara para ayudarla a conseguir la única cosa que un día le oyó decir que deseaba en la vida. Ese único anhelo lo llegó a saber Lucanor por casualidad, en una ocasión en que comprobaba el nivel de aceite del coche y la oyó charlando con una vecina. «Pues no se vaya a creer que soy tan seria como usted dice. Que yo, de más joven y hasta no hace mucho, no paraba de reír. Era guapa, ¿sabe usted? Y me lo decían. Pero ya no. Lo que pasa es que he perdido los dientes. Y ya no me río, para que no se me vea la boca. Por eso es que no me río. Cuando no tengo más remedio, suelto lo que tenga en la mano y me tapo para reír. Pero me he acostumbrado a estar seria. Así no me paso el día con la mano en la boca. Yo no quisiera otra cosa que me tocara una lotería, aunque sea chiquita, para ir a que me arreglaran mis dientes. Ahora te los ponen que parecen propios porque dicen que te los clavan en el  hueso. De esos quisiera, si me tocara la lotería. Nada más si me tocara podría ser. Porque eso es tan caro que ni esperando por un milagro tengo esperanzas».

A Lucanor la pensión apenas le alcanza para lo indispensable, pero desde el día en que la oyó tiene su misma  ilusión. También la de que le toque esa lotería, para salir corriendo a pagarle el arreglo de la boca a la pobre mujer. La ve salir cada día de madrugada para ir al trabajo, regresar cansada, arrastrándose ya de noche. Trabajando como una burrita de sol a sol, un día tras otro de su vida. Los sábados y domingos tampoco para, y mientras cumple con las tareas de su casa a la que nadie la ayuda, sueña con una lotería, aunque sea chiquita, que le permita operarse la boca.

Mientras, los dos zánganos que alimenta están entregándole a otro zángano de mala índole, el que regenta el bar, el dinero que le hayan sacado a ella. Con la mitad de lo que pagan en anisete y cerveza, en menos de un año podría cumplir su sueño la pobre mujer. ¡Cómo no los va a odiar Lucanor! Bebiendo sin parar desde la mañana a la noche, esperando a que ella llegue para hacerles la comida. Y cuando llega aún le queda la casa. Y el marido le grita. Y ya nadie le dice que es guapa, ni siquiera que un día lo fue. Y ella ya no se ríe. Cree que lo que le pasa es que ha perdido la capacidad para reírse porque se aburrió de taparse la boca. La pobre.

 

Los hombres de la novena

Los hombres de la novena

Los hombres de la novena

Los hombres de la novena

Más que de la compañía me hablaron de los hombres de la novena, con devoción, como seres míticos para alguien que había visto su patria sometida por las divisiones panzer alemanas.

A punto de cumplir 17 años comencé a trabajar en una distribuidora comercial de productos italianos, donde conocí a Paul, un escritor francés que había luchado durante la Segunda Guerra Mundial con los milicianos españoles que organizaron la resistencia francesa. Él fue quien me hizo el relato de los hombres de la novena compañía, la que cruzó los primeros disparos en los alrededores de Paris y cuyos integrantes fueron los primeros en entrar en la ciudad, aclamados por la población como libertadores. A este hombre, Paul,  no recuerdo su apellido, lo asedié durante los meses que duró su corta estancia en Tenerife, para que me contara historias de aquella guerra. Me contó muchas, que por desgracia ya no recuerdo. Sin embargo, lo que nunca he olvidado fue la insistencia con que me contaba que los primeros en hacer frente a las tropas alemanas, cuando ya habían roto las defensas y ocupaban las ciudades y los pueblos, fueron los españoles, excombatientes de nuestra desgraciada guerra civil del 36, huidos a Francia cuando Franco ganó. Paul había oído hablar de los guerrilleros que asestaban duros golpes a las tropas alemanas de ocupación, escapó, siendo casi un niño, y los buscó para unirse a ellos.

Paul sentía devoción por los viejos camaradas que contribuyeron a liberar su país. Francia, me insistía, está en deuda con ellos y lo estará siempre. Nunca les reconocerán el sacrificio, así que no olvides decirlo siempre que puedas. Y si algún día llegas a ser escritor, dilo también en lo que escribas, para que Francia, España y Europa no olviden nunca a esos hombres.

Hoy, 25 de agosto, es el día en que hubiera podido decirle a Paul, cualquiera que fuese su apellido, que cumplí la promesa que, más que a él, me hice a mí mismo. Porque la causa de que en Los amores perdidos haga yo mención a ese hecho histórico, fue en recuerdo de lo que él me contó y como pequeñísimo homenaje a aquellos hombres que antepusieron la libertad a sus vidas. Las que en muchos casos, quedaron en la contienda.

Documental completo sobre la novena compañía

 

 

El caso de la perrita Vela

El caso de la perrita Vela (I)

El verano, un momento inmejorable para recordarlo

Se acerca el verano, llegan los festejos populares y ya tenemos de vuelta a los bárbaros con sus tradiciones de tortura y sangre contra nuestros compañeros de viaje, los animales, nuestros hermanos pequeños. Hago este intervalo en las cuestiones de libros porque creo que es momento propicio para recordar que la batalla en defensa de ellos, no siempre está perdida. Nos lo recuerda un caso de violencia contra los animales que desde Canarias se hizo emblemático mucho más allá de nuestras fronteras y del que fui protagonista ocasional: el caso de la perrita Vela.

El caso de la perrita Vela llegó a mí en enero del año 2oo8. Esa perra había sido rescatada de un contenedor de basura, hecha un amasijo de huesos y piel desgarrada en jirones, con larvas de mosca comiéndosela todavía viva y con muy pocas probabilidades de salir adelante. La Asociación para la defensa de los animales de Candelaria, Addanca, la recogió y una clínica veterinaria de Güímar, a duras penas, consiguió salvar su vida. Addanca denuncio al dueño de la perra ante la justicia, pero una juez archivó el caso sin apenas mirarlo, porque según ella, para la perplejidad de toda la ciudadanía de Tenerife, no se habían producido daños. Bastaba echar un vistazo a la imágenes tanto para ver lo terribles que eran aquellos daños en el cuerpo de la pobrecilla Vela, como para atisbar la naturaleza canalla de quien los había provocado por acción y por omisión.  Las imágenes son terribles, pero ya han circulado mucho por la red, todos las han visto, y es seguro que a nadie le provocarán otra cosa que repugnancia. En la empresa de la que yo era propietario fuimos los primeros en divulgarlas. Teníamos en aquellos días un proyecto en fase de prueba en el que dimos cabida a el caso de la perrita Vela, con una carta a las autoridades que yo redacté y firmé, y una campaña de recogida de firmas que arrasó y con la que se consiguió abrir el caso y que el responsable de semejante atrocidad fuera condenado.

Pido perdón de nuevo por la dureza de las fotos, aunque estén en formato reducido, sólo como muestra. Pero creo que esta época del año no es momento de paños tibios sino de recordar lo bárbaros que podemos ser los humanos. Es momento de recordar a Vela y de recordar que en su caso tenemos un mensaje muy claro: que merece la pena luchar por ellos que no pueden defenderse por sí mismo, que a veces se gana y que nada está perdido salvo que nos hayamos dado por vencidos.

Vela

Carta abierta a las autoridades por el caso de la perrita Vela
Miguel de León, 3 de enero de 2008

A veces sucede un milagro. Muchos, que ya nos sentimos con el corazón acartonado por culpa de tanto miserable como anda suelto, nos hemos acostumbrado a caminar con el gesto hosco, mirando con recelo a un lado y al otro, a la espera de que la siguiente salvajada que nos toque presenciar no aniquile nuestras últimas gotas de esperanza. Como no nos sorprenden las imágenes del horror, podría pensarse que nos hemos hecho indiferentes a ellas. Pero la realidad es que esa aparente indolencia no es sino una costra con la que intentamos ponernos a salvo del espanto. Poco nos va quedando que nos reconcilie con la Humanidad. Aunque a veces sucede un milagro.

Las imágenes de Vela, maltrecha y moribunda, rompieron en muchos esa coraza. No podíamos hacer nada por ella que no lo hubiesen hecho ya quienes le salvaron la vida. Pusimos las imágenes en nuestro portal para ayudarlos a recoger firmas. Era lo mínimo que podíamos hacer para agradecerles que hubiesen acogido a Vela. Pero también para reconocer su valentía, porque a diferencia de nosotros, a los amigos de Addanca y otra gente como ellos, el espanto no los atenaza sino que les impulsa a seguir ahí, hora tras hora, día tras día, dándonos el ejemplo de su decencia. Merecen saber que no están solos, que nos tienen a su lado, que nos enorgullece su valor y que los consideramos irreemplazables.

Se produjo el milagro. No esperábamos sino unos cientos de firmas, mil o dos mil con mucha suerte y en un plazo de varios meses, porque estas fechas son poco propicias para ese tipo de actividades. Sin embargo, el mismo día que pusimos en funcionamiento la recogida de firmas, nuestras marcas de acceso se pulverizaron; al día siguiente quintuplicamos nuestro máximo histórico, y tuvimos que establecer un turno de vigilancia para evitar que las conexiones simultáneas provocaran el colapso de nuestros servidores. El milagro de Vela consiste en que miles de personas de toda España se conmovieron, comenzaron a pasarse el mensaje con enlace a nuestra página y se pusieron a nuestro lado para brindarnos el consuelo de su solidaridad. Diciéndonos con ello que el valor merece la pena. Que las personas decentes somos mayoría. Y que si nos cogemos de la mano los miserables dejarán de tener sitio en el mundo.

Es eso lo que debemos transmitir a las autoridades, al alcalde de Arafo y a la juez de Güimar. Con todo el respeto que nos merecen, cada uno de ellos en su ámbito, les pedimos que observen con detenimiento cada una de los miles de firmas de esas personas, y que antes que al valor jurídico que pudieran tener, le concedan otro valor mucho más importante. El de que cada una de ellas es una plegaria, que antes que requerirles para evitar que otro canalla pueda cometer una salvajada semejante más, en realidad, les implora que impidan que sea nuestra esperanza en los hombres, nuestra alma, la que se quede en el desamparo, tan moribunda y maltrecha como estaba la pobre Vela cuando la recogieron, con la diferencia de que ninguna veterinaria del mundo será capaz de lavar y curar nuestras heridas.