Manipular la verdad no nos hace mejores, nos debilita

Manipular la verdad no nos hace mejores, nos debilita



Manipular la verdad

Manipular la verdad

La anterior publicación se salió de cauce

Anterior: Yaiza, un caso de insoportable hipocresía

No esperaba que la condolencia por la muerte de una niña asesinada pudiese tener mucho eco, pero se salió del cauce y se desbordó. Ha roto todo lo previsible: 142.000 veces compartido; 51.000 veces ‘me gusta’; más de 1.300 comentarios.

Una carta de pésame no menoscaba el combate de la mujer por su papel en la sociedad. No, de ninguna manera, porque tenemos memoria y esta era una sociedad asfixiante de todas las maneras en que es posible imaginarlo, para la mujer sobre todo aunque no solo para ella. La causa de la mujer es justa y nos hace falta su lucha. Pero alguien nos está volviendo locos. Por un pésame, por un simple mensaje de condolencia, llevo días esquivando insultos y amenazas, he perdido viejas amistades de Facebook. Si en lo público me han dicho de todo, por Messenger me han pateado. Aunque me han dolido más los silencios clamorosos de muchos a quienes tenía por buenas personas; silencio, no a mis penas que nada importan, sino al pésame por Yaiza.

Tras haber publicado el pésame por Olivia y Anna, las niñas de Tenerife, me sentí obligado a publicar otro por Yaiza, muerta en iguales circunstancias y con diferencia de días. De su caso supe por una gacetilla diminuta en un periódico y al buscar en Internet el resultado era un porcentaje tan ridículo en comparación con el de las otras niñas que sentí lástima y vergüenza. Tuve que dar la razón al padre de Yaiza, que se queja de que su niña a nadie le importa.

La información sobre quién era Yaiza, quién era su padre y quién era su asesina, estaba escondida porque, lo creamos o no esto se propicia por la ley y algunos medios de comunicación lo aplican a machamartillo. Según el manual (porque hay manuales de tan espantoso engendro), si el asesino es un hombre, lo sabremos todo de él y de la víctima; si la asesina es una mujer, se esconde todo. Se trata de que la empatía vaya siempre a la mujer y el odio siempre al hombre. En qué beneficia tal manipulación informativa a la mujer sólo cabe en una mente podrida, pero mentes podridas por los dogmas hay muchas. Por eso del caso de Olivia y Anna se dice que asesinato vicario y machista y del caso de Yaiza que suicidio ampliado.¿Se ve claro?

Manipular la verdad no nos hace mejores, nos debilita, no hará que esta sociedad avance y sea más próspera, más digna, más justa y decente, y no la hará menos violenta. Además de que termina enfrentando a unos con otros, es un esfuerzo estéril, puesto que la verdad acaba por salir a la luz y, en este mundo de las redes sociales, más pronto que tarde. Siempre están ahí los abducidos que creerán sólo aquello que quieren creer, pero los que no admitimos dogmas no aceptamos que el Estado nos diga qué es lo que debemos pensar, porque ya sabemos dónde termina eso. Tampoco necesitamos el oscuro paternalismo de ninguna organización subvencionada a la que nadie ha elegido. Necesitamos y exigimos la verdad, la información veraz, sin retorcimientos ni amaños, que nos permita extraer de ella nuestras propias conclusiones. Porque somos mayorcitos, porque es lo justo y porque tenemos derecho a ella como un bien fundamental de la convivencia. ¡Porque lo dicta la Constitución, carajo!

Tanto si fue una madre como si fue un padre quien puso fin a una vida inocente, no lo ocultemos, digámoslo así; averigüemos las causas, sepamos qué fue lo que confundió a esa persona, qué clase de puertas encontró cerradas, por qué no nos pidió ayuda antes de desatar el horror. Por ese camino podríamos intentar algún remedio basado en el conocimiento. Tal vez, y sólo tal vez, podríamos hallar un modo de evitar la muerte de otra mujer, o la de otro hombre. Tal vez algún día podríamos evitarnos el horror de otro inocente angelito muerto.

Para ayudar a la mujer, mejores beneficios nos aportarían más guarderías, más formación profesional de calidad, más ayuda médica, psicológica y social. Y un poco menos de chiringuitos subvencionados y vocerío.

Yaiza, un caso de insoportable hipocresía

Yaiza

Querida Yaiza, querida niña con nombre de princesa guanche:
a tus cuatro años de edad, el día 31 de mayo de 2021, en Sant Joan Despí, provincia de Barcelona, donde vivías, tu madre te asesinó para castigar a tu padre. Escribo estas líneas para pedirte perdón a ti, a tu desconsolado padre y a cuantos te conocían, porque no lo supe.

Diez días después de tu tragedia, hemos sabido que otra niña murió como tú: primero narcotizada y después ahogada; tú por una bolsa, ella en el mar. Qué ha tenido ella que tú no tuviste, me pregunto. De ella sí lo supe, sí lo seguí y sí me horroricé y por eso lo publiqué. Pero quedé en deuda contigo, con tu padre y los tuyos y con todos los niños que no hayan tenido quien los recordara en su dolor y su final.

Tu muerte no la supe porque a nadie le importó, no fue titular y apenas se mencionó de pasada en algún telediario. Tu muerte no importó a la inmensa mayoría de los periódicos. De ti no quiso saber ninguno de los directores de esos programas dedicados día y noche a retorcernos las entrañas con las muertes de Olivia y Anna, sin cesar, una y otra vez sin descanso, entre un paquete publicitario y el siguiente, escudriñando pormenores de sus vidas que nadie necesita saber. Tu muerte no importó a este presidente que se deshizo en condolencias cuando se confirmó la muerte de Olivia y que de ti nada supo. Tu muerte no importó a la reina consorte, que derramó lágrimas por Olivia y que de ti nada supo. Tu muerte no le interesó a una a quien pagamos enormes emolumentos por ser ministra de Igualdad y que de ti nada supo o nada quiere saber. Tu muerte no importó a esa multitud vociferante que se manifestó ayer, viernes, en las ciudades más importantes de España, entre los que nadie te mencionó porque de ti nada saben o nada quieren saber.

Yo te pido perdón, querida Yaiza. Publicaré esto donde publiqué lo otro. Algunos dejarán la condolencia, pero no igualarán a las del otro caso. No esperes que tu muerte importe lo mismo que las otras. Doler dolerá lo mismo, pero es que la tuya no vende. A esto lo llaman igualdad. A saber por qué.

Descansa en paz, querida niña Yaiza. Dale besitos a Olivia y Anna, que también son princesas como tú y vivían en esta tierra de las princesas guanches.

Los amores perdidos en Chicago

Los amores perdidos en Chicago

Supe que ya estaba Los amores perdidos en Chicago por esta reseña. Pese a que fue publicada en un perfil del Facebook, es la más completa hecha hasta hoy. La hace la Dra. Lucrecia Artalejo, especialista en Literatura Hispanoamericana, que fue profesora y es aún profesora emérita de la NE Illinois University.

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Sin duda, es el mejor análisis que he leído de Los amores perdidos, una novela repleta de homenajes a todos aquellos autores que en un momento u otro de la vida fueron para mí imprescindibles. Lucrecia Artalejo los ha hallado casi todos, en el texto donde los evoco. La primera es del Pascual Duarte de Camilo José Cela, que ella encontró. Aunque también hago clara referencia a Juan Rulfo y a Valle Inclán, que ella no menciona, sí que supo señalar la del García Márquez de El amor en los tiempos del cólera. Existe otra de éste autor por Cien años de soledad. Mi obsesión por Benito Pérez Galdos radica en la necesidad de dotar a los personajes de alma que tienen todos los suyos. Necesidad que Lucrecia Artalejo señala con precisión, reparando en lo que nadie más ha visto. Sin conocerme y si haber hablado nunca conmigo, hizo la apreciación de que las parejas de personajes de Rita Cortés y su hija Alejandra, y Francisco Minéo y Arturo Quíner, son personajes simétricos. Y encontró las pistas que dejé por el camino. Francisco Minéo y Arturo Quíner se sientan en una piedra a contemplar el mar; uno hace cajitas de madera para su amada, el otro escribe notas para la suya; es en esto en lo que son iguales, esta es la linea bisectriz de su simetría, en lo demás sus actitudes vitales son las opuestas. Uno, Francisco, se entrega a la desolación; el otro, Arturo, lucha; así como Rita se entrega a otros hombres, Alejandra se impone no hacerlo. Dije y lo repito que este trabajo de Lucrecia Artalejo es tan penetrante y certero que se antoja ciencia forense de la literatura. Invito a leerlo, no les defraudará.

La ceguera de quien no desea ver

La ceguera de quien no desea ver

Querida amiga independentista:

la ceguera de quien no desea ver sólo deja opción a la indiferencia. Por mucho que yo me desgañitara explicándote que el derecho a decir no existe, que es una falacia no reconocida en ninguna constitución ni país del mundo, que ni siquiera se reconoce en esa ridícula ley que Artur Mas (el que mueve los hilos), Puigdemont y los suyos se sacaron a modo de constitución. Por mucho que yo hablara de la corrupción de quienes están de verdad detrás de este espanto llamado proceso, que son Pujol y su familia, quienes sólo buscan escapar a la justicia que los persigue por el delito de haber saqueado a los catalanes durante décadas; por mucho que yo publicara aquí la referencia a miles de artículos con las opiniones de la gente más acreditada del mundo en defensa de los derechos humanos, la economía, el derecho internacional y la política; artículos sobre lo lesivo, lo arbitrario, egoísta, xenófobo, descabellado y lo sustentadas en el odio que son las pretensiones de los independentistas; tú no admitirías ninguna razón. Continuarías pensando igual, queriendo quitarme mi derecho a pisar en Barcelona como piso en mi tierra, aunque perdieras el derecho a pisar en mi tierra como pisas en la tuya. Continuarías deseando que nunca más catalán alguno hablara la lengua de 500 millones de personas, aunque perdieras la bicoca de ser el centro del mundo editorial en español. Continuarías deseando que un par de generaciones de catalanes se arrastraran por el desierto, porque en la otra orilla ya podrían beber todo el agua que quisieran, cuando en la orilla donde viven ahora ya tienen las máximas comodidades y beben toda el agua que quieren. Continuarías pensando que si Cataluña hoy tiene un nivel de vida superior al del resto de España es por la superioridad genética de los catalanes, no por la trasferencia de renta que por la vía comercial esa región extrae ahora, y ha extraído durante siglos, de las otras regiones de España. Continuarías pensando que ese viaje insensato no tendría coste alguno, que el mejor cliente de Cataluña, que es el resto de España, seguiría comprándote sin mirar la etiqueta; que ese cliente no se desharía en un estallido sangriento como pasó en Yugoeslavia, y que Europa seguiría siendo la que ahora es. Continuarías pensando que el pueblo catalán sólo es ese 40% independentista y que el otro 60% no es pueblo catalán sino charnegos manipulados por la odiosa prensa españolista. Como todo lo que yo dijera sería infructuoso, para qué voy a hacer esfuerzo en explicarme.

Nada más te digo. Las manifestaciones organizadas por los supremacistas, pagadas con dinero de todos los catalanes, tienen una diferencia con la manifestación de ayer, 29 de octubre de 2017, en Barcelona. En las manifestaciones de los independentistas no caben sino catalanes con marchamo del 40% estupendo. En la manifestación de ayer cabían todos los catalanes y cabíamos todos los que amamos a Cataluña y nos sentimos orgullosos de nuestros compatriotas catalanes. Por caber hubieran cabido hasta los del independentismo nefasto.

 

Hermann Hesse amor y espanto

Hermann Hesse amor y espanto

Hermann Hesse ya estaba en candelero desde que en 1946 recibiera el premio Nobel, pero a principios de los setenta, a raíz de una de tantas reediciones de El lobo estepario, se puso de furibunda actualidad. Fue por la época del LSD, de las florecillas en el pelo, del sexo con cualquiera bajo la etiqueta de amor libre, que no era amor, que tampoco era sexo y, por supuesto, tampoco era libre. Fueron los días de la más triste zozobra intelectual, aquellos en que cualquier obra de contornos imprecisos enseguida era tenida por sumun de la cosa artística, fuera cual fuese el arte o la rama en la que se hubiese perpetrado el engendro. Bastaba con que no se entendiera, o que fuese una fatuidad, para que cualquier imbécil con ínfulas de arcano cultural practicara sus mejores posturas de foto fija, sus poses de erudito, diera dos chupadas a la impenitente pipa y nos explicara con intrincados argumentos, la honda naturaleza froidiana, la profunda soledad representada por la ausencia del ente, el no ser conceptual, la soledad del objeto inane enfrentado a la desmesura del espacio, con que el autor retrataba su desafección existencial de indiscutible trasfondo nihilista. Y mientras usted oía la perorata se imaginaba a un tipo guarro en calzoncillos, trasnochado, resacado de porros y cubalibres, que con una mano sostenía la bolsa de hielo sobre la cabeza y con la otra atravesaba en lienzo con un pincel que dejó una raya chorreosa, que era lo que de verdad se veía en la tela.

Perdón por el desliz, que me he dejado llevar. Ese bosquejo es de la época, no de Hermann Hesse, que él sí que se lo curraba y era inocente de que unos cuantos petimetres lo tomasen de gallardete literario para darse pisto. De sus títulos, Demian fue mi favorito en los años de la adolescencia y me ayudó a caminar aquel importante trecho de la vida. Por supuesto, yo como tantos, había llegado a Hermann Hesse a través de Shidarta, y quedé convencido de que era mi autor con El viaje hacia oriente y El juego de los abalorios. Sin embargo, me dejó descolocado El lobo estepario, pese a lo cual compre cuatro tomos con sus obras completas, que siguen en mi biblioteca en buen estado de conservación. Para mi desgracia, Hermann Hesse provocó el más inapelable de mis axiomas como lector: enviar al fondo del infierno el libro sospechoso de ser un plomo, en cuanto se descubre que lo es.

Lo explicaré. Francis y Golmund fue para mí como haberme caído en un tonel de melaza, densa, pegajosa, plúmbea, compacta, opresiva, asfixiante; tanto que todavía hoy me provoca pesadillas. Lo intenté, lo intenté hasta el final; a duras penas conseguí terminar aquella pasta indigesta. Es Hermann Hesse, me dije; me ha dado algunos buenos libros, me dije; merece otra oportunidad, me dije; además, has invertido un dineral en esos cuatro tomos de sus obras completas, me dije. Y terminé sometiéndome a la tortura de Bajo la rueda. Y no pude. Ya no pude. Abandoné tan escarmentado que desde ese día nunca he podido leer nada de Hermann Hesse. Siento decirlo, pero cuando he querido regresar a él, incluso a aquellos títulos suyos de mi colección de favoritos, no he conseguido reencontrarme con ellos y he tenido que desistir. Pero en eso sí creo tener una poderosa razón, que deja a Hermann Hesse a salvo de mí desvarío, y a mí  a salvo de la desproporción. La cosa es que no insisto en releer esos libros porque temo perder la hermosa impronta que me dejaron en el alma.

Memoria, cuento dedicado a Fuenteovejuna, el pueblo y su gente

Memoria, cuento dedicado a Fuenteovejuna, el  pueblo y su gente

A los dieciséis, la principal preocupación tendría que haber sido aprobar las Matemáticas, releer  y tomar notas de los textos de Historia  y Literatura, memorizar la Tabla Periódica y practicar ejercicios con las fórmulas que con seguridad caerían en el examen de Física. Sin embargo, a esa edad mi preocupación era mucho más perentoria. Con una cizalla enorme, troceaba hierros  que después debía doblar en curvas muy precisas y amarrar con alambre para fabricar armazones de encofrado. Mi  atención estaba puesta en no equivocarme, para evitar la humillación de la pública reprimenda a gritos del contratista, y mi preocupación consistía en saber si el sábado a mediodía podría llevar a casa el exiguo salario acordado o tendría que contentarme con una propina y una promesa que no siempre se cumplía. De modo que al escribir sobre cualquier tema, no me asiste el recurso de lo aprendido en los años más importantes de la vida. Tengo que acudir a mis vivencias, a mis miedos  y paranoias, a lo que llevo aprendido de la vida, a lo que he leído al tuntún, sin el consejo ni la pauta de un profesor. Es decir, que para escribir necesito escudriñar, no tanto en la memoria como en los recovecos de mi  alma. Lo digo sin congoja. De haber tenido algún pesar sobre ese particular, me lo habría conjurado Ernesto Sábato con esta cita suya:

La gente cree que un escritor es un personaje que anda con una libreta de apuntes, tomando nota de la bondad y la maldad ajenas. No, un escritor busca en su propio corazón. Y si no puede hacerlo, mejor que se dedique a otro oficio.

El preámbulo viene a cuento de esta humilde colaboración, porque cuando me pidieron hacerla  volví al eterno dilema de elegir algo que contar. Mi primera mirada exploró los recuerdos de Córdoba, por cuya ciudad apenas he pasado un par de veces, y lo hice a la carrera, pero que siento mía, pues he tenido la fortuna de compartir la mitad más feliz y fecunda de mi vida con una mujer nacida y criada en Córdoba. Y claro, pasaron ante mí las figuras de nuestros clásicos de origen cordobés. Pero qué podría decir de ellos aquel muchacho que retorcía y amarraba hierros mientras debía estar estudiando sus vidas y sus obras. No era de ellos de quien pudiera ni debiera hablar. Una vez más, escruté la hondura del  pozo interior del que les hablaba, en busca de una idea sobre la que escribir. Nada encontré. Entonces, pronuncié una palabra y un eco profundo me la devolvió investida de una reverberación mística. Fuenteovejuna, había dicho. Fuenteovejuna, resonó en la mente el coro de mil voces, alejándose hasta desvanecerse en el infinito de la memoria, donde ya no me era posible recordar.

Memoria, cuento dedicado a Fuenteovejuna, el pueblo y su gente

Estoy por decir que no me pasa sólo a mí. Si me apuran, desafío  a cualquier persona nacida en nuestro contexto cultural, a que me diga cuándo fue que oyó pronunciar por primera vez ese nombre. De la misma manera que nadie enseña a un bebé a mamar, a llorar o reír, a agarrarse al pelo y la mano de su madre, a distinguirla a ella entre todas las personas, cabe pensar que decenas, quizá cientos o miles de palabras, se conocen desde antes de nacer, transferidas de las madres a los hijos por el conducto de la sangre. Que por esa causa afortunada, aprendemos a hablar la lengua que ella nos enseña sin apenas darnos cuenta. Cabe entonces suponer que el nombre de Fuenteovejuna,  es uno de nuestros rasgos identificativos más claros como grupo humano, porque lo llevamos tan dentro como la facilidad para pronunciar la erre o la de pararnos a hablar del tiempo y de lo que se tercie con cualquier desconocido. Tan nuestra, y ya tan larga, es la historia de este nombre, del que nunca llegamos a saber si es una sola palabra o son dos, y si debe escribirse con b o con v, que hemos acordado que cualquiera de las cuatro posibilidades es correcta: una palabra o dos palabras, da igual si escritas con ‘b’ o ‘v’.

Ya tenía mi tema para escribir. Sería un cuento que tuviese como fondo el nombre de Fuenteovejuna. Lo titularía ‘Memoria’. Habría de ser una historia de infamia y debía escribirla intentando trasladar a ella la resonancia mágica que en aquella hora la palabra Fuenteovejuna provocó en mí. Por supuesto, lo dedicaría con devoción a la gente y al pueblo de Fuenteovejuna. Un pueblo que desde antes de que naciéramos era y será siempre nuestro pueblo.

Memoria

Tal como éramos aquel mayo del 68

Tal como éramos aquel mayo del 68

En este repaso de artículos del año pasado, este tuvo su razón de ser porque el anterior, al que ahora he titulado ‘Delicia culinaria con poderes diuréticos’, provocó una sombra, como una zona triste y gris. Al recordarlo este año, esa zona de pesar, se ha repetido, lo que me ha hecho vigente esta segunda parte del artículo. «Tal como éramos aquel mayo del 68». Si el año pasado desaparecieron un par de los amigos de Facebook, este año lo que sucedió es que nadie, ni siquiera los más habituales, pusieron su habitual pulgarcito. ¿Casualidad?, no lo creo. Es decir que este artículo sigue vigente  y es tan pertinente hoy como lo fue el año pasado.

Todo porque la caricatura de un preservativo en la imagen parece haber confundido a algunos que imaginaron un contenido distinto del que tiene. Sin embargo, el que sí tiene, el de la pobreza intelectual en que vivíamos, ha vuelto a ponerse de relieve, justo por esa viñeta que cuento. Es posible que todavía hoy, nietos de nuestros abuelos, hijos de nuestros padres, criados a imagen y semejanza de ellos, sigamos siendo tal como éramos aquel mayo del 68.

Tal como éramos aquel mayo del 68

Tal como éramos aquel mayo del 68

Lo que sucedió al hombre del relato, que se ve sojuzgado por desconocidos y teniendo que explicar las circunstancias que su mujer y él comparten en la cama, vivía una escena demasiado común. Allí nos hacían creer que nos asistía el derecho de husmear bajo las faldas de cualquiera, que teníamos la potestad para escarnecer en la vía pública a quien fuese acusado de inmoralidad, a inmolar en la plaza a quien se apartara del camino de rectitud que los instalados en el poder concebían para lo demás, nunca para ellos. Aquella inmoralidad que fue sólo delito de pobres y de mujeres, alcanzaba sólo al ámbito de lo sexual. Delito sólo de pobres puesto que el rico podía ser pederasta, violador de criadas, pervertidor de menores o cualquier otro imaginable, sin que sus actos llegaran casi nunca a ser causa para la justicia. Como delitos de pobres eran también los delitos comunes, el pobre podía verse en la cárcel con la sola acusación sin prueba de haber robado un pan, en tanto que el rico podía robar, corromper y corromperse, prestar con usura, prevaricar, traficar, estafar. Tenía incluso la impunidad de matar a la esposa con la excusa de los celos, la sospecha del adulterio, o la falta de aquella moralidad que les era exigible sólo a ellas, porque en el caso de los varones ni siquiera se contemplaba como hecho punible.

Tenían todo el viento a favor, incluyendo el de la Historia, escrita a su conveniencia. Erradicaron de la faz del mundo, de su mundo con minúsculas, a todo aquel capaz de pensar que una sociedad más justa y mejor era posible y estaba a nuestro alcance, que nos faltaban escuelas y universidades, que teníamos demasiadas iglesias y demasiados conventos, que no necesitábamos tanto ejército para tan escaso y desinteresado enemigo, que jamas se ha vencido en una batalla sin haber creado el monstruo de un enemigo irreconciliable. Que cuando has impuesto a tu vecino la idea de patria que a ti te complace, él te excluirá de la que considera suya.

Fue hace mucho tiempo, sin embargo, aquí estoy esta tarde, sin terminar de creerme que una simple caricatura de un preservativo, hoy, después del Sida y del Zika, de la pastilla, de la ligadura de trompas y la vasectomía, del porno por Internet y del tele excremento, pueda indisponer a nadie. Una imagen como preámbulo de un relato que si algo tiene además de su comicidad, no es otra cosa ternura.

Tal vez sea eso, que aquellos nos cortaron tanto las alas, que nunca seremos más que tal como éramos aquel mayo del 68.

Delicia culinaria con poderes diuréticos

Delicia culinaria con poderes diuréticos

Esta delicia culinaria con poderes diuréticos, es una exquisitez pos veraniega o pre otoñal, según le pille. Muy recomendable por sus indiscutibles beneficios depurativos. Vamos, ¡que es para mearse!

Perezrevertes con dos huevos

Delicia culinaria con poderes diuréticos

Esto fue por el 68. El 68 del 68 francés. Aquel año en que las calles se nos quedaron desiertas porque para mayo todo el mundo estaba en París. Ese año en que unos estudiantes de la Sorbona, hartos de que les tocaran los timbales, montaran una tangana en el Barrio Latino, a lo que Monsieur le Président de la République, De Gaulle, también quiso decir lo suyo, sólo que como era muy alto se le oyó desde más lejos que no, que ce n’est pas possible, que no señor, que rien de rien, que hasta ahí podíamos llegar, y mandó al primer ministro, un tal George Pompadour, que ordenara a la policía tocar los timbales de los insumisos, pero esta vez no en sentido metafórico sino real, y que los llevaran al calabozo en una fourgonette Citroen H4, adaptada como batidora de cráneos de estudiantes exaltados. Claro, que los franceses no en balde fueron descubridores de las asépticas virtudes del afeitado a la guillotine sin brocha y el periódico baño de revolución, de manera que también se declaran hasta el gollete de tocamientos de timbales y montan una caraja de aquí te espero. Así que quinta república y ojo con los timbales, que volvemos a liarla parda. Creo que ya me habrán pillado lo del año ese de París.

Pues mientras ellos estaban con esas disipaciones tumultuarias, vivíamos aquí tiempos de ecuanimidad y templanza, como nos correspondía como reserva espiritual de occidente, faro de la cristiandad, luminaria moral en el piélago de podredumbre de la modernidad, con nuestro dictador todavía muy tiesito bajo el palio, con los párrocos firmando los certificados de buena conducta imprescindibles para dirigirse a cualquier instancia de la administración pública, previo pago de una póliza de veinticinco pesetas; con los obispos ideando nuevos sistemas de tarjetitas que se repartían en catequesis, misas, rosarios y novenas, mediante el que los maestros pudieran comprobar en la escuela si sus alumnos provenían o no de familias temerosas de dios y obedientes de los designios de la santa madre iglesia y, en consecuencia, merecían ser promovidos al siguiente curso.

Entonces me dice don Armando, te vas con este recibo a la botica de don tal y cual, que está en tal este sitio, esperas turno y le dices, cuando te toque, que has ido a cobrar el recibo de los periódicos, y esperas allí a que te pague el tiempo que haga falta. Cuenta bien lo que te dé, porque se suele equivocar. Así que yo le respondí que sí, don Armando, y allí me fui resuelto a esperar lo que hiciera falta para no regresar sin el recibo cobrado. Y me siento donde me dicen a esperar a que el boticario le entren las ganas de pagarme. Y entonces tengo la oportunidad de presenciar en primera fila esta que les cuento. Aquel día, con apenas doce años, no lo entendí, sin embargo, desde que me empapó la llovizna de la malicia éste recuerdo me ha regalado ratos épicos, algazaras inolvidables, incluso cuando el recuerdo me ha pillado sin nadie a quien contarlo. Abróchense los cinturones.

Verán. Apareció allí un tipo, digamos que se llamaba Polo. Venía el hombre sudoroso y tenso, con los colores encendidos, y fue dándole la vez a todos los que llegaban tras él. Hasta yo entendí que le quemaba tener que pedir lo que hubiera ido a buscar. Por fin a solas, cuando no queda ya ningún otro cliente, Polo, con la camisa sin rozarle el cuerpo, le tiende la mano temblorosa al ayudante boticario, un tipo largo y adusto, que coge el papel, lee, lo dobla con mucho cuidado, ajá, mirando con desdén al despavorido Polo. Ajá, vuelve a mirarlo, Por fin le dice espere aquí, se va al fondo y cuchichea con el dueño de la farmacia: «¡Condones!», le oigo decir. «¿Condones? ¡No!» «¡Sí, señor, sí, condones!», repite el mancebo boticario. Era la primera vez que yo oía la palabrita. Condones, nada bueno, pecado debe ser, pensé. Y el dueño de la botica, asoma la nariz, mira por encima de las gafas al desdichado Polo, hecho ya un amasijo palpitante en medio de la botica, que para remate del desastre había vuelto a llenarse de clientes, para más inri la mayoría señoras. Dentro de la habitación que yo veía desde donde me habían puesto a esperar, pero que Polo no ve, el boticario coge el teléfono, uno de aquellos negros y pesados de baquelita, gira el disco varias veces con un lápiz, taca taca tac, taca taca tac, habla con alguien y cuelga. Se acerca de nuevo, saca el hocico mirando por encima de las gafas, y le dice a Polo: «Espere a que llegue lo suyo.»

Aquí no tengo otro remedio que prevenir. Es mejor que vayan a orinar ahora que están a tiempo, por las dudas, porque lo que viene a continuación es de no parar hasta mañana. Como imaginarán el boticario había llamado a la policía municipal. Sí, señor, a la policía municipal.

A que es gracioso. Pues esperen a saber lo más gracioso: ¡vinieron! Ni cinco minutos tardaron en hacerse presentes, a bordo de un flamante Seat 850 recién salido de fábrica, del que se apearon dos guardias, que parecían salidos de una viñeta del TBO o el Pulgarcito. Lleva la voz cantante uno que se ha pasado por el forro las ordenanzas, las de uniformidad, las del código penal y las que hicieran falta, y luce una cazadora, «imitación de cuero, pero auténtico», dice él, sobre la que ha puesto el cinto con un revólver del calibre 38, con una culata con cachas de marfil, de esas culatas ridículas, muy chiquitas, porque es un revolver de sobaquera. Con decir que lo llamaban el chérif y a él le gustaba el mote, el sujeto quedará bien dibujado. Con un pulgar en el cinto, camina muy despacio, a lo John Waine en una película de Ford, hasta el rincón del fondo, donde Polo se ha ido acorralando solo. Da dos vueltas alrededor del infeliz que lo mira con los ojos fuera de las órbitas, pálido y sudando hielo. Los presentes no le quitan ojo, todos meten baza, quieren saber qué ha hecho, por qué ha ido la policía a buscarlo. Yo estoy allí, esperando a que me paguen el recibo de los periódicos, sin entender la naturaleza del delito, pero sintiendo lástima por el pobre Polo. El rumor crece. ¡Condones!, se cuchichea. ¡Condones! ¡Ave María purísima, condones!, se multiplica el rumor. Alguien que pasa por la calle oye el pequeño alboroto en el interior, se detiene a golifiar (olisquear, dicho por un canario) ¡Condones!, le informa alguien. ¡Condones!, ¡por dios, por dios, por dios!, ¡condones!, se oye por la vega lagunera. ¡Dónde iremos a parar!

Como la cosa ya se salía del sitio y alguna cliente de la botica daba instrucciones de cómo debía ser llevado el asunto, el chérif le dice a Polo, haga el favor de explicarse, empujándolo con aire paternal hacia la rebotica. «Que esto», dijo Polo, «no son cosas que yo haga por vicio. Que es que Josefa, la mujer, y yo, ya tenemos cinco hijos. Que Josefa se me preña con mirarla. La cosa es que el médico le ha dicho que eso ya se acabó, porque está muy gorda y se va a quedar en el sitio si vuelve preñarse. Pero es mujer de mucho fuego, que nunca se duerme hasta que le cumplo. ¿Qué puedo hacer yo, si esto hasta el cura me lo manda? Y fue por eso que don José Escribano, el médico, me ha hecho el papelito y me ha dicho que viniera sin miedo ni vergüenza. Ahora, que viendo como es la cosa, si hay que pedir perdón, pues se pide perdón, y uno se va por donde vino.»

Ah, bueno, tratándose de prescripción médica, estamos ante un caso evidente de colisión entre jurisdicciones institucionales. A ver cómo se arregla el estropicio. De tal manera que primero se descarta que Polo pudiera estar mintiendo a la autoridad, y se llama al doctor José Escribano, quien confirma el mandamiento médico. ¡Ah, bien! El asunto tiene carácter de verosimilitud; es razonable; en efecto parece existir fuerza de causa mayor. El boticario lo acepta a regañadientes, sólo que no lo puede cumplir, objeta, porque él no dispensaba producto alguno sin beneplácito de la autoridad eclesial pertinente. Y entonces la cosa queda más o menos así: los guardias se van a otra botica, y dejan a Polo allí, que no puede ni con su alma, sentado junto a mí, reponiéndose del disgusto. Mientras, el boticario rebusca por fin en un cajón el dinero del recibo que yo había ido a cobrar. Me lo entrega como si se lo robaran, pero faltan nueve pesetas que le reclamo, y que a regañadientes rebusca de nuevo. Llegan los guardias, ponen en la mano de Polo un paquete, y él se despide dando muchas veces las gracias, pidiendo muchas veces perdón y haciendo reverencias. Salimos juntos, él delante de mí. Éramos camaradas de trinchera. Los dos habíamos conseguido lo que fuimos a buscar pero a los dos nos había costado tiempo y humillación. Yo camino tras él y lo oigo refunfuñar. La mujer lo espera, en un banco de la trasera de la catedral, dándole la teta al más pequeño de los hijos. «Mira, Fefa», le dice Polo desencajado cuando se sienta a su lado, «a mí hacer este recado me ha dejado el cuerpo muy mal». Así que esta noche será mejor que no me busques, porque no te voy a poder cumplir.»

Igualitando el lenguaje

Igualitando el lenguaje

Cierto día, hace ya algún tiempo, tuve que visitar un departamento de la mujer en una de esas oficinas subvencionadas, en la que trabajan varias mujeres dedicadas a la ímproba y utilísima labor de obligar a escribir, en su organización, con el estilo agotador de los todos y las todas, las chorras y los chorros, la arroba impronunciable, el género, la génera, el leguaje y la lenguaja. Lo de «Igualitando el lenguaje», no es mío; lo saqué de un cartel que allí alguien había clavado con una chincheta en la pared. Incluso llegué a pensar que la solicitud de ayuda que me formularon pudo ser una encerrona, porque intuí dónde terminaría aquello en cuanto me comprometieron a dar mi opinión con un escrito que no terminaban de dejar bien redactado.

En dicho escrito se decía, más o menos, que alguien tenía pruebas para llevar a una ‘fiscala’, a otra mujer, a la sazón ‘presidenta’ de (…), por un encubrimiento de otra que se había apropiado de un dinero. Una chica muy mona, con quien, decían, la citada ‘presidenta‘ mantenía relación íntima y a quien había dado el puesto de conserje, y ascendido poco después al de contable, pese a que no tenía idea alguna de contabilidad. Claro que si ya de conserje era incompetente, figúrese de contable.

Después de un desganado intento, que sabía sería del todo infructuoso, de explicar que ni ‘presidenta’ ni ‘fiscala’, me miraron de medio lado, con ese gesto de desdén con el que ya sabes que debes amarrarte los machos porque te han colgado el cartelito de machista. Lo resolvieron ellas solitas. Al fin y al cabo, en aquel lugar lo único que hacen desde que llegan hasta que se van, es imaginar, sin fundamento alguno en estudios de filología o lingüística, cómo deberíamos hablar y escribir los demás.

Les quedó muy apañadito: si de presidente, ‘presidenta’ y de fiscal, ‘fiscala’, estaba claro que de conserje, ‘conserja‘. Entonces entró un rayo de luz cegadora, un fogonazo de clarividencia, un lirismo sexista que es seguro será tenido por las generaciones futuras como un instante de culminación en los anales de la moderna lingüística proto igualitaria. Atentos al hilo de la chorrada: de conserje, conserja, de contable, ‘contabla’, faltaría más, y de incompetente está claro que ‘incompetenta‘, y cómo no, ya puestos, de amable les quedó un idílico ‘amabla‘ con el que, pobre de mí, me entraron una ganas incontenibles de echarme a llorar.

¿Nos apostamos algo a que llegados a este punto habré perdido unas cuantas decenas de amigas de Facebook?

Mis Lecturas de Retos comenta Los amores perdidos

Mis Lecturas de Retos comenta Los amores perdidos

Mis Lecturas de Retos comenta Los amores perdidos

Mis Lecturas de Retos comenta Los amores perdidos

Cuando observo  las reseñas de libros que no paran de salir en las bitácoras de lectura, me llamaba mucho la atención esa bonito dibujo de abajo, a la derecha. La guapa chica con sus gafas y su libro me llamaba, por lo que a seis meses desde fecha oficial de salida de ya había perdido la esperanza de que hiciera una reseña de mi novela. Si la bitácora Mis Lecturas de Retos comenta Los amores perdidos, ya me daré por satisfecho y cierro este estimulante capítulo de la promoción.

Mis Lecturas de Retos comenta Los amores perdidos

Mis Lecturas de Retos comenta Los amores perdidos

Una tarde, puse un tuit un poco en broma y me respondió con simpatía. Al final, aquí esta la reseña que esperábamos con anhelo mis incondicionales y yo. Está escrita con tanta pasión como dice que ha encontrado en Los amores perdidos y, por supuesto, me ha emocionado a mí.

Debo explicar aquí que en casi todas las reseñas se hace mención a lo difícil que es hacerla. Incluso a mí, a mi editor y a los especialistas de Penguin Random House, que son muchos y muy buenos, nos costó conseguir una sinopsis, que a mí todavía hoy no me satisface.

De manera que ese escollo lo hemos sufrido todos los que hemos querido explicar qué es Los amores perdidos. Espero que para bien del resultado,  se hace tan difícil este resumen por su amplitud, por la cantidad de situaciones, personajes y emociones que aborda, porque es una novela a la vez histórica, social, negra y romántica, sin encajar del todo en una sólo de esos géneros literarios.  

Nunca hasta ahora me había enfrentado a una reseña tan complicada de elaborar. No porque el libro en cuestión fuese raro, sino porque he tenido que dejar pasar una semana para que los posos que me ha dejado su lectura se asentasen y poder así acometer la reseña que se merece. Y es que esta historia de Los amores perdidos me ha calado muy hondo, y ha puesto de relieve unos sentimientos que jamás imaginé sentir con un libro. Unos sentimientos tan intensos que me han emocionado hasta puntos insospechados, dejándome abatida y con el corazón noqueado. Me ha costado hallar las merecidas palabras que pudieran hacer justicia a una historia tan intensa, tan cargada de sentimiento.

Esta novela está escrita con una prosa embriagadora, impecablemente cuidada y elegante, en la que el autor demuestra su talento narrativo plagado de sentimiento capaz de atrapar al lector en esta maravillosa y compleja historia de amor de Arturo y Alejandra en la que nada es evidente, sino que todo son equívocos. Miguel de León tiene la extraordinaria capacidad de recrear con su narrativa, sin necesidad de concretar con fecha alguna, la ambientación de un entorno y un contexto histórico rural en el que los caciques hacen  y deshacen a su antojo. En un tiempo en el que las leyes estaban hechas para preservar al régimen, para defensa exclusiva de los ricos. Hubo momentos realmente duros en la lectura en los que me vi obligada a parar para coger aire y dejar que se me pasara la congoja que amenazaba con ahogarme.

En resumen, Los amores perdidos es una cálida novela que dejará una huella imborrable en el lector, que narra una historia magistralmente tejida y escrita con sensibilidad, con unas cuidadas descripciones y una excelente ambientación. Es una novela apasionante que difícilmente olvidaré, porque me ha mostrado que el amor es un motor enérgico, una emoción que tiene el poder suficiente de hacernos perder de vista la realidad y que supone dar a alguien la posibilidad de herirte. Un amor que ha de cimentar su base en la libertad y que duele porque la felicidad se les escurre a sus protagonistas como el agua entre los dedos. Es un libro que sin lugar a dudas recomendaré.

Éxito absoluto en la publicación de la reseña

Éxito absoluto en la publicación de la reseña